
Ludwig Wittgenstein es una figura sin la cual no se entiende el camino que tomó la filosofía contemporánea. No solo escribió una obra que redefiniría los límites del lenguaje y de lo pensable —desde el rigor lógico del Tractatus hasta el aparente giro radical que tomó, años más tarde, en sus Investigaciones Filosóficas—, sino que su propia vida, atravesada de principio a fin por una exigencia moral que a ratos resultaba casi insoportable, constituye un testimonio mayor de lo que significa la filosofía.
Habría de morir en Cambridge en 1951 sin haber renunciado a esa exigencia de claridad, tanto en su hacer como en su actuar. Es un hombre al que resulta arriesgado catalogar bajo un único adjetivo: lógico, sí, pero también místico; analista implacable del lenguaje, pero también un espíritu atormentado por preguntas que su propio oficio parecía condenarlo a no poder responder.
Estas preguntas nunca las reveló públicamente sino hasta 1929, en la única conferencia formal que preparó y realizó. Ahí confesó algo que no calzaba con el rigor logicista que caracterizó su primer trabajo: para él, todo intento de hablar del bien absoluto termina, irremediablemente, en sinsentido.
Esa misma idea no es sino la reformulación moderna y wittgensteiniana de una intuición antiquísima: que el bien no se demuestra mediante argumentos, sino que se revela en la transparencia del actuar.
El filósofo austriaco hablaba con el mismo quehacer lógico con el que, años antes, había intentado reducir toda idea con sentido a los hechos empíricos. Fue precisamente ese mismo quehacer el que lo condujo hasta el límite de esa idea: el bien, si tiene algún valor, no es un hecho más entre los hechos del mundo. Por ello, el lenguaje que sirve para describir hechos se queda, ante él, corto sin remedio.
Durante el largo trecho de la historia del pensamiento entre los antiguos griegos y 1929 muchos, como Wittgenstein, no se preguntaban tanto qué es el bien sino qué hace falta para vivir acorde a él. Gran parte de ellos terminaron en coincidir en algo parecido: que es la acción la única capaz de mostrar el bien en su totalidad.
Entonces, si el bien no se dice sino que se muestra, no basta con vivir de cualquier manera. Hace falta alcanzar una condición particular, una suerte de nitidez que la mayoría de las existencias, atravesadas por la distracción y el interés propio, rara vez logran encontrar.
Es esa una de las preguntas que siempre atormentaron a Wittgenstein: ¿qué debe ocurrirle a un alma para que su vida, en efecto, muestre el bien? Como ya se señaló, no es una pregunta nueva. Platón fue uno de los primeros en hablar de eso, usando la palabra kátharsis
Aunque actualmente se asocia al teatro y a la psicología, la palabra nació enmarcada dentro de una doctrina sobre el alma. Nadie se hace bueno acumulando virtudes como quien atesora monedas. Uno se hace bueno, en cambio, despojándose de aquello que le impide mostrarse tal cual es, de la misma manera en que se limpia un cristal empañado para permitir que la luz vuelva a ser visible a través de él.
El filósofo griego lo narra así en el Fedón: el alma que se aparta del bullicio del cuerpo y se recoge en sí misma es la que, por fin, comienza a conocer. Plotino, como con todas sus ideas, lo llevaría más allá, al sostener que el alma jamás perdió su orientación hacia el bien; lo único que pierde, con los años y con los golpes de la existencia, es la transparencia entre lo que es y lo que hace. La virtud no añade nada nuevo a la sustancia del alma, sólo se limita a remover cuanto le impedía manifestarse conforme a su propia naturaleza.
Esta idea también resonaría en el filósofo vienés, siglos después, comparando la labor filosófica con la labor arquitectónica de eliminar los adornos falsos para revelar la verdadera estructura: «El trabajo en filosofía —como el trabajo en la arquitectura, en muchos aspectos— es realmente más un trabajo sobre uno mismo. Sobre la propia comprensión. Sobre cómo uno ve las cosas».
Después de esta purificación, lo que queda no puede ser una virtud aislada de la inteligencia, sino una sola claridad entre pensar bien y obrar bien. Así lo afirmó San José Gregorio Hernández —quien además de ser un excelso médico y profesor, también fue franciscano y filósofo— en su libro Elementos de filosofía: la conciencia moral no es sino la inteligencia misma en su grado más elevado, aplicada a discernir el bien del mal, la razón práctica.
Entonces, no existe una razón que piensa por un lado y una actitud virtuosa que obra por otro. Se trata de una sola facultad, ejercida con mayor o menor intensidad, razón por la cual un descalabro de orden moral puede arruinar toda una vida intelectual, y jamás al revés.
Si la inteligencia y la virtud son, en efecto, una sola facultad y no dos, entonces no puede bastar solamente una de ellas para alcanzar la genialidad. Esa es precisamente la confusión que se suele cometer: imaginar al genio como a alguien dotado de un talento extraordinario, aquel que consigue con facilidad lo que a otros les podría llevar media vida.
Fue el filósofo austríaco Otto Weininger quien, en su infame obra Sexo y carácter, negó esta identificación, argumentando que es posible poseer un talento científico o artístico descomunal y no ser, en ningún sentido del término, un genio. Para Weininger, la lógica y la ética constituyen, en el fondo, una y la misma cosa: el deber de no mentirse a sí mismo. El genio no es aquel que más sabe, sino aquel a quien le resulta sencillamente imposible saber una cosa y vivir otra distinta.
Esta idea puede parecer extrema, hasta que se examina con detenimiento. Mentirle a un tercero es, sin duda, una falta moral entre tantas otras; mentirse a uno mismo, persuadirse deliberadamente de aquello que, en el fondo, se sabe falso constituye, a su vez, un error de orden lógico y un colapso del carácter.
Nadie mejor que uno de sus amigos más cercanos, Emil Lucka, para describir esta faceta del polémico filósofo: «Weininger no era de los que predican moral y construyen teorías pero viven ajenos a ellas. Cada principio considerado por él como verdadero, cada postulado establecido, se lo imponía, ante todo, a sí mismo».
No es casual que su paisano Ludwig Wittgenstein, quien había leído a Weininger en su juventud y no dejaría jamás de volver sobre sus ideas, resumiera esta misma intuición en una línea de sus cuadernos privados: la medida del genio es el carácter. El talento no es sino la forma que ese carácter adopta cuando se ejerce en la música, en la ciencia, o en cualquier otro oficio del espíritu. Sin ese carácter, el talento se reduce a mera destreza.
Esto mismo lo describe, comentando a Kant, el santo de la Iglesia San José Gregorio. Distingue estas dos capas en toda persona: un carácter empírico —los impulsos que nos son dados de antemano, y que llega a llamar fatal— y un carácter inteligible, que es, en cambio, libre. El genio, desde esta lectura, no es quien nace dotado de mejores impulsos, sino quien logra vivir, con mayor constancia que el resto de los hombres, según el bien que indica su alma.
No es baladí el citar a un santo de la Iglesia, pues el mismo Wittgenstein siempre estuvo influenciado por el catolicismo —habiendo sido bautizado y enterrado como tal—, siendo algo que lo acompañó toda su vida. Así lo diría en una conversación íntima con su amigo Maurice Drury: «No puedo evitar ver cada problema desde un punto de vista religioso».
Y es que, para el propio Wittgenstein, el cristianismo nunca fue una teoría que hubiera que verificar científicamente, sino la descripción de algo que efectivamente sucede: la conciencia del pecado es un hecho real, y también lo son la desesperación y la salvación por la Fe. La Fe no se demuestra ni se refuta: se vive, según la Gracia, o no se vive.
La kátharsis de Platón y Plotino, y el carácter que describieron Weininger y Wittgenstein, tratan sobre la misma cosa, desde dos ángulos distintos. Un genio, entendido así, no es quien argumenta con destreza su propia bondad, ni quien acumula pruebas en favor de su virtud.
Es, más bien, aquel cuya existencia, contemplada en su totalidad, resulta transparente. Nunca tuvo que fabricar nada que no estuviese ya, desde el principio, inscrito en su manera propia de ser. No se purifica quien inventa una virtud nueva, sino quien permite que la que ya poseía deje, al fin, una huella coherente sobre el curso entero de su vida.
Para cerrar conviene regresar, en fin, a Wittgenstein. Es conocida una anécdota que recoge su biógrafo más famoso, Ray Monk, en la obra monumental sobre la vida del filósofo The Duty of Genius: cuenta él, en el primer capítulo de su obra, que un pequeño Wittgenstein de 10 años, un día se paró en el marco de una puerta y se hizo esta pregunta: ¿por qué uno debería decir la verdad, si a veces lo más conveniente es mentir?
Si bien no logró responder de forma satisfactoria a esa pregunta, es curioso ver cómo desde pequeño siempre tuvo una inclinación hacia preguntarse sobre el bien, y por qué uno debía actuar con virtud a pesar de que la situación no lo favoreciera. El alma siempre está inclinada hacia ciertas cosas, que se demuestran desde la niñez. ¿Por qué uno debe actuar con virtuosidad, aunque la situación no lo amerite? Porque así está en el alma. Debemos actuar mostrando la obra de la ley escrita en nuestros corazones.

