El temblor y el altar
¿Por qué invocamos a Dios cuando ocurre un terremoto?

Durante un terremoto, el pánico es la única certeza posible. A diferencia de otros desastres naturales, cuya respuesta inmediata puede estar mejor planificada gracias a la capacidad de pronosticación, la imposibilidad del escape en medio de un sismo desata un miedo casi omnipresente, como si se nos obligase a caminar vendados sobre un campo minado.
De allí que esta sensación primitiva, anterior a cualquier tipo de razón, haya intentado explicarse por medio de los dioses antes que de la ciencia.
El historiador uruguayo-venezolano Rogelio Altez expone esta evolución histórica en torno a los movimientos sísmicos. Aristóteles, por ejemplo, los llamaba el «espantoso accidente de la tierra». Posteriormente, la tradición cristiana señalaría, a través de la Biblia, que los terremotos constituyen parte de las «señales antes del fin» advertidas por Cristo a los pecadores.
Los científicos franceses Emanuela Guidoboni y Jean-Paul Poirier hacen notar que «con los primeros cristianos y la noción de pecado, aparece la idea de que Dios envía los temblores de tierra para castigar a los hombres. Esta concepción atraviesa los siglos, como fuente de fe en oraciones, letanías y homilías, ya sean católicas, ortodoxas, protestantes o musulmanas».
Este giro interpretativo marcará el tono martirizante de la experiencia sísmica y su forma de registro —específicamente a través de las crónicas históricas, escritas en su mayoría por feligreses—, que constituyen buena parte de lo que sabemos sobre los terremotos hasta entrada la Ilustración.
El caso de Venezuela es demostrativo. En 1812, el país, que se encontraba en pleno proceso de independencia, sufrió lo que para entonces fue la mayor catástrofe de su historia. Cuenta Augusto Mijares que el 26 de marzo, a las cuatro y siete minutos de la tarde, «un terremoto arrasó casi la mitad del país, precisamente la que estaba en poder de los patriotas y era la más poblada. Las ciudades de Caracas, La Guaira, Maiquetía, Mérida y San Felipe quedaron enteramente destruidas». Según los datos de Rogelio Altez, casi un siete por ciento de la población venezolana pereció por el desastre.
Ante la destrucción, los enemigos de la Independencia aprovecharon la tragedia para presentarla como un castigo divino contra las provincias rebeldes. Alimentaban esa interpretación destacando que el sismo ocurrió en Jueves Santo y que las ciudades controladas por los españoles no habían sufrido daños.
Mientras tanto, sacerdotes realistas recorrían las ruinas exhortando a la población al arrepentimiento y a la obediencia al rey. A ellos se sumaban muchos criollos y laicos, algunos realmente aterrorizados, que mediante confesiones públicas y actos de penitencia reforzaban la idea de que Dios estaba castigando a Venezuela por su rebelión.
El más importante historiador de las religiones, Mircea Eliade, identifica esa manifestación de lo sagrado como una hierofanía, fenómeno que constituye el eje central de la experiencia de lo divino y otorga un sentido espiritual a la existencia.
En medio de la situación, se dice que Simón Bolívar, viendo la anarquía ocasionada, «subió a las ruinas del templo de San Jacinto, y proclamó: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”».
La veracidad de estas palabras es cuestionada por algunos historiadores, quienes sostienen que en realidad fueron una tergiversación propagada por José Domingo Díaz, un realista convencido, para dañar su reputación; sin embargo, terminaron consolidándose en el imaginario colectivo y elevaron la figura de Bolívar a la del héroe mitológico nacional. En otras palabras, sea cierta o no, la frase representa una victoria para la ilusión antropocentrista de nuestros tiempos.
No fue sino hasta inicios del siglo XIX cuando los científicos europeos abordaron una aproximación a los fenómenos sísmicos mediante algunos antecedentes de los conocimientos que hoy tenemos. En Venezuela, la sismología sería inaugurada por Adolfo Ernst, Arístides Rojas y Jesús Muñoz Tébar, a finales de ese siglo. Sin embargo, el desarrollo del conocimiento científico nunca desplazó por completo las interpretaciones religiosas del desastre.
Actualmente, es común observar a personas asumiendo los hechos del 24 de junio —al igual que ocurrió en 1812— como señales místicas para el acontecer venezolano, bien sea en un sentido punitivo o providencial.
Por ejemplo, comenzaron a viralizarse por internet videos de predicadores que presuntamente habrían anticipado el movimiento telúrico semanas, meses o incluso años antes de que ocurriera.
Otras comenzaron a comportarse como si lo ocurrido formara parte de un nuevo círculo infernal, más miserable incluso que el de los traidores, y como si, tras el tránsito por este pozo hadal, el país pudiera redimirse y dar inicio a un proceso de purgación política y social hacia la estabilidad y el bienestar.
También se difundieron publicaciones de líderes religiosos, creadores de contenido cristiano y otros usuarios que atribuyeron el sismo a un supuesto castigo divino contra los venezolanos por haber participado en los festejos de San Juan Bautista, una tradición arraigada en varias zonas del país y que tenía lugar el mismo 24 de junio, al igual que la conmemoración por la Batalla de Carabobo, la más importante de la Independencia venezolana.
Tal como lo mencionó Stefano Breventano en el siglo XVI, los terremotos «anuncian otros males por venir». Sus consecuencias van más allá de la destrucción material inmediata: tras ellos pueden sobrevenir persecuciones, guerras, rebeliones e incluso la «mutación del Estado», entre otros males. Pero ¿por qué invocamos a Dios cuando ocurre un terremoto?
Según Mircea Eliade, este regreso a lo religioso constituye un fenómeno ontológico profundo. El desastre natural rompe la ilusión de autosuficiencia propia de la existencia profana y obliga al hombre a buscar la realidad absoluta y la protección del único poder que considera capaz de dominar las fuerzas del Caos: lo sagrado.
En esas circunstancias, no recurre necesariamente a una divinidad «especializada» —entiéndase por tal aquella vinculada con una necesidad concreta de la vida humana, como la fecundidad, la agricultura o incluso el dinero—, sino a una divinidad suprema: un ser celeste y plural, como el cielo mismo. Esa búsqueda de protección y orden, descrita por Eliade en términos abstractos, aparece de manera mucho más concreta cuando se observa a quienes han sido afectados por el desastre.
Hace algunas noches fui a una vigilia en memoria de las víctimas del doblete sísmico que afectó Venezuela. Entre todos los rostros, recuerdo el de María Elena Jiménez: una anciana con un suéter blanco y una bandera en la mano. Era peruana–venezolana. Había perdido a su nieto en Playa Grande, La Guaira. Sostenía una vela y rezaba. Lloraba mientras rezaba con ardor. Los ojos le brillaban como fuego.


