Colombeia, n.º 3
Presentación del tercer número de la revista Colombeia
Si acudimos nosotros a la revelación divina, a las enseñanzas bíblicas, encontraremos al Oriente como el origen de la humanidad. Dios plantó el Edén en el Oriente, siendo Dios Todopoderoso el primero de los agricultores. Y escogió el Señor, nuestro Rey, nacer en un pesebre en Belén, en Orien. James Henry Breasted, en The Conquest of Civilization, sugería que el lugar más importante de los hombres del Occidente asiático, que en nuestra perspectiva como hombres del Occidente, del Atlántico, es todavía Oriente, es la zona fronteriza entre montañas, al norte, y el desierto de las llanuras meridionales.
Esta zona fronteriza, decía el historiador, es una franja cultivable en el desierto que ha terminado por denominarse el Creciente fértil o la cuna de la civilización. Esta región se encuentra en la esquina sureste del Mediterráneo, el centro al norte de Arabia y el extremo oriental en el extremo norte del Golfo Pérsico. Aquí vemos nacer a las civilizaciones como la sumeria, la asiria, la babilonia, la pérsica, la egipcia y un amplio grupo de sociedades y grupos humanos.
La primera piedra de la obra The Story of Civilization, del historiador Will Durant, está dedicada al Oriente, a nuestro legado oriental. Como inciso al origen de la civilización occidental, a la Europa de nuestros ancestros y la América de nuestros padres, afirma Durant que nuestra historia comienza en el Oriente no porque haya sido este escenario de las civilizaciones más antiguas, sino porque estas civilizaciones constituyeron el trasfondo y la base morfológica, cultural y espiritual del mundo grecorromano.
Contra ciertos prejuicios historiográficos, dice Oswald Spengler, en La decadencia de Occidente, que todo lo que la antigüedad creó de grande, nació por la negación de un límite continental entre Roma y Chipre, Bizancio y Alejandría. Lo que llamamos cultura europea, que bien podríamos denominar cultura occidental, dice Spengler, «prodújose entre el Vístula, el Adriático y el Guadalviquir». También agrega Spengler que todas las culturas, con excepción de la egipcia, mexicana y china, han crecido bajo la tutela de las impresiones que recibieron de otras culturas más viejas.
Todavía nosotros, con nuestra raigambre ibérica, podemos incluirnos en esta lista de grupos humanos que imitan a otros. Tenemos incluso, en nuestra conformación histórico-moral, rasgos orientales que, a partir de la ocupación musulmana de la península, pasaron a nuestra vida cultural, sin que eso implique que tengamos que incluirnos entre los grupos orientales a partir de la sobreestimación del impacto árabe e islámico, tal como advierte Stanley G. Payne respecto a la visión idealizada de la orientalización de la península. Este número pretende servir como puente entre América, rama de la civilización occidental, y el Oriente, que abarca un sinfín de civilizaciones y grupos humanos de distintas vertientes.
Aquí trabajaremos sobre impresiones, influencias, relaciones entre hemisferios, incluso interacciones de naturaleza geopolítica. No nos limitaremos a tópicos culturales o históricos, de manera que podamos ofrecer al lector uno de los números más ambiciosos de nuestra joven revista. América y el mundo oriental, un microcosmos civilizatorio relativamente joven frente a uno milenario, mantienen relaciones que vale la pena reseñar con literatura curada y aportes inéditos de los colaboradores que acostumbran a poner una piedra sobre el edificio que es Colombeia.






A leer todos el nuevo todos el nuevo número de Colombeia.