La odisea por los libros venezolanos
Visita a la Gran Pulpería del Libro Venezolano.

Desde hace un tiempo, nuestra institución «Idearium Caribe» emprende una labor decisiva: la digitalización y publicación abierta de obras fundamentales del patrimonio intelectual venezolano, puestas al servicio público y gratuito de la colectividad.
En alianza con la «Sociedad venezolanista», en el último mes de julio, con la ayuda de algunos mecenas, entusiastas de la labor patriótica que realizamos, se llevó a cabo una visita fructífera a la «Gran Pulpería del Libro Venezolano».
Se trata de un conocido establecimiento situado en el medio de las zonas de Sabana Grande y Chacaíto, en la capital venezolana, en donde concurren estudiantes, académicos, historiadores y aficionados de la filosofía, la literatura y la cultura, en donde pueden aventurarse en una grata experiencia sobre el vasto mundo cultural de nuestra amada Venezuela.
Fue fundada el 24 de junio de 1983 por el señor Rafael Ramón Castellanos. A su muerte, su queridísimo y amable hijo, el señor Rómulo Castellanos, se ha hecho cargo del lugar junto a otros jóvenes colaboradores. Y es en esta perla de Caracas, en donde tiene lugar la aventura de nuestros amigos y colegas.
Alrededor de siete integrantes de nuestro equipo, entre ellos estudiantes universitarios, cursantes de variadas carreras, desde Matemáticas hasta Historia, realizaron una búsqueda exhaustiva de obras de valor altísimo para el patrimonio intelectual e historiográfico de la nación venezolana.
Durante dos jornadas, conocieron el peculiar local por dentro, desordenado debido a los desastres por el doble terremoto que sacudió a toda la zona el pasado 24 de junio, por lo que sus estanterías, especialmente la de Historia y la sección bolivariana, se hallaban algo colapsadas.
Más que una fría búsqueda de obras, nuestros colegas ayudaron durante días en la reorganización de aquellas zonas afectadas, ganándose el respeto del señor Rómulo, quien amablemente les obsequió algunos libros en recompensa por sus labores. ¿Pero qué se sintió estar allí, en medio de aquellas páginas que acumulan la historia de una patria entera y porciones culturales de nuestro mundo?
Sus crujientes pasillos, el aroma del libro arcaico, las obras consumidas por el paso del tiempo brindan una atmósfera que recuerdan a épocas que invocan otros días de tradición, en donde el libro físico constituía no sólo la herramienta del estudiante, sino la posibilidad más cercana para su experiencia reflexiva, inmerso en su mundo de aventuras.
Y es que el libro físico nos entrega una natural calidez a nuestro cuerpo y alma, y eso tiene una razón, como lo dice Irene Vallejo en su gran obra El infinito en un junco, porque «los libros son hijos de los árboles, que fueron el primer hogar de nuestra especie».
Sin embargo, los tiempos modernos corren y el libro se deteriora. Los costos editoriales resultan hoy inalcanzables para la mayoría y muchas obras, olvidadas por la falta de reimpresión, condenan al lector riguroso a las aguas inciertas de la piratería digital. Frente a esto, y guiados por la gratitud hacia nuestro país, nos proponemos acercar al venezolano a esa verdadera escuela de la vida activa que es la lectura histórica y cultural.
Aprovechamos las plataformas digitales para poner al alcance de un clic los espíritus más ilustres de Venezuela, sus ideas y sus aportes fundamentales. Aspiramos, bajo este propósito, a cultivar ciudadanos conscientes de su historia y del medio social en que se han formado; venezolanos capaces de comprender su entorno con hondura, expresarse con soltura en la realidad compleja del país y hacer florecer, con ello, una venezolanidad ejemplar.
Es esta la etapa decisiva en la que podemos afirmar con énfasis, tal como lo anhelaba el doctor Arturo Uslar Pietri, que «lo que necesitamos no es educar de acuerdo con esta o con aquella teoría, sino educar para Venezuela. Una educación hecha para una realidad histórica, social y económica. Una educación que sea camino y no laberinto. Una educación que nos acompañe y no que nos extravíe. Una educación para un ser real y no para un fantasma intelectual».
En cuanto al botín de la Gran Pulpería rescatamos el núcleo duro de la historiografía venezolana. En sus anaqueles fue posible dar con primeras ediciones indispensables de Augusto Mijares, como La luz y el espejo o La evolución política de Venezuela, y piezas clave de Caracciolo Parra Pérez, incluyendo sus dos tomos de Diálogos bizantinos y la memoria de su gestión como canciller.
La expedición también rindió frutos para el estudio de los orígenes de la República. Aquí destacan títulos como La Revolución Francesa y la Independencia de Venezuela de Juan Uslar Pietri y el análisis de Cristóbal L. Mendoza sobre Las relaciones entre Bolívar y Miranda. A estos se suma la valiosa serie de monografías del Instituto Panamericano, con textos fundamentales como la Insurrección de los negros de la Serranía de Coro de Pedro Manuel Arcaya y la Conjuración de 1808 de Ángel Francisco Brice.
Para diseccionar la metamorfosis del poder político y sus hombres claves, la cosecha fue igualmente generosa. Se sumaron la visión de Eleazar López Contreras sobre El presidente Cipriano Castro, la crónica del poder Tiempo de compadres de Salazar Martínez y la semblanza de Isaías Medina Angarita por J. Eduardo Guzmán. Una línea del tiempo en papel que abarca desde la hegemonía andina hasta los giros políticos de la modernidad venezolana.
La visita cerró con dos joyas de gran formato y valor cartográfico-emocional: los dos tomos de la primera edición de Caracas: Origen y trayectoria de una ciudad, de J.A. de Armas Chitty, flanqueados por la recopilación ensayística de Arturo Uslar Pietri en La palabra compartida. Un conjunto de volúmenes que pasan del estante polvoriento a nuestro archivo digital para quedar, finalmente, al servicio de todos los venezolanos.
De esta manera concluimos esta primera experiencia. Frente al tiempo venidero y las horas decisivas, nuestros colegas, desde Caracas y en distintas latitudes, continuaremos en la búsqueda constante de nuevas obras del patrimonio nacional. Lo hacemos guiados por la firme convicción en aquella máxima adrianista de que «la educación es el factor capital de las grandes transformaciones históricas».

