El ideario venezolanista de Mario Briceño-Iragorry
Venezolanismo, Tradición e Historia.
El nacionalismo es, en cambio, la fuerza que empuja y defiende la vida de los pueblos. La práctica del nacionalismo es como la práctica de la higiene. De nada vale la buena doctrina de los ideólogos y de los teorizantes si no se acopla con voluntades enérgicas que tengan y pongan los medios de hacer efectivos los principios1.
El concepto vivo del nacionalismo
Dentro del vasto universo de los grandes pensadores venezolanos, ocupa sitio de honor el trujillano Mario Briceño-Iragorry, el caballero de la nacionalidad, jinete incansable que continúa —como tantos otros ilustres predecesores— el espíritu combativo y defensor del Caballo de Ledesma, cabalgando hacia las puertas magnánimas de las grandes virtudes del pueblo venezolano. Un pueblo que, como él mismo afirmaba, está «lleno de excelentes aptitudes» y que, al igual que las demás repúblicas independientes, hijas del mismo Acero Caraqueño, sólo anhela «una generosa dirección» que lo encauce hacia su destino histórico2.
Mario Briceño-Iragorry es, sin duda, una de las más altas y excelsas figuras del nacionalismo venezolano. En su pensamiento se condensa el entendimiento profundo e integrador de nuestros procesos identitarios, aquellos que dieron forma, volumen y espíritu a la nacionalidad venezolana. Siempre atento y angustiado ante las grandes interrogantes del ser colectivo, supo advertir —con claridad de profeta y lucidez de maestro— lo que él mismo denominó la «crisis de pueblo»: una fractura moral y cultural que, con alarmante ritmo cíclico, ha amenazado la continuidad histórica del alma nacional. Como buen nacionalista, la identificó y denunció desde el destierro, durante su exilio en España, cuando la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez intentaba dirigir los destinos del país bajo el lema del llamado Nuevo Ideal Nacional, en el que Briceño vio más forma que fondo, más fachada que conciencia.
En el alma ensayística y reflexiva de Mario Briceño-Iragorry, conceptos como Historia, Tradición y Patria no aparecen como meras abstracciones, sino que actúan como columnas esenciales de su pensamiento, elementos vivos que sustentan su búsqueda por comprender la sustancia primigenia de la venezolanidad. Su apuesta constante fue por el desarrollo orgánico del sentido patrio, concebido como estandarte de nuestros procesos creativos, como fuerza interior que enaltece al pueblo y lo convierte en verdadero agente histórico. Frente a los desafíos foráneos —esos imperialismos que se presentan con dientes afilados, dispuestos a desgarrar identidades débiles—, Briceño reivindica la calidad moral y cultural del venezolano como núcleo de resistencia y dignidad. El nacionalismo que él propone, enraizado en un bolivarianismo auténtico y libre de imposturas, constituye el pilar fundamental para afirmar a Venezuela como nación soberana, firme y consciente de sí misma, capaz de hablar con voz propia en el concierto de las naciones.
El nacionalismo, dentro del pensamiento del insigne trujillano, es un movimiento que congrega los principios de la integración y la unidad, una fuerza cohesionadora y profundamente venezolanizada, es decir, adaptada a nuestra esencia patria y a las realidades históricas del país. No se trata de una ideología rígida ni excluyente, es más una actitud creadora que busca, de manera permanente, el equilibrio entre las fuerzas que orientan al pueblo y la vigilancia sobre los intereses que controlan la riqueza nacional, para que esta no sea secuestrada por minorías, sino puesta al servicio del bienestar colectivo.
El nacionalismo, como movimiento integrador, sabe que solamente bajo un régimen de unidad de voluntades puede realizarse la eficaz defensa de los contornos nacionales de la Patria. Por ello, sus planes de lucha miran a la manera del estar político del país y a la manera de ser el país en el orden de la política internacional3.
Lejos de constituir un chauvinismo agresivo, excluyente o virulento, la concepción del nacionalismo en Briceño-Iragorry se manifiesta como una postura defensiva y consciente ante los riesgos foráneos, una afirmación de la identidad nacional frente a las fuerzas disgregadoras de la modernidad impersonal. Su nacionalismo no niega la cooperación entre los pueblos, sino que la fundamenta en la autenticidad: en «el tono, el signo, la voz que nos da valor existencial en el orden del mundo». Es decir, en aquello que nos distingue y nos otorga un lugar propio —digno y fecundo— dentro del concierto universal de las naciones.4.
Don Mario edifica su pensamiento bajo la convicción de que el verdadero nacionalismo no se opone a la pluralidad ecuménica ni a los valores universalistas; por el contrario, los presupone y los potencia. El nacionalismo, tal como lo entendía, no es cerrazón ni exclusión, sino una fuerza que agrupa, define y ordena los valores e intereses de un pueblo para proyectarlos con dignidad en la esfera universal. Lo concebía como un «tránsito fecundo hacia la posibilidad de realizar lo universal», donde la conciencia nacional se convierte en punto de partida —y no de clausura— para el diálogo entre culturas. Este fortalecimiento identitario, lejos de aislar, protege al pueblo de influencias espurias y deformantes que, al no enraizarse en la tradición propia, corrompen en lugar de fecundar.
La fuerza y la conciencia de los pueblos no medran y crecen si no se las defiende de lo espúreo y corruptor que pueda venirles de otros sitios5.
Briceño-Iragorry insistía en que la «venezolanidad» implicaba un «rango histórico de calidad irrenunciable», no sólo una identidad endeble, superficial, decorativa regional. Le preocupaba profundamente que nuestra Venezuela estuviera perdiendo su «fisonomía de la nación» debido a la imprudente adopción de modas y símbolos importados del mercantilismo angloamericano, y que la riqueza petrolera se utilizara para «bajos instintos orgiásticos» en lugar de asegurar la permanencia fecunda de lo auténticamente venezolano. Para él, la esencia de la venezolanidad residía en la capacidad de reconocerse en sus atributos esenciales y en las modificaciones que recibían, haciendo de la pedagogía cívica una misión para definir la «esencialidad colectiva de la Nación».
Como yo he juzgado que los venezolanos desean la continua vigencia de la Patria en el orden de los tiempos futuros, he abogado fervorosamente por la necesidad de defender las líneas determinantes de nuestra tradición, es decir, los valores sutiles, impoderables que dan fisonomía diferencial a la Nación6.
El Libertador Simón Bolívar era para Briceño-Iragorry la suprema encarnación de Venezuela y la América, y mancillar su memoria equivalía —y equivale— a mancillar la Patria venezolana y la gran Patria americana. La lealtad a Bolívar debía estar al servicio de su ideario creativo y sus energías constructivas. Y denuncia con vehemencia el fariseísmo bolivariano7, una actitud que utiliza el nombre del Libertador para legitimar vergonzosos intereses y antinacionales. Observó cómo las Sociedades Bolivarianas oficiales, supuestamente guardianas de su legado, desvirtuaban su figura para justificar la sumisión a intereses extranjeros, transformando a Bolívar en una figura decorativa o un gran muerto cuya gloria era, penosamente, administrada a sus antojos.
Bolívar es, en realidad, Venezuela. Bolívar es América. Mancillar la memoria de Bolívar es tanto como mancillar nuestra patria nacional y nuestra gran patria americana. Nuestra lealtad de patriotas ha de estar al servicio del pensamiento creador de Bolívar. Nuestro esfuerzo como hombres de América debe encaminarse a todo lo que diga exaltación de los valores bolivarianos8.
Briceño-Iragorry destacó que Bolívar, en su visión genuina, buscó fortalecer la unidad de las antiguas colonias españolas y lograr la independencia total de las Antillas, excluyendo explícitamente a Estados Unidos de su invitación original al Congreso de Panamá, previendo las trampas disgregadoras de Washington. Para el Genio, la política exterior venezolana debía ser una poderosa resistencia contra los intentos actuales del imperialismo norteamericano9, no una simplona negación de los pactos regionales hispanoamericanos que pudieran molestar al Departamento de Estado.
Criticó la política entreguista, ratera, que sometía los intereses de los pueblos hispanoamericanos al imperialismo norteamericano, calificándola como una forma de nuevo colonialismo, más degradante por ponernos bajo bota extraña10. Relacionó esta entrega con la tendencia a la sajonización11, donde los pitiyanquis —como llamaba a los compatriotas que servían patéticamente a intereses norteamericanos— sacrificaban los valores nacionales por la comodidad y el lucro vanidosos, creando un Bolívar deformado al servicio de ideas contrarias a la independencia nacional.
Pero ocurre que la esclerosis histórica de ciertas tesis del bolivarianismo ha terminado por hacer de Bolívar un logos infecundo y carente, en consecuencia, de toda posibilidad de concretarse, de encarnarse en la realidad presente. Bolívar ha dejado de ser una fuerza caminadora para convertirse en simple figura decorativa12.
En cuanto a la soberanía nacional, podemos enlistar una serie de cuadros vinculados entre sí, mostrándonos ampliamente las ideas de don Mario sobre las fortalezas de la Patria del Caribe:
En cuanto a la soberanía económica, denunció la dependencia de Venezuela de la explotación minera, especialmente del petróleo y el hierro, que beneficiaba a intereses imperialistas y extranjeros. Abogó por la nacionalización de los recursos y el desarrollo de una industria y agricultura nacionales que garantizaran el autoabastecimiento. La importación masiva de productos básicos, incluso alimentos, le parecía una vergüenza que convertía a Venezuela en una factoría más que una república soberana.
Ante esta dolorosa realidad, nuestro deber nacional obliga a buscar fórmulas que mejoren y vigilen con más éxito la participación del país en los beneficios petroleros13.
En la soberanía cultural, insistió en la necesidad de proteger la cultura autóctona de la influencia foránea, rechazando la expansión del imperialismo intelectual y promoviendo el pensamiento y la literatura venezolanos. La conquista de nuestra emancipación venezolana era tan crucial como la autonomía económica.
No se trata simplemente de hechos materiales, como el aprovechamiento de la riqueza, o de hechos con sustancia artística, como las manifestaciones folklóricas, sino de valores más sutiles e inaprehensibles, como el modo de cantar, de orar o de soñar cada pueblo. Junto con la autonomía de la riqueza, necesitamos, también, la autonomía de nuestro propio modo de ser14.
La idea de la unidad política y moral apresuró a creación de una conciencia de unidad nacional que trascendiera los intereses partidistas y egoístas. Señaló Briceño-Iragorry que la división entre fuerzas democráticas era un factor de perversa eficacia para la postración del país. La traición de los mejores –las élites intelectuales y económicas que comprometían la dignidad nacional por beneficio personal– era una causa fundamental de la crisis. Por ello, propuso un mea culpa colectivo y una autoexaminación sincera para rectificar los errores y fortalecer la "fibra moral" de la nación.
Urge que la Venezuela lejana y escondida tenga presencia de realidad creadora tanto en el orden de la política interna como en el orden de la política internacional. Urge, también, recordar que, para mantenerla en la postración presente, han sido factores de funesta eficacia la división de sus fuerzas democráticas y la propia anarquía de una juventud cuyas manos bien pudieran tomar hoy la bandera de la unidad llamada a salvar el destino de la República15.
Y la educación dignificadora, en la que criticó la debilidad de la educación en Venezuela, especialmente la universitaria, que, a su parecer, se estaba desvirtuando y politizando para servir al régimen y no para formar ciudadanos con una vocación de resistencia al mal poder. La universidad debía ser un espacio de libertad de pensamiento y de formación de una conciencia cívica sólida, capaz de discernir y oponerse a la arbitrariedad y al despotismo.
Cuando más se necesita discutir el problema de la política, llamada a ser en la Universidad como la etapa superior de la educación cívica suministrada en la escuela primaria, entonces se erige el silencio como método didáctico. La Universidad y el liceo están obligados, por lo contrario, a propender a que los jóvenes aprendan a hablar de política. En el orden de la Cultura, la Política es el puente por donde la Sociología pasa a ser Historia. En general, los gobiernos deberían crear un clima de confianza y de seguridad que diese a los debates estudiantiles un mero aspecto circunstancial en la vida de la sociedad. Antes de llegar a los sistemas de silencio y de la amenaza, bien podrían las autoridades darse cuenta de que no son los estudiantes por sí quienes provocan las posibles alteraciones del orden, sino el sistema que oprime la conciencia general de los hombres16.
Comentarios sobre la Tradición
Los largos años que han moldeado el alma del venezolano —y no han sido pocos quienes se han dedicado a estudiarla— también nos han legado voces casi remotas e imperceptibles, que advierten sobre las posibilidades de engrandecer la patria y de evitar su penoso achicamiento moral, espiritual y geográfico. Para muchos, la palabra Patria no pasa de ser un concepto resonante, grandilocuente, propio de la discursiva hueca de ciertos fariseos; pero, en verdad, encierra un mandato divino, una protección sagrada sobre todo lo que somos como pueblo. Por ejemplo, no puedo permanecer indiferente ante lo que pensaba el Padre Libertador, cuando exclamaba: «Venezuela es el ídolo de mi corazón», o cuando declaraba: «Yo nada deseo en el mundo tanto como hacer a Venezuela todo el bien que dependa de mis facultades», porque, como dijo sin ambages, «ninguno ama a Venezuela más que yo»17. Esa pasión venezolanista es la que me impulsa —y con seguridad también a muchos colegas y hermanos de nacionalidad—, porque el amor, al fin y al cabo, es una fuente inagotable de energía para la arquitectura viva de esta gran obra venezolanista.
Nuestra venezolanidad —como ocurre con todas las tradiciones nacionales de Hispanoamérica— se edifica sobre la Tradición: un concepto precioso que, para desgracia de ciertos pesimistas y de los progresistas frenéticos, no es sinónimo de estancamiento, inmovilidad ni de esa mugre detenida que algunos desearían sepultar, sino todo lo contrario: es «comunicación, movimiento, discurso»18.
Cuando Mario Briceño-Iragorry concibe el tiempo histórico como un proceso continuo y no como una simple sucesión de hechos aislados, declara: «Yo veo en el pasado un proceso, cuya actual expresión es el presente», con lo cual afirma que el presente no puede entenderse sin la conciencia de su consiguiente raíz histórica. Propone, evidentemente, una definición de la Historia como una «relación anterior de una vida que muda», es decir, un testimonio del devenir humano en constante traslado convertidor, pero donde la mudanza no anula necesariamente la continuidad orgánica. El cambio no es ruptura: es evolución estrechada a un origen.
«Sin el conocimiento de lo anterior y sin el mantenimiento de los valores que va construyendo lentamente la cultura de cada sociedad, no existe el pueblo como entidad histórica». Esta es una defensa clara de la memoria histórica y de los valores culturales como elementos constitutivos de la existencia misma del pueblo. El pueblo, en este marco, no es solo una masa humana ni una agregación territorial, es una comunidad con conciencia de sí misma, sustentada en su tradición y en su experiencia acumulada como nación.
Por esa misma razón, se destaca el hecho cuando Briceño-Iragorry conmemora solemnemente el 8 de septiembre de 1777, como día de júbilo, pues nace lo que él llama la “Gran Patria venezolana”. Esa celebración viene dada por la misma raíz de sus argumentos sobre la conciencia del pueblo y de sus ramas creadoras, porque a partir de aquella fecha ya no se era hijo de tal o cual región, no. «Se es hijo de Venezuela. Se es ante todo y sobre todo venezolano»19. Se está reivindicando el pasado, la sustancia pretérita, no como mineral expositivo, sino como una energía formativa; la historia no como archivo bañado de polvo y descuido, sino como vitalidad orgánica que da identidad asentada al presente divagador y sentido de permanencia al pueblo errante.
Esas consideraciones atraviesan la relevancia de la Tradición como dimensión creadora, formadora, orientadora. La Tradición se constituye como «savia que sirve de nutrimento a la existencia de las naciones»20. El depósito de la acumulación de los signos históricos de Venezuela, esos ayeres aparentemente decorativos, realmente, son el germen del porvenir patriótico. El progreso se alimenta, pues, de esos supuestos lastres, como lo califican los detractores de las fuentes históricas.
Y con los ejemplos dados, es natural que el valor ejemplar del ayer sea enfatizado, incluso en sus errores: «Del ejemplo, pleno o deficiente, de ayer, viene la lección fructífera para la hora presente». Con esta afirmación se subraya que tanto los aciertos como los fracasos del pasado tienen una función pedagógica: enseñan, orientan, previenen. La historia, entonces, se convierte en maestra —no por su solemnidad, sino por esa utilidad vital ya mencionada.
Se percibe una concepción sagrada del legado: «Por la tradición hablan los muertos que no quieren morir, los muertos que aún mandan»; los antepasados no sufren el mutismo de la longevidad, se transforman en lenguaje permanente a través de la tradición, se imprimen en los valores, las costumbres, la memoria y los símbolos que siguen dando sentido a la comunidad. No están muertos del todo porque aún mandan, es decir, aún ejercen influencia, autoridad moral, presencia viva. «Pueblo que no aspira a perpetuar sus signos a través de las generaciones futuras, es pueblo aun sin densidad histórica o colectividad ya en decadencia»21.
Defender la tradición como dimensión creadora, no es negar el progreso. Es acondicionar éste a la permanencia de lo esencial y fisonómico nuestro. Creo que no se tendría por cuerdo al propietario que intentase introducir un fastuoso automóvil a través de la modesta puerta de su habitación. Primero ha de acondicionar la entrada, para que ni sufra la vivienda ni se dañe el hermoso vehículo. Trasladado el caso al orden del progreso general, primero debe abroquelarse la conciencia histórica del pueblo que va a recibir el empuje progresivo de las nuevas formas de cultura22.
Como hemos visto, la tradición bien entendida, en contraste con su caricaturización como resistencia al progreso o nostalgia inmovilizante, es móvil frecuente en los planteamientos de Briceño-Iragorry. El autor desmiente una falsa dicotomía entre lo moderno y lo tradicional: «Jamás hemos pensado los defensores de la tradición que nuestro pueblo debe mantenerse fiel al viejo tinajero que surtió las casas de Miranda y de Bolívar»23. Con esta imagen concreta, irónica y doméstica —el tinajero— se desmonta el prejuicio de que el respeto por el pasado implica rechazo a los avances tecnológicos o sociales.
Y, muy al contrario, el fragmento reafirma la compatibilidad entre tradición y modernidad, siempre que esta última no anule el carácter nacional, pues «queremos [...] que en la casa de todo venezolano funcione una limpia nevera, cuya moderna e higiénica frialdad no entumezca la personalidad altiva, vigorosa, independiente del hombre». La nevera, tal vez, representa el símbolo de un progreso higiénico y técnico, deseado por los tradicionistas venezolanos, pero no a costa de la identidad moral y espiritual del ciudadano. No se teme al adelanto, se teme a la despersonalización que puede venir con un progreso desarraigado, perdiéndose los valores afirmativos de gentilicio.
Sentido y venezolanidad
Ya he asentado que ser venezolano no es ser alegre vendedor de hierro y de petróleo. Menos aún, ser comprador de cuantos automóviles perfecciona la industria de Detroit. Ser venezolano implica un rango histórico de calidad irrenunciable. ¿Cuál es ese rango? ¿Hacia dónde apunta la intencionalidad creadora de lo venezolano?24
El venezolano es, por esencia, un jinete valeroso: cabalga aún sobre el caballo de Ledesma y Bolívar. No se define por su efímera bonanza material ni por esas viscosas maneras de procurarse una reputación estrambótica —pues, como bien se ha dicho, «no es ser alegre vendedor de hierro o de petróleo»—, sino por ser parte viva de las pirámides gloriosas que conforman una infinita cadena heroica. Es, en efecto, «un legítimo y digno sucesor en el orden de la Historia, de los hombres audaces y valientes que hicieron la libertad republicana de un continente». La venezolanidad no es una categoría geográfica ni comercial: es una vocación histórica y moral, transmitida como herencia de los Libertadores y de los Educadores; somos hijos de Bolívar y Sucre, pero también de Bello y Rodríguez.
Nos enfrentamos hoy a hondos dilemas morales, entre los cuales destaca el amor a la Patria y a su Historia. La nación venezolana ha devenido, en estos tiempos adversos, en una suerte de saco de huesos que vaga de país en país, cargando consigo reputaciones lamentables, muchas veces fruto de la insipiencia y degradación de cierta calaña social importada. Sin embargo, entre esas masas dispersas afloran —como verdes pastos que resisten bajo el sol abrasador— espíritus nobles y geniales: jóvenes de gran sensibilidad, defensores firmes de la nacionalidad. Aman la Patria. Aman su Historia. Y se enlazan, con fervor y convicción, a lo dicho por Briceño Iragorry:
Para amar la Patria es preciso amar su Historia, y para amarla en su totalidad, es necesario conocer y amar su Historia total. Y como no son sólo los intereses presentes lo que une a los pueblos para la común acción constructiva, precisa buscar los valores antiguos que dan continuidad y homogeneidad al proceso social. Sin solera histórica, los pueblos carecerán de la fuerza mágica que hinche los espíritus nuevos y los empuja a realizar su humano destino25.
Briceño-Iragorry nos plantea la urgencia de «vivir y pensar en venezolano»26, es decir, de asumir una conciencia nacional genuina que no se reduzca al estado de accidente geográfico, que halle su traducción efectiva en una fuerza interior capaz de sostener la autonomía del pueblo y la soberanía de la nación venezolana.
«Ser nosotros mismos» se revela como una voluntad de autenticidad histórica y cultural, como condición indispensable no solo para satisfacer nuestras propias necesidades, sino para ejercer un papel activo y hasta generoso en el mundo: «poder ir al auxilio de los otros hombres que luchan por la dignidad y la justicia». Aquí se desmiente la falsa dicotomía entre nacionalismo y apertura: la afirmación de la identidad no excluye, abraza, con solidaridad, al otro.
Se nota también el esfuerzo de don Mario por desmontar prejuicios en torno a la exaltación patriótica, al afirmar que «exaltar la nacionalidad no implica posiciones recoletas en el concierto de los pueblos». No se trata de un aislamiento chauvinista, sino de una afirmación creadora, y esto ya lo hemos tratado por encima. Por ello, la nacionalidad es descrita como «vínculo fecundo que nos une para la creación social y no erizada frontera que aísla nuestra vida de pueblo». Esta imagen final condensa la idea central: la identidad nacional no debe ser una trinchera: sirve como puente fértil, una fuerza viva que arraiga al pueblo en su historia sin encerrarlo en sí mismo.
Nuestro pueblo tiene ansia de sentirse y realizarse en venezolano. Rechaza nuestro pueblo todo ordenamiento enderezado a aminorar la fuerza de su soberanía y a disminuir el tono de su independencia27.
Esa ansia venezolana deberá sobreponerse a las barreras que han levantado los llamados ángulos de este país antihistórico28, y habrá de reconciliarse, con urgencia, con su propia historia. Buscamos, como quería Briceño-Iragorry, «el sano y discreto venezolanismo» y su defensa «por medio de la exaltación de nuestros valores tradicionistas»29
Y los venezolanos tenemos entre manos una misión patria ineludible, una labor venezolanista que reclama continuidad y fervor renovado. En las páginas del ideario nacionalista de Briceño-Iragorry se encuentran, como piedras angulares de un templo aún por levantar, las piezas esenciales para edificar una plataforma doctrinal y espiritual de ese nacionalismo fecundo, útil e integrador; que no se agota en la retórica, sino que se ofrece como guía viva para la reconstrucción moral y cultural de la nación.
En el orden de las letras, de la moral, de la política, de la geografía, de la historia y de la economía, nuestra misión es dar formas permanentes a los valores de la venezolanidad30.
Poseemos la auténtica encomienda de un pueblo consciente de sí mismo, que es encarnar de manera duradera los valores de su identidad nacional en todos los ámbitos esenciales de la vida patriótica. Así, «en el orden de las letras», se espera una literatura que refleje el drama venezolano; «de la moral», una ética afincada en nuestras tradiciones; «de la política», instituciones que respondan al carácter, naturaleza y destino de esta Patria Caribe; «de la geografía», un conocimiento profundo del territorio como elemento formador de identidad; «de la historia y de la economía», una conciencia del pasado que oriente el porvenir y un modelo económico ajustado a las coyunturas nacionales. La exhortación a «dar formas permanentes a los valores de la venezolanidad» sugiere que no basta con sentir la Patria: es necesario organizarla, cultivarla y proyectarla en estructuras vivas que resistan el vendaval de los relojes y fortalezcan el ser colectivo: este cuerpo hecho de Resistentes, Conquistadores y Libertadores.
Justamente, Venezuela existe aún como República porque posee una potencia invencible que le ha permitido soportar las graves crisis suscitadas por el predominio irracional de la fuerza31.
Todas estas ideas, que giran como soles alrededor de nuestro sistema simbólico e histórico; todas estas fuerzas venezolanas de antaño que aún laten en el presente y se filtran por los poros de nuestra colectividad heroica; todas las energías forjadas a lo largo de décadas de impulsos creadores; todas estas influencias han marcado el compás de aquellas generaciones que han decidido alzarse con el blasón heroico de la nacionalidad venezolana. Y como diría don Mario Briceño Iragorry, montaremos el Caballo de Ledesma, con el acero de Bolívar en la mano y la necesidad de la Patria en el corazón, para trazar, con paso firme, los rumbos definitivos de una sociedad más heroica, más patriótica, más bolivariana, y, sobre todo, profundamente venezolanista.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 8, Ideario político social II (Pensamiento nacionalista y americanista), Caracas, 1990, p. 182.
Mario Briceño Iragorry, Ideario político, Caracas, 2008, pp. 92-93.
Ibid, p. 98.
Ibid, p. 68.
Ibid, p. 102.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 8, pp. 173-174.
Mario Briceño Iragorry, Ideario político, p. 145: «No pide el Libertador para su tumba y sus estatuas homenajes de coronas colocadas por quienes tienen las manos cargadas de pecados contra la República. Al fariseísmo de las honras palabreras e hipócritas, rendidas por los mismos hombres que colocan dioses extraños en los altares de la Patria y que traicionan la libertad y el decoro del pueblo, es preciso oponer una realidad creadora, que haga posible tanto la dignidad interna como la dignidad internacional del país».
Ibid, p. 144.
Ibid, p. 61.
Ibid, p. 38.
Ibid, nota al pie en la p. 162: «“Sajonizar” constituye hoy una actitud de entrega de nuestros valores nacionales».
Ibid, p. 145.
Ibid, p. 30.
Ibid, p. 123.
Ibid, p. 196.
Ibid, pp. 199-200.
Mensaje a todas las generaciones: Bolívar: Ideario y pensamiento político, Lima, s. e., 1983.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 8, p. 173.
Ibid, p. 150.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 7, Ideario político social I (Pensamiento nacionalista y americanista), Caracas, 1990, p. 181.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 8, p. 173.
Ibid, p. 174.
Ibid, p. 175.
Mario Briceño Iragorry, La historia como elemento creador de la cultura, Caracas, 1985, p. 335.
Ibid, p. 99.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 7, pp. 151-152.
Mario Briceño Iragorry, Ideario político, p. 101.
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 7, p. 169: «Creo haber escrito en alguna oportunidad que Venezuela, pese a su historia portentosa, resulta desde ciertos ángulos un pueblo antihistórico, por cuanto nuestra gente no ha logrado asimilar su propia historia en forma tal que pueda hablarse de vivencias nacionales, uniformes y creadoras, que nos ayuden en la obra de incorporar a nuestro acervo fundamental nuevos valores de cultura, cuyos contenidos y formas, por corresponder a grupos históricamente disímiles del nuestro, puedan adulterar nuestro genio nacional».
Mario Briceño Iragorry, Obras completas, vol. 8, p. 175.
Mario Briceño Iragorry, Ideario político, p. 108.
Ibid, p. 113.




Gran artículo.