La caudillocracia, si empleamos el rótulo acuñado por Laureano Vallenilla Lanz en Disgregación e integración, es la forma que nos ha sido legada tras las revoluciones políticas del siglo XIX, tanto por la necesidad de cubrir el vacío del poder regio, como por la conformación social de nuestros pueblos, y la legitimidad carismática, por citar a Weber, de los hombres que fungían como caudillos movilizadores de masas. La historia de la América Española, en todo el tortuoso siglo XIX, está marcada por la figura del caudillo. Es el eterno debate entre la República civil y la República de las armas, entre el dictador comisario y el dictador soberano, entre el gran caudillo y el pequeño caudillo atomizador, disgregador. Coincidamos en que hay muchas formas de caudillismo, en cuanto a las formas y los resultados; sin dejar atrás los fundamentos de gobierno de los proyectos de caudillismo concretos. El personalismo político sigue siendo la norma en América, aunque los partidos, y sobre todo los caudillismos de partido, se resistan a su declive.
El siglo XXI, tras varios proyectos fallidos de estabilidad política republicana en el siglo pasado, todavía parece estar marcado por el fantasma de los caudillos, máxime si consideramos los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela como reflejos de neocaudillismo y, por otro lado, los casos de países como El Salvador donde el proyecto político de Bukele se expresa a través de sus resultados y de las formas plebiscitarias de gobierno, al margen de la política tradicional de partidos y del objetivo histórico de las élites de construir democracias homologadas de mercado, las que suelen llamarse «liberales».
Resta preguntarnos si el futuro que queremos como habitantes de esta civilización, la hispánica o ibérica, se fraguará por obra de los caudillos y a dónde nos llevarán estos caudillismos, si a modelos que nos brinden más libertad, que edifiquen instituciones, y repúblicas sólidas, o a la desintegración a través de repúblicas aéreas y consulares, por recordar la expresión de Carlos Rangel. El caos geopolítico del siglo XXI abre la puerta a nuevas formas de concebir la política, y lo vemos en la trágica evolución de Norteamérica, donde un populismo jacksoniano, MAGA, erosiona las instituciones históricas de los Estados Unidos de América, su modelo de república constitucional, la tradición del Government. Cabe preguntarse: ¿la incertidumbre política nos dirige con urgencia a los liderazgos fuertes, enérgicos y carismáticos? O quizás, ¿la ignorancia de una masa que se identifica con un líder nos lleva por un desfiladero por donde caen las naciones en decadencia?
Vallenilla Lanz tenía razón al afirmar que tenía fe absoluta en que, bajo el caudillismo, estaba la sociedad venezolana trabajando por alejarse de él. Un hombre con su formación, y su vocación de construir un país mejor, entendía que para construir una verdadera república, sin mímicas ni extranjerismos, tenía que unificar al país entero hasta que un día, ese liderazgo despótico y centralizador, fuese innecesario. Hoy el liberalismo, con el que se experimentó hasta el hartazgo en sus variantes galicanas y anglosajonas, es un sinsentido en la realidad política hispanoamericana y un posliberalismo, que tiene un cuño caudillista, está en alza.
Este número, con la diversidad de opinión de sus colaboradores, ofrece respuestas o al menos contribuciones honestas a la cuestión, porque todavía los acontecimientos están en curso y los tiempos han de manifestarse. Para suplir la lectura de estos ricos ensayos, el Consejo editorial también ha emprendido la tarea de recopilar materiales de nuestro archivo para abarcar el debate sobre la caudillocracia y los caudillos con mayor atención.





Muchas gracias por su aporte.
Me enorgullece decir que este es el primer número de Colombeia con una aportación mía. Espero les guste tanto mi artículo como el número entero.