
Ávida polémica ha desatado entre mis colegas, para mi sorpresa, la fraternal inclinación de mi persona a la contribución literaria de don Francisco Herrera Luque, célebre novelista venezolano que ha adaptado al ritmo de las letras diversos hechos y sucesos históricos de nuestro país.
Herrera Luque posee un amplio repertorio de novelas históricas, como Los Viajeros de India, Los Amos del Valle o Boves El Urogallo. Son obras que contemplan la historia y les brinda un carácter más humano, más de carne y hueso. En su condición profesional de psiquiatra, sus personajes son elaborados a partir de sus interpretaciones y las aproximaciones que la Historia nos ofrece.
Pero, a decir verdad, para los historiadores y los académicos, diestros en el manejo preciso de las metodologías de la investigación empleadas al estudio del pasado, las novelas de Herrera Luque causan ciertas problemáticas en ciertos sectores de lectores, como la asunción acrítica de veracidades históricas equívocas, construidas durante sus paisajes, hechos y novela.
Sin embargo, a pesar de los argumentos expuestos por algunos compañeros sobre la necesidad de superar la novela histórica, mantengo una postura que la reivindica si esta cumple con algunas consideraciones esenciales. Habiendo leído un par de lecturas, he decidido motivar la polémica a la palestra benévola de exponer mis puntos de vista.
En la línea del ilustre Arturo Uslar Pietri, toda novela es, por definición, historia, independientemente de si su tema es el pasado remoto o la más inmediata contemporaneidad. La ficción no es un plato de oro, un adorno malsano, se trata de una «noticia del tiempo» que procura establecer el devenir humano, escalando en la superación del valor documental de los historiadores de profesión.
Es decir, el sentido de la obra de Herrera Luque es precisamente emplear los modos que la ficción ofrece para aprehender un tiempo y mantenerlo con vida en los términos de los días presentes. Y aunque Uslar parece advertir sobre la peligrosidad de mutilaciones y prejuicios que algunos historiadores imponen al pasado, reconoce que son los hallazgos del arte, de la ficción, los que expresan los caracteres civilizatorios. Herrera Luque cumple con ello.
Si nos adentramos al templo castellano de don Mario Briceño-Iragorry, ahí vamos a encontrar algunos mandamientos que resultan inseparables al entendimiento de la Historia. No la estudiamos —la Historia— desde el altar de los muertos, de los desaparecidos por el reloj implacable, la concebimos como lo que es, la de una pedagogía, una herramienta de formación al ciudadano venezolano.
Sin el pasado, decía Briceño-Iragorry, sin la conciencia pretérita de las cosas, la empresa del futuro se hace neblina confusa, ambigua. Las obras de Herrera Luque, yendo por esa vía, nos invitan a las antiguas comarcas de la memoria venezolana, actuando como un «dispositivo pedagógico nacionalista», porque emprende la búsqueda de la personalidad histórica y dar un armazón a nuestra identidad nacional.
Su influencia sobre la sociedad venezolana es honda porque ejecuta sobre el imaginario colectivo la llamada «historia fabulada» para democratizar ese conocimiento histórico extrayéndolo de los círculos académicos. Y el venezolano, más allá de los tomos gruesos de los grandes escritos, comienza a temer a Boves y admirar más a Bolívar, por las expresiones literarias que los incendian con mayor pasión y desmesura.
Sus personajes impresionan porque los inunda de ese concepto que él usa llamado «psicohistoria» —recordemos su profesión de psiquiatra— para analizar las taras mentales, sus angustias, sus conflictos, humanizando al grande hombre y al dragón del caos, despojándolos un rato de la brillantez de los bronces ubicados a lo largo y ancho de los parques nacionales.
Invoca al lector actores históricos que resultan ignorados en los historiadores por sus participaciones escasas, como los esclavos u otros individuos, haciéndolos convivir en cotidianidad con los grandes protagonistas, rastreando las voces dialogantes e imaginando a los escenarios notables como encuentros comunes, afincando la idea de traernos al mundo su autenticidad.
Ahora, considerando que sus novelas no pueden ser fuentes válidas de historiografía científica debido a su carácter ficcional y a menudo especulativo sobre los hechos reales, su valor reside en su función de pedagogía nacionalista alternativa. ¿Pero este hecho anula por completo la relevancia que causa en los espíritus que se sumergen en sus aventuras y se adhieren fielmente a los sucesos desarrollados con sus paisajes, sus personajes, sus emociones y sus visiones?
En cierta forma, Herrera Luque reacciona a la literatura que se denomina grandilocuente, la relacionada a la exaltación del Padre Libertador, a los grandes próceres de la Independencia. De alguna manera nos quiere mostrar la ferocidad de los caudillos o los arranques de ira y disconformidad de Bolívar, nos quiere acercar a un horizonte que algunos historiadores, por románticos o en exceso metodológicos, han olvidado y no supieron aterrizar para el ciudadano común.
Nuestra educación al recibirla en fragmentos, como si fuera un relato contado a cartas, muchas veces, desencadena una ignorancia contagiosa que anima a la omisión de aclaraciones fundamentales para comprender los hilos originarios de quiénes somos los venezolanos. Odian a Bolívar porque no se les ha enseñado, culpan fechas específicas creyendo que son el origen de algunos males actuales, desconocen de que la Historia es un «elemento creador de la cultura».
Al narrar desde la conquista hasta la modernidad, sus novelas ayudan a cumplir el mandato de Briceño-Iragorry de «desvelar a los vivos para que participen en la continuidad creadora del hacer histórico». Sus libros, convertidos en superventas, han generado debates que estimulan una conciencia histórica más sólida y crítica, permitiendo al ciudadano comprender su presente a través de la reevaluación del pasado, a pesar de su expresión literaria y no historiográfica.
Al fusionar la investigación rigurosa con la perspicacia psicológica, su obra se erige como una «defensa de la integridad nacional» frente a la pérdida de memoria histórica que Briceño-Iragorry tanto temía.
Tal como afirmaba Uslar Pietri, es en la recreación del arte donde se halla a menudo la verdad más profunda del hombre entero. Por lo tanto, la narrativa de Herrera Luque no solo es que entretiene, sino que coopera, «forma ciudadanos reflexivos», dotándolos de un canon social y espiritual que les permite reconocerse en su historia total y proyectarse con dignidad hacia el porvenir.
A diferencia de otros autores de la novela histórica venezolana —pensemos en la obra del mismo Uslar Pietri o Briceño-Iragorry—, aquí hallamos un esmero superior en la cadencia del relato y la plástica de las descripciones, así como un pulcro uso de los tiempos históricos. Un recorrido por títulos fundamentales como Las lanzas coloradas o Casa León y su tiempo deja ver de inmediato esa distinción estilística.
Sin embargo, la novela histórica de Herrera Luque, aunque se permiten licencias literarias e interpretaciones arbitrarias, cumple una estimable función social para el venezolano, lo acercan a su historia nacional y, con suerte, en combinación con una nueva y renovada pedagogía histórica, acercarlos a las fuentes y métodos más rigurosos, oficiales, para que su comprensión sobre Venezuela se eleve y madure, floreciendo agradablemente su inteligencia.
Escribió hace un tiempo un doctor de ciencia cognitiva que «la veracidad literal o empírica no es el punto fuerte», y es precisamente por esa asunción del cerebro, de cómo percibimos los hechos, que «preferimos una buena historia a una buena descripción de la realidad».
Resulta, pues, tan valioso apreciar la obra de Rafael María Baralt, Juan Vicente González o Eduardo Blanco como la de José Gil Fortoul, Caracciolo Parra-Pérez, Graciela Soriano de García Pelayo o Laureano Vallenilla Lanz; añadiendo allí, como una perla entre grietas, las interpretaciones literarias de Francisco Herrera Luque.
La novela histórica no busca la mera rigurosidad ni la ratificación de tesis académicas; busca, como la Venezuela heroica de Blanco, una explosión de sentimiento patriótico, un estímulo inabarcable, una melodía del alma nacional que se vincule de forma afable con nuestro sentido identitario y nos invite a la acción, al combate de la nacionalidad dinámica.
Tal vez Herrera Luque, en su medido bolivarianismo, leyó con atención aquello de «ser grande y ser útil», y lo aplicó con esmero a sus grandes ficciones históricas.

