¿Qué significa la República?
A propósito de las fiestas patrias y la respuesta ciudadana a la tragedia del 24 de junio del 2026

Este ensayo estaba en planes desde principios del mes pasado para publicarse en conmemoración de la fecha patria del 5 de julio; sin embargo, la tragedia surgida a raíz del doble terremoto que azotó al país el pasado 24 de junio constituye un evento de tal importancia que resulta inadmisible no hablar de ello. En lugar de desechar la idea original, se prefirió orientarla en un sentido acorde a los acontecimientos recientes y, por ende, dotarla de un nuevo significado.
La Historia1 no es un monolito de conocimientos de carácter anticuario, sino un campo abierto a nuevas significaciones según aquello que cada presente considera necesario aprehender de ella. Las sociedades no vuelven sobre su pasado únicamente para recordarlo, sino también para interrogarlo desde sus propias circunstancias, problemas y necesidades. Por ello, celebrar y conmemorar nuestra historia no debe reducirse a una práctica institucionalizada de rituales anuales según el feriado de determinadas fechas, sino traducirse en la posibilidad de reconocer en el pasado experiencias, principios y aprendizajes que continúan interpelando el presente. Este escrito, a propósito de la independencia venezolana, concierne más a la acción histórica realizada por el pueblo venezolano y a la demostración de su ser republicano.
En los manuales de historia y en la enseñanza pública suele afirmarse que, a partir del 5 de julio de 1811, dejamos de formar parte de la monarquía española para proceder a constituir una república. El gobierno surgido de la separación con España se autodenominaba republicano; asimismo, la República, el republicanismo y los lenguajes republicanos ocuparon un lugar central dentro del debate político de la época. No obstante, a pesar de la familiaridad del término dentro de nuestro vocabulario político nacional y contemporáneo, todavía persiste cierta confusión respecto a lo que verdaderamente significa una República y cuáles son los principios que le otorgan sentido más allá de su formalización en el discurso institucional.
De manera generalizada, en el habla cotidiana suele tomarse la República como sinónimo de Estado o, simplemente, como una forma de gobierno opuesta a la monarquía.2 Bajo esta comprensión, se asume que una entidad política es republicana únicamente por la manera en que se encuentran organizadas sus instituciones o por la existencia de determinados mecanismos políticos y jurídicos. Sin embargo, los estudios y debates sobre la tradición republicana han entendido históricamente el problema en términos más amplios y profundos.3
Estas preocupaciones sobre la República y los lenguajes republicanos constituyeron uno de los principales objetos de investigación del filósofo e historiador Luis Castro Leiva, quien dedicó buena parte de su obra a estudiar los fundamentos morales e intelectuales del republicanismo en Venezuela.45 Para Castro Leiva, la República no remite simplemente a los aspectos formales de las instituciones del Estado ni a la ausencia de una monarquía, sino a la finalidad misma que debe orientar la existencia del gobierno: el bien público, la cosa pública, la res publica entendida como aquello que pertenece y compromete a todos los ciudadanos.6
Una República no puede existir sin republicanos. Está compuesta por ciudadanos dotados de conciencia cívica, de un compromiso moral con la comunidad y de la disposición a situar la causa pública por encima de los intereses privados. Es por ello que la República, entendida como categoría moral y política, trasciende al propio Estado e incluso puede subsistir allí donde las instituciones no logran realizar plenamente sus principios. Antes que una forma de gobierno específica, constituye una orientación permanente hacia el autogobierno, la virtud cívica y el constante perfeccionamiento colectivo.
El primer momento republicano venezolano (1810-1811) significó el paso del antiguo vasallo al ciudadano activo. Suponiendo un proyecto que aspiraba por la participación en la vida pública y el compromiso con la causa común dentro de la dinámica política venezolana. La historiografía nacional ha ofrecido numerosas explicaciones sobre el fracaso de aquel primer proyecto republicano y las dificultades que enfrentó en su intento por constituir la República como principio regulador y finalidad del orden político.7 No obstante, la persistencia de ese ideal demuestra que la República nunca ha dependido exclusivamente de la estabilidad o permanencia de sus instituciones, sino también de la existencia de ciudadanos capaces de sostenerla en medio de la adversidad.
Esa continuidad de principios morales e intelectuales es uno de los rasgos que el historiador Augusto Mijares conceptualizó como la “tradición civilista”, entendida como la persistencia de una vocación republicana y civil dentro de la sociedad venezolana incluso en los momentos más críticos del siglo XIX, pese a la existencia del caudillismo político y el fenómeno constante de la guerra civil.8
En Venezuela es evidente que la clase gobernante dista mucho de ejercer la República como finalidad y principio orientador; sin embargo, el ciudadano venezolano ha demostrado (y es necesario que siga demostrando) conservar buena parte de las virtudes cívicas que hacen posible toda vida republicana. La respuesta colectiva ante la tragedia, la organización espontánea, la solidaridad y la disposición a atender la causa común constituyen manifestaciones concretas de ese compromiso ético con lo público. Todavía existe una reserva moral sobre la cual puede edificarse, en el futuro, la reconstitución de un gobierno orientado efectivamente hacia el bien común y hacia el constante trabajo de autoperfeccionamiento y regeneración que suponen las virtudes cívicas necesarias para la República.
Historia, en mayúscula, respecto a su significado como disciplina y saber de lo acontecido; véase Graciela Soriano de García-Pelayo, “Aproximación a la historia de la historiografía hispanoamericana de las formas políticas y razones para su estudio”, Politeia, n.º 30 (2003): pp 367-382.
Aclaramos que esta dificultad en la definición del concepto no debe interpretarse como una imprecisión de los autores; incluso en el momento más álgido de los lenguajes republicanos, no existía una única forma de entender la República. Esta imposibilidad de definir uniformemente los conceptos políticos condiciona y constituye todo debate político: es una característica inmanente de todo concepto político; véase Elías J. Palti, El tiempo de la política: El siglo XIX reconsiderado (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2007).
Resulta un tema interesante para futuras investigaciones con temática de historia conceptual explicar bajo qué condiciones se produjo el vaciamiento del concepto de República del significado y sentido del que estaba cargado entre los siglos XVIII y XIX.
Luis Castro Leiva introdujo a Venezuela la metodología de la historia del pensamiento político de la Universidad de Cambridge, cuyos principales exponentes fueron Quentin Skinner, John Pocock y John Dunn. Aplicando los aportes de Cambridge al análisis del proceso político-intelectual venezolano, Castro Leiva enfocó sus investigaciones en el estudio de los lenguajes y conceptos políticos.
Después de la muerte de Castro Leiva, los profesores Fernando Falcón y Carole Curiel Leal se han encargado de continuar los estudios sobre la República como concepto político y los lenguajes republicanos.
Luis Castro Leiva, Obras, vol. 2, Lenguajes republicanos, ed. Carole Leal Curiel (Caracas: Fundación Empresas Polar, 2009), pp. 116-117.
En función con las teorías y metodologías positivistas, Laureano Vallenilla Lanz ofrece la siguiente explicación sobre el fracaso del primer intento de establecer un gobierno republicano: “No pensaron, no vieron que al alterar el orden, al romper el misoneísmo colonial, al elevar a todos los hombres libres a la dignidad de ciudadanos, destruían la jerarquización social, fundamento de su preponderancia; y ante aquella desencadenada tempestad, unos lanzando un grito de arrepentimiento volvieron a reconocer la autoridad del Monarca, otros huyeron a refugiarse en tierras extrañas esperando el resultado final de la lucha, y los más valientes, los más convencidos, los más poseídos por el ideal de una Patria libre e independiente, dieron la cara a las montoneras delincuentes”. Cesarismo democrático: Estudio sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela, 3ra ed. (Caracas: Tipografía Garrido, 1952), pp. 123-124.
“Pero la verdad es que aún en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria. Aún en las épocas más funestas puede observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes. Figuras siniestras o grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia.” Augusto Mijares, Lo afirmativo venezolano (Caracas: Fundación Eugenio Mendoza, 1963), p. 12.



Gran artículo.