
Hace unos pocos días salió al público, en el sitio web del diario La Gran Aldea, una entrevista realizada por el historiador Jesús Piñero al escritor Rafael Arráiz Lucca, tratando sobre la segunda edición de su biografía sobre el Libertador titulada Simón Bolívar: triunfo y ocaso (2025).
Acudí a su inmediata lectura por el interés que me generaba el diálogo entre ambos, pues en mi fervorosa actitud bolivariana, cualquier novedad sobre el personaje histórico despierta mi interés. Al finalizar la lectura, diversos pasajes me dejaron estupefactos, no por la genialidad de su expresión, sino todo lo contrario.
Piñero realiza una pregunta válida si entendemos los contextos últimos de las décadas llenas ignominia y barbarie: «¿acaso no tenemos ya suficiente sobre El Libertador?». Esta sugerencia a un hartazgo colectivo sobre el culto al grande hombre no corresponde sino a un síntoma clarísimo de una nación secuestrada que ha permitido el reemplazo del Bolívar histórico por una especie de simulacro ideológico hecho a la medida rastrera del régimen chavista.
Desenredemos brevemente este primer asunto. No es una exclusiva afirmar que el azote de los peores, este régimen patético, no ha continuado al Libertador, pero sí ha operado sobre su figura con una falsificación ideológica que Perdomo Fermín en su obra Los fundamentos sociológicos del socialismo bolivariano (2025) define como «zambofuturismo» .
Este término hace referencia a un aparato artificial que intenta crear una nueva cosmovisión afroindígena para exterminar cualquier elemento criollo e ilustrado de la identidad venezolana al ser un constructo que niega la españolidad del Libertador, quien fue claramente un mantuano que se crió bajo el cobijo de las luces españolas.
Al amulatar sus rasgos en reconstrucciones digitales y presentarlo como un héroe «protosocialista», se intenta que el pueblo se identifique con un Bolívar negro y resentido, lo cual es un acto de traición a la verdad histórica. Y este es el personaje que el venezolano ha consumido, especialmente los más jóvenes, y lamentablemente otros sectores que sintiendo la ira lo han visto como el verdadero Bolívar.
Dar por agotado a Bolívar, como lo sugiere Piñero, es peligroso por cuanto significa caer en la trampa del régimen al asumir verídica su descarado falseamiento. Ese «Bolívar zambofuturista» se fundamenta en el otro concepto curioso de «romanticismo de zinc», y no promueve sino la degeneración social y el resentimiento entre las clases sociales. Algo que contraria tajantemente los principios bolivarianos de unidad aristocrática que buscaba grandeza nacional.
Por otro lado, pienso, hay una declaración que me resultó verdaderamente escandalosa e indecorosa por su inexactitud. Piñero sugiere que la exaltación militar bolivariana desproporcionada del chavismo corresponde a una omisión consciente de su rol como estadista. Y estoy de acuerdo, pero no por las mismas razones.
Piñero da su respuesta afirmando que «esos años se parecen más a lo que ha hecho el chavismo, al menos en materia de irrespetar a la democracia: hablo de la presidencia vitalicia, el manifiesto de la dictadura, el gobierno por decretos y el paeteo a la mesa durante la Convención de Ocaña». ¡Eso no se lo traga ni el Tajo!
Volvemos a abrir los manuales de la historia bolivariana para destejer nuevamente razones de peso por las cuales esta absurda e innecesaria comparación no tiene cabida.
La Constitución Vitalicia nacida en 1826 después de los traumáticos sucesos de incertidumbre y anarquía política en Lima, extendidos inmediatamente a las otras regiones bolivarianas, obligaron a Bolívar a una búsqueda agónica del llamado «punto fijo» en un continente amenazado por la devoración anárquica.
El Libertador, en su siempre fascinante lado sociológico, comprendió lúcidamente que los pueblos, después de tres siglos de absolutismo monárquico, no estaban listos para el uso de libertades sin taras legales.
Por esa razón, Vallenilla Lanz en su análisis sobre la Ley Boliviana no esgrime una mera apología al acero tiránico, sino que entiende aquel magistrado en sus dimensiones reales, una respuesta sociológica a la dispersión mecánica de las montoneras y el caudillismo disgregativo.
Aquel Hércules Ejecutivo propuesto por Bolívar buscaba «moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública» a través de un orden dentro del entendimiento de las dificultades del medio social, no por una consciente razón antidemocrática. Cuando la realidad social ruge como aquella, la democracia no es la respuesta ni lo más recomendable, y aplica para tiempos actuales.
El general López Contreras, quien supo materializar el ideal bolivariano en su concepto de República, bajo el «régimen de la patria», como lo llamó en sus años, también ofrece el candil de la verdad del Bolívar amante de las leyes, pues el Libertador siempre demandó «leyes inexorables para el pueblo, para el ejército, para el juez y para el magistrado».
El Bolívar histórico no asume un rol de tirano cesarista por una inclinación sedienta de desmedido poder, fue, digámoslo así, un «dictador comisarial», un hombre que tomó un poder de excepcionalidad para restablecer el orden, pero que renunció a él prontamente, aunque su visión del mandato fuerte debía de replicarse a despecho de sí mismo.
Sin embargo, como lo diría el gran peruano Benito Laso, refiriendo al Libertador: «su nombre es una constitución, porque con su opinión infunde un respeto a la ley donde quiera que se percibe su voz: el que con su espada vencedora aleja a los enemigos más allá del Atlántico. No hay otro nombre sobre la tierra por el que podamos ser salvos».
En otro apartado de la entrevista, se hace mención de la creciente «ola antibolivariana», integrada, pienso, por algunos hispanistas trasnochados, venezolanos atrapados por la propaganda antes mencionada y una serie de individuos que les asquea cualquier concepto o idea histórica de gloria, grandeza o patriotismo. También sobre el uso del culto bolivariano, tema de interés, por cuantas deficiencias se hallan allí.
En ambos casos referentes, a estos individuos, más que desarmarlos, los invito a las lecciones de hombres como Mario Briceño-Iragorry. Hay que aprender a diferenciar el «culto estéril» a la concepción de Bolívar como una «función viva» en los actos cívicos. La fama del Bolívar muerto sólo expone las fisuras de la gangrena nacional, pero, en cambio, si tomamos al Libertador como una «altiva vigilancia» frente a los nuevos Madariaga y los nuevos Mitre de poca monta, piratas de la cultura antibolivariana, el triunfo no es lejano.
Bolívar es, pues, un «imperativo ético» que nos empuja y nos obliga a levantarnos de los cómodos colchones de la inacción para arrojarnos sobre el terreno de los hechos, como lo hizo él mismo en tantas ocasiones, y elevar la dignidad nacional con labores de cultura e inteligencia venezolanistas. Me recuerda a aquella formulación evoliana trasmutada a nuestro quehacer histórico que bauticé como «Montar el caballo de Ledesma». Que es lo mismo que el de Bolívar.
El mismo Arturo Uslar Pietri advierte que la venezolanidad si excluye a Bolívar de su ecuación no puede sino amputar su propio destino; su presencia y su herencia no son piezas polvorientas de los museos o las bibliotecas, su signo heroico no es tampoco sólo decorativo de regímenes. Su legado es un «arca en los diluvios de los tiempos» soportando a los materialismos históricos.
Bolívar sigue siendo el eje de nuestra nacionalidad, siempre lo será. En él se condesa todo lo bueno, todo lo humano y todo lo heroico del país. No hay que cansarse de Bolívar; hay que cansarse de los que, al falsear su rostro y su doctrina, han pretendido dejarnos sin pasado, sin presente y sin futuro.
Arráiz Lucca, ya al morir la entrevista, también revela algo cierto, que el culto a Bolívar ha servido a todos los sectores. Pero esto no puede ser permitido. No se le extrae a esa gloria nuestra como si fuera una rompecabeza tomando las piezas convenientes. Bolívar fue un hombre, singular, a su manera, que evolucionó en su pensamiento y sólo el asentamiento sincero de su desarrollo y visión sobre la América —y Venezuela— exige una honesta aceptación de sus circunstancias.
Hay centeneras de estudios bolivarianos y decenas de biografías bolivarianas, entre los cuales siempre destacado, creo, la más hermosa biografía bolivariana hecha por un autor venezolano: El Libertador (1964) de Augusto Mijares, disponible en nuestros repositorios digitales. Es un buen comienzo para quienes deseen adentrarse en el sendero ameno del Libertador.
Bolívar buscó engrandecer a Venezuela y a la América toda, el chavismo sólo buscó disminuirla y convertirla en un hazmerreír continental e internacional. Nada de sus creaciones estériles han producido gloria ni ápices de admiración. El Libertador ha sido mancillado y alejado de su dimensión heroica, creadora y funcional a los actos del civismo admirable. Nuestra misión es recuperarlo de esas garras fraudulentas. No se dejen engañar.
Por eso y mucho más, ¡Bolívar está vivo!

