
Sabrán nuestros apreciados lectores excusar un poco la naturaleza metapolítica de esta breve disertación, pero es fundamental ir «más allá» de las coordenadas políticas de costumbre, de la política tradicional o del juego democrático. Partamos de una afirmación incendiaria: Venezuela es el más grande experimento-país del presente, donde la miseria y la crueldad se extienden por todos los rincones del mismo de parte de gobernantes y tutelados. Y aunque hay todo un fervor totalitario por parte del enemigo sombrío que tiene las riendas del país, no hay una máquina lo suficientemente totalitaria para un ejercicio omnipresente del poder. La solución del chavismo es el desgobierno, la anarquía; la gehena como medio de gobierno. La igualdad por inacción, por omisión, como en el infierno. El Caos absoluto. Por ejemplo, Dios en su perfección hizo que los ángeles se jerarquizaran por su naturaleza. A los hombres los hizo desiguales por naturaleza, para que cada uno desarrollase sus virtudes como prefiriese, para que unos mandasen sobre otros. La hueste del Diablo, sin embargo, es desigual en vicio y en pecado, mas no en virtud. En todo lo demás, son iguales; sí, como en las revoluciones. En el infierno todos son iguales, recordaba Nicolás Gómez Dávila.
Un queridísimo amigo mío, Rafael Valera, ahondaba, dentro de su cosmos audiovisual, en la crueldad que es inherente al chavismo como hueste al mando de los yermos venezolanos y, con ánimo similar, ahondamos nosotros aquí en cómo esa cratofilia, que bien podría estar travestida en transición, es un fiel reflejo del que, con voluntad propia y sin arrepentimiento, niega al que debe la vida. El ejercicio de la política es siempre analógico, aunque no valoremos la dimensión metapolítica y descartemos el metanálisis tildándolo de esotérico, de teológico, de fantasioso. Lo último, sin embargo, ya lo advertían las Escrituras: nosotros no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades. Cada gobernante, decía Juan de Salisbury, era avatar de algo: el rey, de Dios y el tirano, de Satanás.
No importan las transiciones, ni las tutelas, mientras la forma de gobierno esté impregnada en una oscuridad que odia a la patria misma. El infierno, como cosmópolis unida por el pecado desenfrenado, es una revolución espiritual, en el sentido de que rompe con el hilo de oro que nos une con el Todopoderoso. Ahora, la revolución política rompe el hilo de oro que nos une al Altar, a la Patria, a nuestras tradiciones, a nuestra vida ancestral. San Agustín visualiza dos ciudades, bien es cierto, y dice, comprendiendo la dimensión real del mensaje del Nazareno, que la Ciudad Eterna, el Reino, rompe con todas las instituciones y los potentados porque lo fundamental es la vida eterna, no la vida temporal, pero no por ello niega que el hombre, que busca perfeccionarse para alcanzar a Dios en la vida eterna, tenga que valerse de medios políticos. El infierno es, por el contrario, la destrucción de toda jerarquía, de toda tradición y de todo respeto por lo que es bello, justo y divino. Es una subversión constante. La teología política chavista lleva a cimentar la idea de una diablocracia.
Una mente lúcida como la de J. R. R. Tolkien comprendió esta relación primordial entre Bien y Mal, entre lo que quiere Dios y lo que quiere el diablo, o lo que quieren los hombres que, en su degeneración y salvajismo, le siguen. El Enemigo, que es el adversario de toda la Tierra Media, es adicto al poder y a conservarlo; es una suerte de alegoría a la rebelión, pero también al Estado y su obsesión con la industria, con el dominio, con el aglutinar a todos los hombres. Las reminiscencias espectrales de Chávez nos miran diligentemente, como el Ojo veía a todas las criaturas de la Tierra Media: «El Poder Oscuro, con el Ojo vuelto hacia adentro, sopesando las noticias de peligro e incertidumbre», mientras el ejercicio necropolítico sigue haciendo prescindible al venezolano, como ganado. En el archipiélago Venezuela los hombres mueren por armas del Estado, o por instrumentalización de los desastres naturales. Y los servidores del Mal incesantemente trabajan para hacer de la miseria la moneda de curso, como narra Gollum, que es una buena alegoría del estado de barbarie del venezolano: «¡Espectros con alas! Son los siervos del Tesoro. Lo ven todo, todo. ¡Nada puede ocultárseles!».
Por ello y más, la tutela es una realidad, pero un cambio político, que los incautos llaman, por ejemplo, transición, es un flatus vocis. El Ojo persiste en sus propósitos, aunque observe silenciosamente. Gobierna para que otros mueran y para que los espectros de la Revolución, esos que todavía siguen acechándonos, nos recuerden el origen blasfemo de toda esta desgracia. Queda un Estado nigromante, por tomar a préstamo la expresión de la profesora Troconis. El Ojo, o más bien los Ojos, nos mira mientras vivimos el espejismo de un progresismo repentino, de una modernización urgente que acabe con los males que sufren los venezolanos desde hace más de 20 años. Pero la verdad, porque solo nos importa la verdad, es que «el mal puede remedar, no crear: no seres verdaderos, con vida propia». El zombi venezolano no puede aspirar a más, mientras el nigromante mantenga el conjuro.
El país ranchificado parece aquella estepa industrial del Ojo, que fue introducida al mundo literario como metáfora de la modernidad, pero también como metáfora de los infiernos. Allí no hay nada que salvar, allí no crece nada. No hay vida, no hay esperanza. El gran barrio archipiélago de Caracas, que es lo poco que podemos ver del Valle, es lo que describen en el ficticio Isengard: «Él y esas gentes inmundas hacen estragos ahora, derribando árboles allá en la frontera, buenos árboles». Lo importante para el adversario es que la candela queme y carbonice todo vestigio de civilización porque, al final, si recordamos lo que dijo Belloc, el bárbaro no puede construir; puede destruir, pero no puede sostener nada. Para nuestro hermano mayor norteamericano, que parece resistirse a su decadencia civilizatoria, a su declive imperial, es ganancia mantener a los reyezuelos tribales, o dictadores consulares, para frenar lo que en todas las latitudes se percibe.
El problema es que los diablos, incluso cuando son por naturaleza ambiciosos, no producen porque, en el fondo, no hay nada que administrar; es Dios el único administrador de almas porque es el patriarca de la economía divina. El diablo no crea, no produce, es un falso agricultor de terrenos baldíos. A lo sumo, un ganadero de rebaño perdido. Ni con infinitas reservas petrolíferas podría acabar con la barbarie, porque es padre de la barbarie. De verdad que sí es el excremento del diablo, porque solamente los bárbaros han tenido acceso a sus frutos en detrimento de todo el país. La diablocracia es maldad política, mal instrumentalizado; y dicen los realistas, los positivistas, que es imposible ver a la política desde dimensiones morales, pero la verdad es que, en el fondo, siempre existe una dimensión moral que determina, de comienzo a fin, el libre accionar del político. Venezuela es el vivo ejemplo.

