Bolívar, Magistrado Católico
Oración Fúnebre pronunciada en la Santa Iglesia Metropolitana de Mérida, por S.E. José Humberto Cardenal Quintero el 17 de diciembre de 1930, centenario de la muerte del Libertador.

Dedicatoria
Esta Oración Fúnebre y la Conferencia que le sigue, al publicarlas en folleto, las dediqué a mi madre. Al recopilar ahora en libro mis discursos, ella duerme ya la paz del campo santo. Con el cariño inmenso de siempre, repito ahora esa dedicatoria que conmueve hasta lo más profundo de mi corazón de huérfano.
A mi madre:
Cuenta Cicerón —decía yo alguna vez— que cuando Cayo Graco declamaba sus discursos, un esclavo, cerca de la tribuna oculto, acompañaba la rotunda música de la oración con la suave música ternísima de una flauta.
De modo semejante, cuando yo pronunciaba las palabras que ahora recojo en este folleto, tuve la fortuna de que mi voz fuera acompañada por una música: la extremada de tu plegaria que, en esos instantes, volaba desde el silencioso hogar adolorido hacia el cielo para alcanzarme inspiración y éxito modesto, único a que puedo aspirar.
Por tal motivo y, además, porque las páginas que siguen son ante todo páginas cordiales, las pongo en tus manos.
Y tus manos, bien lo sé, las colocarán reverentes en la tumba del Libertador, como si fueran dos coronas campesinas fabricadas con el frailejón de nuestros páramos, con ese humilde pero precioso frailejón que semeja mazos de espadas de oro en nuestros ventisqueros y que, al mismo tiempo, aroma con perfumes de incienso sacerdotal nuestras soberbias cumbres andinas.
Humberto.
Conferencia
Por la señal de la Santa Cruz
Excelentísimo Señor Arzobispo.
Honorable Señor Presidente del Estado.
Señores.
Sentada en severa poltrona, con la majestad amable de Isabel la Católica en su trono, ante el altar doméstico al que ilumina constante lamparita, durante las apacibles veladas del hogar, Doña María Concepción Palacios de Bolívar, como buena madre de recia cepa española, enseña al ultimo de sus hijos, ya de cuatro años, los rudimentos de la Doctrina Cristiana. Con su fina mano aristocrática, en la que fulgen valiosos anillos, toma la lilial del niñito y, llevándosela a la frente, a los labios y al pecho, lo acostumbra a hacer la señal de la cruz. Luego, juntándole las delicadas manecitas, lo obliga a decir lentamente el Padre Nuestro, el Ave María y las otras oraciones familiares: el infante repite, con gracioso balbuceo, las devotas y sagradas palabras que van brotando, suaves y fervorosas, de los labios maternos. Y no contenta ella con la repetición maquinal de las palabras, explica a su pequeñito, en forma adaptada a la ternura de su cerebro que empieza ya a dar muestras de vivaz precocidad, el significado de aquellas plegarias. Y esas explicaciones, repetidas un día y otro y otro más, siempre con igual amor, con idéntica unión, con renovado interés, se van grabando de modo indeleble en el alma del pequeñuelo, merced a ese exquisito arte que sólo poseen las madres para estampar sin trabajo en la inquieta mente infantil ideas perdurables, como inscripciones de bronce, sobre las cuales inútilmente pasará después el tiempo su bárbara mano borrador. ¡Dulce, sublime, apostólico magisterio que, levantándose sobre las miserias de acá abajo, únicamente pone en las almas en flor y en los corazones primaverales lo sólo propio y digno de la pureza de las flores y de la núbil poesía de la primavera: el rocío de los cielos!
Y mientras Doña María Concepción explica, Simoncito —de pie antes las rodillas maternas— clava insistentemente sus miradas sobre una joya que orna el pecho de ella: es una cruz formada de piedras preciosas: la parte superior, un topacio: dos zafiros, los brazos laterales: y la parte inferior, un gran rubí sangriento. Finísima filigrana de oro sostiene estas gemas y entre sí las enlaza mediante una coronita central en la que resaltan siete chispas de diamante. Una como arcana atracción ejerce sobre el alma del pequeñuelo aquella cruz en que preciosamente se combinan tres colores: el amarillo claro del topacio, el azul celeste del zafiro y el rojo purpúreo del rubí, entre los cuales esplenden con primor las siete chispas de diamante como una diminuta constelación de minúsculas estrellas... Es que Simón Bolívar niño ve por primera vez, sobre el pecho palpitante de su madre, la futura bandera de la Patria estrechamente unida a la ignominia gloriosa de la cruz.
Y esa visión perdurará toda su vida. Bolívar, en efecto, no concebirá a la Patria con otra Religión que la de Jesucristo, ni con otra fe que la de Roma. Y ello será efecto de la educación cristiana que supo infundirle, en la aurora de su primavera, o sea en el tiempo más propicio para la siembra provechosa, la honorable matrona a quien debemos reverenciar y amar como a eximia madre de la Patria, al propio tiempo que agradecerle el don excelso con que nos enriqueció y que es, sin disputa, el más grande tesoro de gloria que para su orgullo pueda exhibir América a la admiración del mundo y al solemne desfile interminable de los siglos.
Comprobaros, mediante hechos y documentos, que el Libertador quiso para las naciones por él fundadas la Religión Católica, será el objeto de mi discurso: os mostraré al Magistrado que —lejos de perseguir o mirar con indiferencia a la Iglesia— la acata, protege y procura su conservación y esplendor. La majestad del templo y lo sagrado de la cátedra desde la cual os hablo, me imponen este tema interesante. Pero antes de entrar al desarrollo de él, permitid que brevemente os insinúe la alta belleza espiritual de nuestra fe en ocasiones patrióticas como la presente: hace apenas pocos momentos que el Pontífice oficiante, desde la altura venerada del altar, ha orado a Dios por el alma del Libertador: “Deus indulgentiarum Domine: da animae famuli tui Simonis...”, ha cantado el Pontífice. Esa oración basada en el dogma consolador de la inmortalidad, nos está diciendo que, a pesar de haber transcurrido cien años de la muerte del Héroe, existe aún lo más noble y precioso de él: su grande espíritu. Así, merced a ese dogma católico, los homenajes que en estos días rendimos a Bolívar no son ofrendas a la nada o a la vanidad del simple recuerdo, sino filiales tributos de amor y gratitud que terminan en un ser vivo y consciente: en la propia alma inmortal que, unida a un cuerpo transitorio, a una pasajera vestidura de carne corruptible, formó la persona excelsa y amada del Padre de la Patria. Fundado en esta fe, mi cariño llega hasta suponer que en este instante, llenando el sagrado recinto de este templo, hace acto de presencia ese grande espíritu: ¿No oís como el vibrar de unas leves alas invisibles en el sagrado silencio imponente de estas naves? Hermanos, el alma inmortal, viva, consciente del Libertador está en medio de nosotros.
Jefe de un pueblo cristiano
Una doble raíz sostiene la vida perenne y siempre juvenil de la Iglesia: la jerarquía y la unión con la Cátedra de Pedro. Destruid en un país la jerarquía, el episcopado, y a la vuelta de poco tiempo habrá desaparecido allí la fe cristiana. Romped la unión con la Silla Apostólica y la Iglesia empezará a languidecer en la tristeza glacial del cisma, como ramo desgajado de frondoso árbol que va perdiendo su vida y su verdor hasta secarse y convertirse al fin en vano polvo. Conservad, en cambio, la jerarquía y la comunión con la Sede Romana, y aunque vengan persecuciones sangrientas, aunque todos los poderes humanos se levanten contra esa Iglesia y la opriman y se esfuercen en destruirla, ella se mantendrá firme, serena, inmutable: más aún, tanto más gloriosa y floreciente cuanto más atormentada y afligida, a la manera de los árboles gigantes, milenarios monarcas de las selvas, a los que sacuden violentas e iracundas las tremendas manos impetuosas del huracán, sin lograr más que limpiarlos de las hojas secas y de los ramos inútiles para que luzcan mejor sus verdes copas, como grandes esperanzas triunfantes, y para que desplieguen luego con mayor pujanza y lozanía el imperial fausto pomposo de sus frondas.
Siendo, pues, la jerarquía y la unión con el Vicario de Cristo, las raíces vigorosas que mantienen la vida de la Iglesia, el Magistrado que se esfuerce en implantar o conservar esa jerarquía y esa unión procurará acertadamente la existencia perdurable de la Fe Católica en la nación que él presida. Tal fue la obra del Libertador en todo el curso de su política eclesiástica.
Observando el desarrollo de nuestra emancipación, vemos que la verdadera nacionalidad no empieza realmente a formarse hasta el año de 1818: cuanto antecede a este año no pasa de un ensayo brillante y de un conato heroico: es desde aquella fecha cuando advertimos la decisión franca e incontenible de los pueblos a la independencia absoluta, el fervoroso condensarse de la conciencia colectiva en el anhelo avasallador de la nación una y soberana. Diríase que los preciosos y variados metales con que habría de forjarse la nacionalidad, empezaron su ebullición al calor del entusiasmo del 19 de Abril y mantuvieron durante ocho años su hervor, merced a la fragua de las batallas; pero fue sólo en 1818, cuando esos metales se reunieron en la amalgama eterna del bronce con que habría de fundirse la figura heroica de la Patria. En ese momento tan delicado como solemne, Bolívar, el gran artífice, el forjador de la nacionalidad, no sólo no excluye o al menos mira como innecesaria a la Iglesia, sino que la llama presuroso y quiere que contribuya con el oro purísimo de su doctrina y su moral a la formación de la Patria. Oíd lo que dice en Angostura, ante el Consejo de Estado que, junto con las Cortes de Justicia, acaba de crear como primera manifestación y primer órgano de la nacionalidad: “La Religión de Jesús, que el Congreso decretó como la exclusiva y dominante del Estado, ha llamado poderosamente mi atención, pues la orfandad espiritual a que nos hallamos reducidos nos compele imperiosamente a convocar una Junta Eclesiástica, a que estoy autorizado como jefe de un pueblo cristiano, que nada puede segregar de la Iglesia Romana. Esta convocatoria, que es el fruto de mis consultas a eclesiásticos doctos y piadosos, llenará de consuelo el ánimo afligido de los discípulos de Jesús y de nuestros religiosos conciudadanos”. 1
¿Qué pretende el Libertador con tal convocatoria? Restablecer en aquella primera sede de la República, gloriosa cuna de Colombia, la jerarquía eclesiástica, rota por la muerte del Obispo de Guayana. Advertid al propio tiempo la seguridad con que afirma que “al pueblo cristiano del que es jefe, nada podrá segregar de la Iglesia de Roma”.
Bolívar ante el báculo pastoral
Al entrar triunfador a Santa Fe, después de Boyacá, supone que el Gobernador del Arzobispado, realista decidido como era, había a semejanza del virrey abandonado el territorio; y uno de sus primeros actos es dirigir una respetuosa Nota al Capítulo Metropolitano excitándolo a nombrar Superior Eclesiástico: reunido el Cabildo, el Gobernador se presenta a la sesión capitular y, sabiéndolo Bolívar, reconoce al punto su autoridad, no obstante ser aquél español de nacimiento y adicto a la corona de Fernando.2 Luminoso proceder que indica cómo el Libertador, con aquella su mirada genial incapaz de estrechas miopías nacionalistas, veía en el sacerdocio su carácter católico por el que está sobre la variedad de gentes y la convencional limitación de las fronteras.
Asegurada mediante la victoria de Carabobo la independencia de Venezuela, el Libertador marcha hacia el Sur, deseoso de llevar hasta los límites peruanos en el ala vibrante y maternal de la bandera tricolor, la libertad y la grandeza esplendorosa de Colombia. Con tenacidad y valor propio de Vasconia, se oponen a sus paso los terribles pastusos, entre quienes está el Ilmo.. Sr. Jiménez de Enciso, Obispo de Popayán, oriundo de España y tan férvido partidario del rey que no ha vacilado en contribuir con todas las rentas de su mesa episcopal al sostenimiento del ejército realista y en publicar pastorales, relampagueantes de anatemas, contra los diocesanos suyos que adhieran a las filas emancipadoras. Por ello el Vicepresidente Santander ha dictado dos decretos de destierro contra él y declarado vacante su sede, decretos que han recibido explícita aprobación y ratificación del Congreso Constituyente de Cúcuta.3 A pesar de todo esto, el Libertador desde el Cauca dirige hermosa carta al Prelado, la que ni siquiera obtiene respuesta. Obligada poco después a rendirse la bravía ciudad montañesa, el Obispo por dos veces solícita de Bolívar pasaporte para abandonar Colombia, exponiéndole como motivo que “ha sido invariable en los principios de fidelidad para con la Nación Española, de quien depende”. Lejos de acceder a tal solicitud, el Libertador escribe al Pontífice nueva preciosísima carta, instándolo vehemente a permanecer en su diócesis. Oíd, con el respeto y la veneración debidos a las palabras del Padre de la Patria, las razones que le expone: “El mundo es uno, la religión es otra... Por tanto, Ilmo. Señor, yo me atrevo a pensar que V. S. I., lejos de llenar el curso de su carrera religiosa en los términos de su deber, se aparta notablemente de ella, abandonando la Iglesia que el cielo le ha confiado por causas políticas y de ningún modo conexas con la viña del Señor”. “... no creo que V. S. I. puede hacerse sordo al balido de las ovejas afligidas y a la voz del Gobierno de Colombia que suplica a V. S. I. que sea uno de sus conductores en la carrera del cielo.” Continúa Bolívar haciendo ver al Prelado la desolación espiritual que con el retiro de éste vendrá a la Diócesis, sobre todo “porque muchos alumnos de la santidad van a dejar de recibir el augusto carácter de Ministros del Creador”, lo que preocupa altamente al Padre de la Patria, ya que él, viendo a la República cubierta de heridas y enferma por los males inevitables de la guerra, asigna al sacerdocio la misión difícil y trascendental de curar aquellas enfermedades y heridas: “V. S. I. sabe —dice él— que los pueblos de Colombia necesitan curadores y que la guerra les ha privado de estos divinos auxilios por la escasez de sacerdotes. Mientras Su Santidad no reconozco la existencia política y religiosa de la nación colombiana, nuestra Iglesia ha menester de los Ilustrísimos Obispos que ahora la consuelan en esta orfandad para que llenen en parte esta mortal carencia”. “Sepa V. S. I. que una separación tan violenta en este hemisferio no puede sino disminuir la universalidad de la Iglesia Romana y que la responsabilidad de esta terrible separación recaerá muy particularmente sobre aquellos que, pudiendo mantener la unidad de la Iglesia Romana, hayan contribuido con su conducta negativa a acelerar el mayor de los males que es la ruina de la Iglesia y la muerte de los espíritus en la eternidad”. 4 Un concurso de variadas circunstancias dan excepcional valor a esta actitud de Bolívar: se trata, en primer lugar, de un extranjero, más aún, de un hijo de aquella nación contra la cual llevan ya doce años de lucha y de odio los ejércitos de América; se trata de un Prelado que por una parte la acaba de confesar varonilmente su invariable fidelidad al trono de Fernando y que por otra puede, mediante su influencia, mantener viva la oposición a la República, en medio de aquellas bravas gentes, altamente religiosas; se trata de uno vencido, en quien la sangre y el amor patrio le harán desear, y tal vez hasta procurar en el primer momento oportuno, la humillación y la pérdida de su vencedor; y, para complemento se trata de un desterrado por dos decretos del Poder Ejecutivo que han recibido ya la suprema confirmación del soberano Congreso de Colombia. Bolívar, pasando por sobre todas estas consideraciones, sólo ve en el Ilmo. Sr. Jiménez de Enciso al Pontífice de la Iglesia y, Jefe supremo de las armas emancipadoras, vencedor poderoso de los pastusos, Presidente de la gran Colombia con facultades extraordinarias, lejos de perseguir o simplemente de llevar a efecto lo ya antes decretado, se inclina reverentemente para rogar con apremiantes instancias al extranjero, al español, al vencido, al solemnemente desterrado que no abandone el territorio de la República a fin de que “no se disminuya la universalidad de la Iglesia Romana ni venga el mayor de los males, que es la ruina de la Iglesia y la muerte de los espíritus en la eternidad”. 5
Si este hecho no demuestra con meridiano fulgor de evidencia el sincero interés del Padre de la Patria por conservar la jerarquía eclesiástica y, con ella, la fe apostólica romana en la nación por él fundada, deberemos concluir que los hechos históricos comprobados carecen de la fuerza avasallante de los argumentos inconmutables.
Bolívar y los párrocos de aldea
En el Perú, para encender la estrella de la libertad sobre la cuna de los Incas y decidir de manera irrevocable la independencia de toda la América que habla la lengua de Castilla, el Libertador ejercerá durante un año el “tremendo” poder dictatorial, sin limitación de ningún género; y cuando, culminada la obra guerrera en la victoria definitiva y suprema de Ayacucho, reúna el Congreso para devolver a la representación del pueblo el poder soberano, al rendir cuenta de sus actos por órgano del Ministro Sánchez, le oiréis decir: “El régimen eclesiástico tampoco ha sido olvidado; porque aunque el Gobierno no sea más que un protector de la disciplina, ha tomado tanto interés en su arreglo interior que los mismos cuerpos eclesiásticos, viéndose sostenidos y respetados por la suprema autoridad, han puesto a su cabeza sacerdotes que, reuniendo los sentimientos del más puro patriotismo a un espíritu verdaderamente apostólico, han logrado varias reformas y ventajas... Los pueblos han visto que el poder dictatorial ha protegido la Religión, que ha tenido un celo infatigable en que los párrocos no abandonen sus doctrinas; en que, cuando la causa pública ha exigido la separación de algún párroco, el Gobierno se ha entendido siempre con la autoridad eclesiástica, exponiéndole las razones que exigían la medida, pero nunca introduciéndose en dictar arbitrariamente providencia sobre esta materia. Así en las provincias en donde los curas, haciendo causa común con los enemigos, habían abandonado su rebaño, el Gobierno buscaba siempre en las inmediatas, hasta encontrar con alguna fuente de autoridad eclesiástica de la que partieses las órdenes conducentes al arreglo espiritual de las feligresías”. 6 Y esta conducta respetuosa del Libertador, aún tratándose de simples párrocos, es tanto más digna de atención cuanto que por una parte se hallaba en las anomalías y peligros de una guerra, o sea, en tiempos en que ni la garantía sagrada de la vida se respeta y, por otra, investido de la plenitud ilimitada del poder dictatorial. Era que el Libertador comprendía muy bien que no puede en un país conservarse la fe cristiana si se destruye la jerarquía eclesiástica y, en su deseo de mantener aquella fe en las naciones por él libertadas, miraba hasta en el último párroco de aldea o en el humilde cura doctrinero un eslabón necesario de aquella jerarquía.
El Libertador y los religiosos
Poderosos auxiliares de esta jerarquía son las Congregaciones religiosas: de ahí que no pueda haber protección y respeto verdadero a la Iglesia si se las desprecia y, menos aún, si se las persigue. Los que, llamándose católicos, atacan sin embargo a las Ordenes regulares, son imitadores iscarióticos que en el preciso instante en que besan a Jesús y lo invocan con el nombre amoroso y adorable de “Maestro”, lo traicionan... y hasta lo venden por treinta miserables monedas de plata! Del todo diverso fue el proceder del Libertador, ya que su noble alma era incapaz de hipocresía y, como él mismo confiesa en carta a Sucre, “ajena al fingimiento”. Así cuando se presente ante el Congreso de Angostura para ofrecerle, frescos aún, los laureles de Boyacá, hará “honorífica y respetuosa conmemoración” del Clero, no sólo secular, sino también regular de la Nueva Granada, según rezan las Actas de aquella memorable asamblea; 7 con especial complacencia aceptará el homenaje que le tributen los hijos de Francisco de Asís y les dirigirá expresiva y pomposa carta laudatoria; 8 asignará pensión mensual de cien pesos a las monjas carmelitas de Leiva, “informado —como él mismo dice— de la escasez y miseria a que están reducidas estas pobres religiosas por falta de fondos”;9 durante la campaña del Perú, se esmerará en que los regulares, fugados de sus conventos a consecuencia de la guerra y algunos aprovechándose de ella, retornen a la disciplina de sus claustros, según nos lo testimonia el Ministro Sánchez Carrión en la Memoria al Congreso poco antes citada;10 en su procesión triunfal por las tierras peruanas, desde la propia sede incaica, en público decreto afirmará “que los religiosos de San Juan de Dios son muy útiles por su instituto a la Religión y a la humanidad”11 al reformar las leyes dictadas por los Congresos de Cúcuta y Bogotá sobre supresión de algunos conventos, en los considerandos del decreto asentará “que los pueblos recibían grandes beneficios espirituales de los religiosos que vivían en los conventos suprimidos, los que predicaban y administraban los sacramentos, siendo muy activos auxiliares de los párrocos” y que, no pudiendo éstos por sí solos llenar en su plenitud tales deberes en las ciudades y villas importantes, “sufren grandes perjuicios la Religión y la moral de los pueblos que el Gobierno debe sostener por cuantos medios estén a su alcance”12; preocupándose por la civilización de los salvajes, en decreto promulgado al día siguiente del referido, viendo —como allí se consigna— “que es de absoluta necesidad restablecer cuanto antes las antiguas misiones de Colombia, para reedificar las poblaciones de indígenas e instruirlos en la Religión, en la moral y en las artes necesarias para la vida”, confesará paladinamente “que esto —son palabras textuales— no puede hacerse sino por medio de las Ordenes regulares, que es necesario conservar y aumentar para que haya ministros que sirvan las misiones y que también prediquen y enseñen a los demás pueblos la Religión y la moral” 13; y, finalmente, “deseando fomentar —de nuevo uso las propias palabras textuales— el estudio de las ciencias que son tan importantes para la prosperidad de la República y proporcionar al mismo tiempo a las Ordenes regulares de Colombia medios de ser más útiles a la sociedad, ocupándose en la educación científica, moral y religiosa de la juventud”, decretará que los estudios de filosofía hechos en los conventos de Caracas, Bogotá y Quito sirvan a los cursantes para obtener grados académicos en las Universidades de Colombia.14 Y creo yo que, en el minuto de estampar Bolívar los rasgos tempestuosos de su firma al pie de este decreto, el recuerdo presentó con vividez a su espíritu y a su corazón la figura amable de un fraile, 15 humilde y sabio, que allá —en el pacífico y silente claustro, oloroso a incienso, del convento franciscano de Caracas— durante los lejanos días de la infancia puso en las manos del futuro Libertador la cartilla del abecedario y en sus labios todavía balbucientes las reglas del decir correcto que más tarde, en arengas, proclamas, cartas y discursos, le serviría tanto o más que la espada para la ardua empresa única de libertar un continente.
Bolívar ante el Trono Pontificio
Lo expuesto comprueba suficientemente el interés del Libertador por mantener en las naciones hijas suyas la jerarquía eclesiástica y con ella, la Religión Católica. Veamos ahora brevemente otra actividad del Padre de la Patria, más alta aún, más importante y más elocuente de sus sentimientos religiosos: su afán por establecer y sostener la unión con la Sede Apostólica, centro augusto de nuestra fe.
Por las calles de la noble y leal ciudad de Trujillo desfila, aleteando las banderas, al compás de los parches, entre el marcial clangor de los clarines y las solemnes músicas de los repiques, el ejército de la Patria, el que triunfó en Boyacá y se apresta para vencer en Carabobo: presidiéndolo viene, entre compacto grupo de caballería, glorioso e imponente más que un césar en su plaustro del triunfo, el Libertador. A la puerta del templo, revestido con los sagrados ornamentos, en la cabeza ilustre la mitra reluciente de pedrería y oro, lo espera el Pontífice de la Iglesia Merideña. Al verlo Bolívar desciende de su corcel guerrero y, postrándose de rodillas a los pies del Prelado, besa devoto y reverente la cruz que éste le ofrece.16 ¡Maravillosa coincidencia! Al clavar el Libertador sus miradas en aquella cruz de oro, ve que está enriquecida por un topacio de amarillo claro, dos zafiros de azul celeste y un rubí tan rojo como viva gota de sangre y que en el centro de ese santo signo cintilan siete chispas de diamante, a modo de una diminuta constelación de minúsculas estrellas... Es una cruz del todo semejante a aquella que, en su infancia, vio muchas veces brillar, mientras aprendía los rudimentos de la Doctrina Cristiana, sobre el pecho palpitante de su madre. De nuevo ve el Libertador, en los días de su gloria entre las manos consagradas de un Obispo, la bandera de la Patria estrechamente unida a la ignominia gloriosa de la cruz... Y con la inefable emoción que en su alma suscita el melancólico recuerdo de la madre muerta, bajo la majestad espléndida del palio y de brazo con el Pontífice de Mérida, atraviesa la nave del templo y va a postrarse de hinojos ante el altar, como para testificar así que en realidad la Patria, de manera insuperable representada por él mismo, estaba estrechamente unida a la Iglesia que tiene por emblema la sublime sencillez de una cruz... Y para celebrar aquella unión, de los labios sacerdotales brota en ese instante el supremo y vetusto cántico de regocijo de la liturgia católica, aquel solemne cántico que durante muchos siglos ha henchido de júbilo el recinto de los templos en las ocasiones triunfales y que es como el desbordamiento cordial de la gratitud cristiana en alados versos gozosos: “Te Deum laudamus”.
Aquel encuentro del Padre de la Patria con el Pontífice de la Sede Merideña, tuvo trascendental importancia para la Iglesia y la República: fue entonces cuando el Libertador excitó vivamente al Prelado a dirigirse a la Silla Apostólica para exponerle las necesidades espirituales de los pueblos de Colombia y para suplicarle el remedio.17 Cumplió el Ilustre Obispo tan apremiante y honrosa comisión y su carta a Pio VII fue el primer lazo de la Patria ya independiente con el augusto Vicario de Jesucristo. Veis ahí la obra de Bolívar encaminada a conservar ese elemento esencial para la vida de la Iglesia: la comunión con la infalible cátedra de Pedro. Ya antes, al enviar como Ministro Plenipotenciario de Colombia antes las naciones de Europa al patricio Zea, le había dado encargo especial de procurar establecer las relaciones de la República con el Pontífice Sumo de la cristiandad.18 No obstante las múltiples ocupaciones de la guerra, el Libertador seguirá con su atención y sus anhelos el establecimiento de dichas relaciones y, cuando en 1823 sepa la respuesta benévola y paternal del Romano Pontífice, desde Guayaquil escribirá exultante al Obispo Emeritense: “Mucho he celebrado esta comunicación (de su Santidad) porque ha llenado de consuelo mi corazón que está acongojado con la separación de nuestro Padre común, el Jefe de la Iglesia. —La respuesta de Su Santidad nos da muchas esperanzas de volver bien pronto al regazo maternal de la Ciudad Santa—. Ahora no dirán nuestros enemigos que el Papa nos tiene separados de la comunidad de los fieles”. Desde el Perú, mientras preparaba la campaña definitiva, informado que la Santa Sede ha enviado un Delegado Apostólico a Chile, se dirigirá a él, por órgano del Ministro Sánchez Carrión, “con los votos de su más distinguida consideración y respeto, como a Representante del Vicario de Jesucristo”, para manifestarle “los ardientes deseos que lo animan de entrar en relaciones con la cabeza de la Iglesia, por demandarlas urgentemente la salud espiritual de estos pueblos, el estado de orfandad a que se hallan reducidas sus iglesias y el espíritu de fidelidad a la Doctrina Ortodoxa depositada en la religión santa que profesa la República”; le apuntará al Delegado Pontificio el deseo de celebrar “un concordato” y, como un piadoso jefe cruzado, le asegurará “que el Gobierno del Perú, por obligación y por sentimientos personales, no omitirá medio alguno de los que sean conformes con las máximas evangélicas, para proteger el esplendor de la Iglesia y evitar que sean escarnecidas sus instituciones y vejada la dignidad del Augusto Depositario de sus llaves”.19 Un mes antes de Ayacucho recibirá la nueva carta que el Papa ha dirigido al Ilmo. Sr. Lasso de la Vega y se apresurará a escribirle al Prelado: “La carta del Jefe de la Iglesia para V. S. I. me ha llenado de un gozo inexplicable: ella manifiesta que Su Santidad está animado de los sentimientos más paternos y de un espíritu como San Pedro. El Padre de la Iglesia se ha mostrado digno jefe de los pueblos católicos, no haciendo diferencia entre los Monarcas y los ciudadanos. Su Santidad ha seguido el espíritu de Jesús, que era el amigo de los pobres y ensalzaba a los humildes”. Y pensando en su Patria, al comunicar al Prelado que el Perú ha iniciado relaciones con el Vicario Apostólico de Chile, añadirá: “Las relaciones de Colombia con la Silla Apostólica son de una urgente necesidad”. (No sin profunda emoción os cito estas frases, entresacadas de las cartas del Libertador al Ilmo. Sr. Lasso de la Vega, quinto Obispo de Mérida, ya que he tenido la fortuna de leerlas en los propios originales autógrafos, conservados en el Archivo Arquidiocesano, sobre los cuales más de una vez he depositado reverente mi beso de admiración y de amor a la persona del Padre de la Patria).
Por una multitud de delicadas circunstancias, jurídicas unas, políticas otras, el acercamiento entre la recién nacida República y el milenario Trono Pontificio, eficazmente iniciado por el Libertador mediante el Obispo de esta Iglesia, será difícil y moroso; pero al fin se realizará y para Bolívar será una de sus más íntimas satisfacciones, parangonable a la delas victorias guerreras, la de verse rodeado en 1827 por los cuatro primeros Obispos de Colombia obtenidos mediante sus pacientes gestiones: de ahí que en tal ocasión cordialmente exclame: “La causa más grande nos congrega hoy: el bien de la Iglesia y el bien de Colombia. Una cadena más fuerte y más brillante que los astros del firmamento, nos une de nuevo a la Iglesia de Roma, que es fuente celestial. Los descendientes del Trono de San Pedro han sido siempre nuestros padres; pero la guerra nos había dejado huérfanos, como corderos que balan en busca de la madre que han perdido. La madre tierna los ha encontrado y los conduce de nuevo al redil. Acaba de darnos Pastores dignos de Colombia y dignos de ella. Estos ilustres príncipes y padres del rebaño son nuestros lazos sagrados con el cielo y la tierra. Ellos serán nuestros guías, los modelos de la religión y de las virtudes cívicas. La unión del incensario con la espada de la ley es verdadera arca de alianza”.20 En aquel momento, oh hermanos, por la memoria del Libertador pasaba una visión de su infancia: la de aquella joya materna en que aparecía, en piedras preciosas, la bandera tricolor de la Patria estrechamente unida a la ignominia gloriosa y triunfal de la cruz.
Como corona de todas estas manifestaciones de Bolívar en pro de la conservación de los lazos con la Silla Apostólica, permitidme mencionar la carta filial que dirigió al Sumo Pontífice León XII para expresarle su gratitud por los Prelados que concedió a la Patria, exponerle las restantes necesidades espirituales de está y solemnemente prometerle la protección del Gobierno a la Religión Romana. “Vuestra Santidad —le dice— debe siempre contar con dicha protección y con nuestra decidida voluntad de sostener el catolicismo en esta República”.21 El Libertador quería realizar el simbolismo del escudo de armas que un abuelo suyo, el que implantó la estirpe bolivariana en América, alcanzó del rey Felipe para la ciudad mariana de Caracas: un león que sostiene y defiende con sus garras una cruz.
Todo lo hasta aquí expuesto os explicará la causa y os confirmará la sinceridad de aquella última y única recomendación que, al separarse para siempre del sillón presidencial, dirigió el Libertador al Congreso admirable: “Permitiréis que mi último acto sea recomendaros que protejáis la Religión santa que profesamos, fuente profusa de las bendiciones del cielo”.22
Al empezar propiamente su obra de forjador de nacionalidades, Bolívar llamó a la Iglesia en su ayuda; durante todo el discurso de su vida pública, la respetó y le brindó digna protección, procurando la existencia de ella mediante la conservación de la jerarquía y de los lazos con la Silla Apostólica; y en el instante de resignar para siempre la dirección suprema de la República, la recomendó a los representantes de la soberanía nacional con frases que deberían esculpirse en mármol eterno, a las puertos de los salones en que se congregan los legisladores para enrumbar los destinos sagrados de los pueblos.
De ahí que en este día, en que rememoramos la muerte del Grande Hombre, la Iglesia se vista de luto, como madre que llora a su hijo amado; mezcle sus lágrimas con las de la Patria y ordene que de todos los campanarios de sus templos, como de enormes pechos angustiados, broten emocionantes los melancólicos gemidos de los dobles.
La visión del agonizante
Pobre, afligido, proscrito, habiendo renunciado hasta las quimeras de las esperanza, el Libertador yace hundido en una poltrona, bajo el humilde techo hospitalario de la Quinta de San Pedro Alejandrino. Enfermedad impía e irremediable agota momento a momento su férreo organismo, destruye velozmente sus indomables energías de león: su corazón es el blanco preferido hacia el que disparan inmisericordes sus saetas los incansables arcos de la adversidad y la tristeza. Sólo siete días, sólo una breve semana resta de existencia al Padre de Colombia, al Héroe más alto de América. Como cristiano que ha sido, en quien las enseñanzas maternas han permanecido indelebles, no obstante las vicisitudes de la vida y la obra deletérea del tiempo, acaba de acusar humildemente sus pecados a Dios en la persona del Ilmo. Sr. Esteves, Obispo de Santa Marta. Concluida la confesión sacramental ruega al Prelado que se siente al modesto escritorio y traslade el papel las palabras que va a decirle.23 Con su mano consagrada, el Pontífice empieza a escribir las frases entrecortadas por suspiros y lágrimas, que va dictando el Libertador: “Colombianos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes las tiranía. He trabajado con desinterés abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado: mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia: todos deben trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía: los Ministros del santuario, dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares, empleando sus espadas en defensa de las garantías sociales. Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria. ¡Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Y he aquí que, al terminar de dictar la última frase, mientras el Obispo la escribe, clava Bolívar sus ojos moribundos en el pecho del Ilmo. Sr. Esteves: fulgor extraño ilumina de súbito aquellas pupilas, sobre cuyos párpados empieza ya a hacer presión el frío dedo inmisericorde de la muerte; transfigurase su rostro enfermo, como solía en los momentos en que la gloria y las aclamaciones delirantes de los pueblos llenaban su alma de emociones inefables; su corazón cansado, ya próximo a paralizarse para siempre, recobra por un instante las palpitaciones vigorosas con que se agitaba cuando sobre los campos de batalla, después de brava lucha, descendían aleteando solemnemente las Victorias: es que Bolívar ve, sobre el pecho del Prelado, su ilustre amanuense postrero, la áurea cruz pectoral, en la que resaltan un topacio, dos zafiros y un rubí, en torno a una corona de siete chispas de diamante... El Libertador, al borde del sepulcro, ve por última vez, sobre el corazón de un Obispo, la bandera de la Patria estrechamente unida a los maternos brazos salvadores de la cruz.
Dirige luego sus ojos a la espada con que libertó la América y que cerca de él reposa como agobiada por el cansancio de los triunfos y la gloria, y advierte entonces que también la espada simula la sacra y sencilla figura misericordiosa de la cruz.
Discursos y Proclamas, compilados por Blanco Fombona, ed. de Garnier, París página 32.
J. M. Groot: Historia E. y C. de Nueva Granada, tomo IV, pág. 25. Segunda Edición, Bogotá, 1893.
Blanco y Azpúrua: Documentos para la vida pública del Libertador, volumen VIII, pág. 41-42.
P. Leturia, S. J.: La Acción diplomática de Bolívar ante Pío VII, Ed. de Razón y Fe, Madrid, 1925, pág. 227 y sig.
Años más tarde, el mismo Ilmo. Sr. Salvador Jiménez de Enciso escribirá a Obando lo siguiente: “Usted sabe que en Pasto, sin embargo de haberle hecho yo la mayor guerra (a Bolívar), en el modo que mi estado lo permitía, olvidando todos sus resentimientos conmigo, hizo los mayores esfuerzos para que me quedase en Colombia aun después de haberle pedido por dos veces mi pasaporte para retirarme a España, y que para que accediese yo a quedarme me manifestó varios motivos todos de religión. Ahora bien, un hombre que hace poco aprecio de ésta, no se somete a rogar a un vencido y enemigo que le había sido declarado de sus principios, para que no abandonase su grey, como lo hizo conmigo, no habiendo jamás tenido que quejarme por mal trato que me hubiese dado”. —Blanco y Azpúrua. Documentos para la Vida Pública del Libertador, volumen XIII, pág. 188.
Blanco y Azpúrua: Documentos, etc., vol. IX, 584.
Blanco y Azpúrua, op. cit., vol. VII, pág. 143.
Ibídem, vol. VII, pág. 276.
Ibídem, pág. 65.
Ibídem, vol. IX, pág. 485.
Ibídem, vol. X, pág. 42.
Blanco: Documentos, vol. XII, págs. 697-793.
Blanco: Documentos, vol. XII, págs. 697-793.
Blanco: Documentos, vol. XIII, pág. 155.
El P. Andújar. Véase Mancini: Bolívar & pág. 114.
Ilmo. Sr. A. R. Silva: Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida, vol. VI, pág. 146.
P. Leturia: op. cit., pág. 130.
P. Leturia: op. cit., pág. 127.
Ilmo. Sr. Antonio R. Silva: Documentos., tom. VI. pág. 97.
Blanco y Azpúrua: Documentos, tomo XI, pág. 618.
Monsalve: El Ideal político del Libertador, pág. 400, Ed. Editorial América.
Monsalve: El Ideal político del Libertador, pág. 400, Ed. Editorial América.
En carta dirigida al Sr. José Manuel Groot por el Sr. Juan de Ujueta, testigo presencial del viático del Libertador se encuentra lo siguiente: “Después del recogimiento que tuvo (Bolívar) de oración, volvió a llamar al Sr. Obispo (el de Sta. Marta. Ilmo. Sr. Esteves) y le encargó de redactar la alocución que deseaba dirigir a los colombianos, dictándosela casi íntegra, la cual hizo reformar hasta por tercera vez”. Consta igualmente, por certificación del Notario José Catalino Noguera, expedida en Sta. Marta a 12 de diciembre de 1830 que el Ilmo. Sr. Esteves se hallaba presente en el momento de firmar el Libertador su última proclama. Véanse los documentos respectivos en Blanco y Azpúrua, vol. XIV., pág. 455 a 460.


