
La invocación del nombre Benito Mussolini causa estupor, fascinación y rechazo simultáneos sobre densas masas de personas alrededor de todo el mundo. Desde el término de la Segunda Guerra Mundial, el orden geopolítico se configuró drásticamente y los pecados acumulados de toda la barbarie desatada cayó sobre un sólo concepto: el del fascismo.
El fascismo, en verdad, ha sido ultrajado por la historiografía contemporánea. Se le trata como una palabra leprosa, lo mantienen en el ostracismo y nadie desea visitar al maltratado concepto para observarlo desvestido de todos los trajes que se la han confeccionado para ocultar su significación histórica.
Tanto Mussolini como el fascismo, su bella creazione, son figuras que se han visto envueltas en leyendas negras tan absorbentes en las mentalidades colectivas que cualquier intento por disminuir su carga peyorativa y aterrizarlo en el terreno de la investigación histórica es tajantemente combatido sin misericordia. A esta labor tan importante se ha entregado con esmero nuestro querido invitado, Caio Mussolini.
Caio Giulio Cesare Mussolini nació en la Argentina en el año 1968. Es la expresión viva de la tercera generación de una de las dinastías más polémicas e importantes de la historia de Europa. Es bisnieto de Benito Mussolini, el creador del fascismo italiano y uno de los hombres más trascendentales de la historia europea.
Es hijo de Guido Mussolini, primogénito de Vittorio Mussolini, el segundo hijo del Duce. Las tensiones a finales de la guerra llevaron a los Mussolini a recorrer el extranjero, cayendo en la Argentina. Ahí, Guido, tras adquirir conocimientos y trayectoria corporativa y gastronómica, conocería a Martha Vallejos, madre de Caio. En su hogar, pues, las palabras de su abuelo lo fueron adentrando al mundo histórico al que su bisabuelo Benito entró con toda la fuerza de un gran volcán en erupción.
Ahora, recogeremos las conversaciones entre mi persona y Mussolini, con la intención de trasladarlo a un formato simple de entrevista, divisando en él, durante su desarrollo, una profunda ansia por la corrección histórica del concepto del fascismo, el develamiento de una visión más realista sobre aquellos años tan discutidos y el camino diáfano que se debe trazar para adentrarse a las esferas temáticas de un tema tan vasto como lo es el fascismo italiano.
¿Cómo fue crecer desde su infancia con la carga histórica del apellido Mussolini?
En lo que tiene que ver con el legado, por supuesto, de chiquito viví con mis familiares y con las personas que de alguna manera venían a visitarlos. Nos encontrábamos en la casa de mi abuelo, en la casa de mi abuela o en la casa de mi bisabuela en Villa Carpena, en Forlì, y tuve modo de escuchar lo que ellos contaban y decían sobre el periodo fascista, sobre mi bisabuelo Mussolini y sobre el cariño que le tenían.
Por supuesto, esto era algo que chocaba un poco con lo que se leía en los libros o en lo que después Renzo De Felice llamó la vulgata; o sea, lo que se tiene que decir. Porque después de la caída del fascismo, como se empezó a decir, todo era negativo, no había nada de cosas buenas, era el «mal absoluto».
Entonces, esas dos visiones siempre me dejaron un poco perplejo, porque consideré que tenía que haber un punto medio entre dos posturas tan diferentes y lejanas.
Es una paradoja, pero la persona que más me ayudó a manejar el peso del apellido fue mi mamá. Mi mamá era argentina. Después de la guerra, mi papá —junto con su papá Vittorio, mi abuela materna Rachele y su hermana Adria— tuvo que irse a Argentina porque en Italia la situación estaba muy tensa y peligrosa para ellos. Así que mi papá la conoció allá y mi mamá, aun siendo argentina, tuvo el rol de ayudarme a manejar el apellido.
En eso te voy a decir que fue ella quien me explicó las cosas y cómo salir adelante con este pesado apellido.
He de decir que las concepciones de las ideologías del siglo XX han sido maltratadas por la ignorancia colectiva y confundidas a menudo. Han caído en continuas demonizaciones. Todo esto desde su juventud debió llamarle la atención, pienso que en Italia no habría sido tan distinto como ocurre en la actualidad.
Desde pequeño entendí que llevaba un apellido particular, diferente al de mis compañeros de colegio o de la clase de natación. Sabía que de alguna manera mi apellido estaba ligado a la historia de Italia, pero en aquel entonces —hablo de los años setenta y ochenta— aún vivía mucha gente que había experimentado ese periodo y conservaba buenos recuerdos de él; personas que me hablaban de lo bien que se vivía durante el fascismo.
En diversas ocasiones he declarado a la prensa que considero el fascismo un periodo muy complejo que no puede encasillarse de forma simplista entre «bueno» o «malo», ni mucho menos catalogarse como el «mal absoluto», como sostienen algunos. Sencillamente porque no existe el mal absoluto ni el bien absoluto; habría que establecer una escala de matices. La Historia debe estudiarse y analizarse a través de libros rigurosos de historiadores serios, respaldados por fuentes documentales, para así comprenderla en su verdadera dimensión. De lo contrario, se termina cayendo en la superficialidad de equiparar mecánicamente a Mussolini con Hitler o el fascismo con el nazismo, entre otros simplismos que se siguen repitiendo.
¿Cómo llega usted a la Venezuela Saudita y cómo recuerda su estadía durante de finales de los años 70 y principios de los 80?
Llegamos a Venezuela en 1978. Fue una decisión familiar; por aquel entonces yo vivía en Roma, en una época marcada por una profunda tensión social conocida como los Años de Plomo. Era un período caracterizado por la constante violencia entre facciones de extrema izquierda y extrema derecha, con enfrentamientos diarios, atentados con bombas y asesinatos perpetrados por grupos armados como las Brigadas Rojas, la conocida organización terrorista de extrema izquierda. Fueron años muy convulsos en el ámbito político y social, por lo que una familia que portara nuestro apellido representaba un objetivo sumamente predecible y vulnerable.
Para hacernos crecer a mí, a mis hermanos y a mis hermanas en un ambiente más tranquilo y sereno, mi padre —aprovechando algunos contactos que tenía a través de mi abuelo Vittorio Mussolini— logró que nos mudáramos a Venezuela; llegando primero él y después nosotros en el año 78. Yo estaba muy contento porque llegué a un país que, en aquel entonces, era muy rico y hermoso, y con gente muy simpática donde a nadie le interesaba mi apellido. En Italia, en cambio, yo sentía el apellido como algo muy pesado. Tengo recuerdos muy lindos de Venezuela, de mi etapa en el bachillerato hasta que lo terminé y regresé a Italia para ingresar a la Academia Naval de Livorno.
Tras su paso por Venezuela y al regresar a una Italia que intentaba superar los Años de Plomo, ¿cómo se reconfiguró su vida? ¿El debate sobre el fascismo se disipó en la sociedad italiana o, por el contrario, cobró una nueva fuerza?
Cuando regresé a Italia, entre 1985 y 1986, para ingresar a la Escuela Naval de Livorno, la situación política en el país había mejorado y se había tranquilizado bastante, por lo que no tuve inconvenientes. Los años en los que serví en la Escuela Naval y posteriormente en la Armada, así como los primeros diez o quince años en los que trabajé tras mi retiro a principios del 2000, transcurrieron sin ningún tipo de problema. En Italia parecía que finalmente ese periodo había quedado atrás, considerando que hablamos de una etapa que comenzó hace más de un siglo.
Sin embargo, no fue así. En los últimos diez o quince años la situación ha empeorado muchísimo. Hoy resulta mucho más difícil debatir sobre este tema, aunque tengo una teoría sobre la razón de este fenómeno. Entre los años setenta y principios de los noventa, la izquierda tenía un rol claro: representaba a la clase obrera y a los trabajadores, lo que le permitía debatir sobre asuntos sociales, económicos y políticos tanto a nivel nacional como internacional.
En los últimos años, no obstante, la izquierda ha perdido por completo el contacto con la realidad. Ya no representa a los trabajadores ni a la clase obrera, y resulta evidente su incapacidad para adaptarse a los tiempos modernos. Por ello, al quedarse sin ideas, alejarse del pueblo y mantener discursos sobre sistemas económicos inútiles que fracasaron a lo largo de más de un siglo, el único recurso que le queda es apelar al antifascismo. Un antifascismo extemporáneo, puesto que el fascismo murió con Mussolini y con su derrota militar.
Continuando con la controversia de su nombre, entiendo que los problemas públicos, como afirmó, han ocurrido recientemente. ¿Hay algún episodio en particular que desee compartir?
Todo el tiempo que estuve trabajando en la Armada y durante mis primeros quince o veinte años en el sector de la defensa —donde fui gerente de empresas internacionales y tuve la oportunidad de trabajar intensamente en Latinoamérica con Oto Melara— no tuve inconvenientes. Los problemas han surgido, de manera particular, en estos últimos años.
El episodio más reciente fue con Amazon, donde censuraron y cerraron mi cuenta de KDP, desde la que vendía libros históricos, sin justificación alguna. Por supuesto, con el apoyo de un abogado en Italia entablamos una demanda judicial y, en cuanto el caso llegó a los tribunales, logramos alcanzar un acuerdo satisfactorio. Sin embargo, esto demuestra lo difícil que resulta hoy en día llevar un apellido como el mío y, sobre todo, abordar el tema del fascismo.
Una de las facetas que me llama la atención de su perfil profesional es la del historiador. Cuéntenos un poco acerca de su producción historiográfica.
Respecto a mi producción editorial, cabe destacar que la primera obra que escribí fue un libro sobre la emigración italiana en Argentina, titulado Italianos de Argentina. Tuve la oportunidad de presentarlo en Buenos Aires hace algunos años y de recorrer diversas comunidades y centros culturales italianos en Rosario, Buenos Aires y Mar del Plata. En ese recorrido pude abordar el fenómeno de la emigración y, sobre todo, la huella que dejaron los italianos en Argentina desde la perspectiva cultural, social, militar y política; aspectos que hoy en día son poco conocidos de forma estructurada.
Posteriormente, a partir de esa experiencia y por razones personales estrechamente vinculadas a mi apellido, me propuse escribir La otra historia. Empecé a trabajar en ello y, tras cuatro años de labor, la obra consta de cuatro volúmenes organizados por periodos históricos y áreas temáticas. El segundo volumen es más monográfico y aborda tres ejes principales: el Imperio italiano, la cuestión judía y la entrada de Italia en la guerra.
El último volumen, que salió al mercado hace tres meses y cuya presentación realizamos en Campania, con el soporte de el Centro Nazionale Sportivo Fiamma analiza la sangrienta y terrible guerra civil que asoló a Italia desde el 8 de septiembre de 1943 hasta la derrota del fascismo y la posterior firma de la rendición, el 2 de mayo de 1945.
Me considero un historiador «fortuito» o forzado, porque viví ese periodo de cerca y compartí con sus actores principales: bastaría mencionar a Vittorio Mussolini, Orsola Mussolini o Edda Ciano y a muchos otros que realmente experimentaron esa época. Escuché sus testimonios, conversé y conviví con ellos durante mucho tiempo, lo que me permitió formarme una perspectiva propia. Con los años, fui profundizando esa visión a través de amplias lecturas, hasta que finalmente decidí volcarla en una obra que constará de cuatro volúmenes. El propósito es explicar de forma accesible lo que fue el fascismo en sus diversos ámbitos. Si se analiza la literatura existente, hay miles de libros sobre el tema, pero ninguno aborda de manera tan sintética —en apenas unas pocas cientas de páginas— un periodo extremadamente complejo de la historia italiana y mundial, ofreciendo además el respaldo documental necesario para ser inatacable.
Debo decir que la obra está teniendo un éxito discreto. Considero que esto se debe a que la gente se ha cansado de las versiones sesgadas y desea conocer lo que he denominado, sin pretensión alguna, «la otra historia». No tengo la arrogancia de afirmar que poseo la verdad absoluta; simplemente expongo esa otra perspectiva para que cada lector pueda formarse su propio criterio.
Su obra histórica sobre el fascismo me parece formidable, es como una fortaleza de acero, unas murallas de Troya que los detractores no han sabido cómo derrumbar y que no cuentan, aparentemente, con la inteligencia de ingeniar un artefacto lo suficientemente incisivo para desbaratar sus fundamentos teóricos. ¿Cómo se preparó para emprender esta empresa historiográfica?
Con el apellido que llevo, era evidente que no podía permitirme el lujo de escribir sin el máximo rigor; de lo contrario, las críticas me habrían destruido. Basta con buscar en internet las presentaciones de mis libros para comprobar el tipo de controversias que se generan. Sin embargo, nadie me cuestiona sobre el fondo de los temas que abordo ni sobre las fuentes históricas que utilizo. Las agresiones se limitan a señalar que, por ser bisnieto de Mussolini, debería guardar silencio o avergonzarme; descalificaciones superficiales de ese tipo.
Precisamente para volver la obra inatacable, me impuse un nivel de exigencia metodológica muy alto. Cada uno de los cuatro volúmenes tiene cerca de cuatrocientas páginas y cuenta con aproximadamente ochocientas o novecientas notas al pie. Lo hice deliberadamente: nadie ha podido rebatir los datos que expongo y prefieren guardar silencio porque saben que los testimonios y documentos presentados son irrebatibles, incluso en los temas más delicados.
Por supuesto, esta perspectiva choca frontalmente con la narrativa oficial que se ha construido durante los últimos ochenta años. En el tercer volumen explico las razones de esa construcción: tras perder la guerra, existía la necesidad de erigir un nuevo mito fundacional para la Italia de posguerra, bajo la premisa de que nadie había sido fascista y que la resistencia partisana había liberado al país, cuando la realidad histórica es muy distinta. Mi propósito es simplemente ofrecer un trabajo sintético que invite a conocer y reflexionar sobre ese periodo histórico con objetividad.
Para un lector o investigador interesado en comprender el fascismo sin distorsiones ni sesgos, ¿qué obras y autores considera fundamentales y qué opinión le merece la literatura reciente con gran éxito comercial, como las novelas de Antonio Scurati?
Existe una oferta enorme de literatura sobre el tema, pero si alguien desea comprender verdaderamente el fascismo, debe acudir a la obra de Renzo De Felice, a quien considero el historiador más riguroso y relevante en la materia. El principal inconveniente con De Felice es la extensión de su trabajo: son ocho tomos, y cada uno cuenta con setecientas u ochocientas páginas.
Otra fuente fundamental es la Opera Omnia de Benito Mussolini, una compilación exhaustiva de sus discursos, artículos y escritos presentada sin comentarios ni interpretaciones añadidas. Al leerla directamente, se puede constatar cuál era el pensamiento exacto de Mussolini en cada periodo histórico concreto.
Por otra parte, precisamente en el cuarto volumen de mi obra abordo el caso de Antonio Scurati; de hecho, tengo sus textos frente a mí en este momento. Scurati es alguien que adapta los hechos históricos al escribir novelas. Las novelas son ficción, no historia, pero desafortunadamente mucha gente las consume asumiéndolas como relatos verdaderos. Sus libros contienen forzamientos narrativos, imprecisiones y errores manifiestos; incluso intelectuales de izquierda han tenido que salir a aclarar que el fascismo fue un fenómeno complejo y serio, y no la caricatura que plantea Scurati. Sin embargo, cuenta con una formidable maquinaria publicitaria a su favor, lo que indudablemente explica su éxito comercial.
Anteriormente hacía usted referencia a la conclusión del período fascista con la desaparición física de Mussolini, creo que su abuelo Vittorio lo sostenía, veo que usted también. ¿O tiene alguna otra reflexión al respecto?
Concuerdo también con lo que decía mi abuelo. Y no solo lo afirmaba él, sino también historiadores como Renzo De Felice y muchas otras figuras que vivieron aquella época, como el periodista y escritor Indro Montanelli, quien declaró públicamente que el fascismo italiano nace, se desarrolla y muere con Mussolini. Él lo era todo. Mussolini encarnaba el carácter poliédrico y las múltiples facetas del fascismo a lo largo de sus distintas etapas. Recordemos que solo en Italia existieron cuatro fascismos considerablemente diferentes entre sí, y con la muerte de Mussolini esa experiencia concluyó.
Los propios políticos que tras la guerra fundaron el Movimento Sociale Italiano —hombres que habían pertenecido al Partito Nazionale Fascista y combatido por la República Social Italiana— jamás se definieron como neofascistas, sino como postfascistas, dando por cerrada y terminada la etapa histórica del fascismo tras el asesinato de Mussolini.
¿Cree que la curiosidad de los jóvenes por revisar a Mussolini y la era fascista puede sentar las bases para una historiografía más pulcra y ajena a los dogmas del pasado?
Mucha gente, no solo jóvenes, ha comenzado a estudiar este periodo histórico con mayor rigor y a informarse de manera autónoma. Hoy leen libros accesibles a través de redes sociales —algo impensable tiempo atrás— o siguen debates y podcasts. Todo esto era inalcanzable hace treinta años, cuando ciertas obras estaban fuertemente censuradas y resultaba casi imposible conseguirlas.
En los años ochenta, por ejemplo, leí una obra de Giorgio Pisanò titulada Sangue chiama sangue. Ese libro, que aborda los crímenes cometidos por los partisanos comunistas entre 1943 y 1945, no se hallaba en librerías ni en bibliotecas públicas; solo circulaba en los locales de agrupaciones juveniles de derecha, como el Fronte della Gioventù, o en contadas librerías especializadas a las que, muy a menudo, era peligroso acudir por el riesgo de sufrir agresiones violentas por parte de grupos de extrema izquierda.
Hoy existe un renovado interés por esa época porque la sociedad ha comenzado a comprender que no todo fue destructivo, ni el «mal absoluto», ni un error total; sobre todo si se contrasta con cómo evolucionaron los acontecimientos en las décadas posteriores. Abordo precisamente estos aspectos en mi obra. En el cuarto volumen, por ejemplo, analizo el Juicio de Núremberg, el cual constituyó un despropósito desde la perspectiva del derecho y del rigor judicial, y explico los motivos: si el objetivo era castigar las atrocidades cometidas durante la guerra, lo cierto es que todas las potencias involucradas incurrieron en crímenes. ¿Acaso no fue un crimen lanzar dos bombas atómicas sobre decenas de miles de civiles inocentes? Si Alemania cometió un delito al invadir Polonia, ¿por qué la Unión Soviética, que invadió el mismo territorio quince días después, no figuró entre los acusados en Núremberg?
Estos planteamientos buscan invitar al análisis. Quien tenga el deseo de pensar con criterio propio encontrará en mis libros diversos puntos de reflexión para profundizar en cada uno de estos temas.
Afortunadamente, el acceso actual a la información nos permite consultar fuentes que antes eran casi inalcanzables. Me incluyo orgullosamente en esta generación de formación autodidacta a la que hace referencia, la cual nos ha permitido entrever las distorsiones con las que se ha juzgado aquel periodo. Coincido con su análisis sobre las irregularidades de los Juicios de Núremberg y la omisión deliberada de los crímenes cometidos por las potencias aliadas durante y después de la contienda. Tomando todo esto como premisa: para Caio Mussolini, ¿qué es exactamente el fascismo?
El fascismo es un fenómeno sumamente complejo. Lo abordo en mi primer libro. Es algo típicamente italiano: un movimiento que surgía como una alternativa ante lo que representaban en aquel entonces el capitalismo, por un lado, y el comunismo, por el otro; era la tercera vía.
Se trataba de un proyecto que situaba al Estado por encima del individuo, entendiendo que el Estado lo representaba todo y que toda la ciudadanía debía formar parte activa de él. Su objetivo principal era, sencillamente, la grandeza de Italia; buscaba ubicar a Italia como una gran potencia, algo que, lamentablemente, otras naciones —entre ellas Francia e Inglaterra y, más tarde, también Estados Unidos— no estaban dispuestas a admitir. Y si se observa con atención, las dinámicas no han cambiado demasiado en la actualidad: a ciertos sectores les sigue molestando que Italia pueda erigirse como una gran nación.
En el debate público actual se suele acusar con frecuencia a la derecha de representar un peligro fascista. ¿Siente que esta etiqueta responde a una amenaza real o que se está haciendo un uso distorsionado del término?
Por supuesto, llaman fascismo a cualquier cosa que no sea de su agrado: cualquier idea o iniciativa es calificada de fascista. Para ellos, cualquier persona en el mundo que no piense como la izquierda es fascista, y cualquier postura diferente, también. Se ha abusado tanto de este término que ha perdido su significado original. El fascismo está ligado a Italia y a un periodo histórico muy preciso entre las dos guerras mundiales que concluyó con la muerte de Mussolini.
¿Que queda un vínculo? Desde luego que permanece un lazo histórico, cultural e infraestructural en Italia y en otras ciudades respecto a lo que fue esa época. Sin embargo, quienes aseguran que existe un peligro de rebrote fascista, o tildan de fascista a cualquiera que sea de derecha, recurren a esa palabra únicamente para atemorizar. La utilizan como un espantapájaros al quedarse sin argumentos políticos y sin capacidad de debate.
Hoy en día el mapa ideológico parece haberse desdibujado en comparación con el siglo pasado. Desde su perspectiva, ¿qué significa realmente ser de derecha en la Italia actual y en qué corriente política se define usted?
Definir la derecha en la actualidad es un asunto sumamente complejo, comenzando porque los conceptos de «izquierda» y «derecha» no significan lo mismo que hace tres o cuatro décadas; dependen en gran medida de la trayectoria política de cada país.
En Italia, la derecha liberal previa al advenimiento del fascismo era una realidad muy distinta. El propio fascismo, en sus orígenes, provenía de la izquierda —recordemos el pasado socialista de Mussolini— y en su etapa final, con la República Social Italiana, retomó esos postulados sociales. Lo mismo ocurrió tras la guerra con el Movimento Sociale Italiano; el uso reiterado del término «social» no es casual.
Para personas como yo, la verdadera derecha es la destra sociale (derecha social), que hoy en dìa en Italia es representada por el partido de Gianni Alemanno, una corriente profundamente atenta a las necesidades del pueblo, a los derechos de los ciudadanos y a la protección de los sectores más vulnerables y desfavorecidos. Conceptualmente, esto no tiene nada que ver con la derecha representada por Silvio Berlusconi o por la Lega. Tampoco coincido con el término «conservador», porque la derecha actual no tiene nada que conservar; considero que esa etiqueta es un forzamiento conceptual. Es un debate denso, pero en términos personales, mi pensamiento se enmarca plenamente en lo que en Italia conocemos como la destra sociale.
Tengo entendido que decidió realizar una incursión en la política italiana hace algún tiempo. ¿Cómo calificaría aquella experiencia?
En 2019 decidí postularme porque deseaba probar una experiencia en el ámbito político. Me presenté a las elecciones europeas —que son los comicios más exigentes— por la circunscripción del sur de Italia, la cual abarcaba seis regiones.
A pesar de no contar con trayectoria política previa, obtuve casi 22.000 votos de preferencia; es decir, casi 22.000 ciudadanos escribieron mi nombre de su propio puño en la tarjeta electoral. Fue una enorme satisfacción personal. Aunque no resulté electo, constituyó una vivencia sumamente enriquecedora. A partir de ese momento, y por diversas razones, opté por distanciarme de la política activa y de Fratelli d’Italia.
En los últimos años se observa una polarización creciente en torno a debates sociales y culturales en Occidente. ¿A qué atribuye que un sector de la juventud esté volviendo la mirada hacia conceptos más tradicionales de la sociedad, la identidad y el Estado?
Sin duda, esto se debe al desencanto frente a las corrientes y narrativas que han cobrado fuerza en los últimos años. En las décadas de los setenta y ochenta, por ejemplo, escuchábamos a artistas como Freddie Mercury o Boy George y a nadie le importaba su orientación sexual; simplemente disfrutábamos de su música. Hoy, en cambio, se ha configurado toda una agenda ideológica alrededor de ello, y a quien no la asume plenamente se le califica de inmediato como retrógrado o fascista.
Se advierte además un cambio evidente en los roles sociales: una marcada feminización de la figura masculina en contraste con una postura más dominante en la mujer, lo cual genera profundas descompensaciones a nivel social. Ante este panorama, muchos jóvenes están redescubriendo la necesidad de retornar a los pilares fundamentales que han sostenido a las civilizaciones a lo largo de la historia: la figura de un hombre fuerte que protege a su familia, a su comunidad y a su nación, y que defiende su cultura, su idioma y sus tradiciones.
Las nuevas generaciones comienzan a comprender que durante décadas se les transmitieron discursos sin sustento y empiezan a cuestionar el rumbo actual, constatando el deterioro de las instituciones clave: la familia, la fe y los elementos constitutivos del Estado, como las fronteras. En Europa existen sectores que proponen eliminar los límites territoriales, lo cual resulta insostenible. La frontera —como aprendí cuando estudié en el liceo en Venezuela durante la materia de Educación Cívica— es uno de los elementos fundamentales que constituyen al Estado; delimita el territorio donde se resguarda la historia, la cultura y el sacrificio de las generaciones precedentes. Asimismo, nociones como el llamado «privilegio blanco» carecen de rigor histórico: lo que hoy existe es el resultado del esfuerzo y del trabajo acumulado durante generaciones por construir la civilización que disfrutamos, y que no sabemos por cuánto tiempo más se podrá preservar.
Desde mi perspectiva, usted expone la figura de un hombre firme con una soltura argumentativa que difícilmente cae en la controversia, cuida mucho sus palabras. Esta postura, aunque prudente, ¿le ha resultado positiva en el circo de las redes sociales?
Aun así, me han atacado en reiteradas ocasiones. Si revisan mis redes sociales —estoy en Instagram y Facebook— verán que, si bien hay personas que expresan opiniones distintas de manera educada y abiertas al diálogo, hay otras que se dedican únicamente al insulto. En Italia es muy común que apelen a la Piazza Loreto. La Piazza Loreto fue lo que un verdadero partisano, Ferruccio Parri, definió como una macelleria messicana —una carnicería mexicana— por la atrocidad que se vivió en esa plaza con los cuerpos de Mussolini, de otros jerarcas fascistas y de su amante, Claretta Petacci.
Con frecuencia me escriben «todavía hay espacio en Piazza Loreto», intentando amenazarme. Por supuesto, no les presto atención. Lamentablemente, las redes sociales de hoy permiten que cualquiera se exprese, aun cuando mucha gente no tiene la menor noción de lo que dice ni del peso de sus palabras, faltándole el respeto a los demás sin motivo alguno.
Por mi parte, intento mantener siempre un diálogo, incluso con desconocidos, pero se vuelve cada vez más difícil. En sectores de la izquierda hay mucha ignorancia y se limitan a repetir como loros las mismas consignas de hace cuarenta o cincuenta años. La diferencia es que, hoy en día, la sociedad ya no acepta pasivamente esos discursos y la hegemonía cultural ha dejado de estar en manos de la izquierda. Por ello, actualmente resulta mucho más accesible obtener información y perspectivas distintas a las que se imponían culturalmente décadas atrás.
Como italiano, ¿qué juicio histórico se merecen otras figuras grandísimas como Julio César, Maquiavelo, Garibaldi o D’Annunzio?
Todas las figuras mencionadas desempeñaron un papel fundamental en la historia italiana, desde luego en momentos y dimensiones distintas. Cada personaje es hijo de su propio periodo histórico, por lo cual resulta sumamente complejo establecer comparaciones directas entre ellos. Se podría forzar cierto paralelismo o tratar de asociarlos de algún modo, pero la realidad es que cada uno fue una figura excepcional en su individualidad y dentro del contexto que le tocó vivir.
Ha sido una conversación gratificante, Sr. Caio. Creo que sus comentarios han sido de gran aporte para entender cómo abordar verdaderamente un ámbito tan escabroso, tan polémico y de un aspecto tan flamante para las nuevas generaciones y para las antiguas generaciones. Para la atemporalidad de tratar el tema del fascismo. Pero usted lo ha aterrizado de una forma increíble en el ámbito historiográfico, que me parece que es el camino para estudiar no solo el fascismo italiano, sino el nacionalsocialismo alemán y todas las corrientes llamadas tercerposicionistas, nacidas del clamor heroico de unas juventudes hartas de las mismas esquematizaciones horizontales que han nacido.
Y hoy parece que ese mismo clamor heroico se alza, y ahora no solamente contra la horizontalidad ideológica de las derechas y las izquierdas, sino también contra el alzamiento de un mundo cada vez más técnico, de un mundo cada vez más avanzado en la tecnología que parece amenazar las facetas humanas del hombre. Y sé que más adelante tendremos conversaciones mucho más interesantes y más profundas para poder excavar todas estas temáticas tan importantes. Reitero nuevamente mi agradecimiento por aceptar esta entrevista y que este sea el inicio de futuros diálogos más fructíferos.

