Reflexiones críticas sobre la juventud, el trabajo y la positividad
Por José Alfredo Paniagua.

La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva.1
Trabajar, trabajar, trabajar. Hasta el cansancio. Hasta la fatiga. Olvidar nuestras pasiones y los destinos superiores del espíritu; reducir la existencia a la mera repetición de un esfuerzo que ya no ennoblece, sino que adormece, cansa y vapulea la vitalidad del ser humano. Nos dejamos seducir por la comodidad, por la felicidad prefabricada y por la materialidad subyacente de la positividad contemporánea.
No hay voluntad auténtica en los procesos del pensamiento positivo, éste moldea al individuo para que no tolere el fracaso, para que lo niegue, lo oculte o lo transforme en culpa personal. Su práctica no es cultural y colectiva, más consiste en conseguir cosas a través del deseo, en convertir el deseo mismo en un deber irrenunciable. Como advierte Bárbara Ehrenreich, el estado de ánimo positivo es, en realidad, una construcción ideológica, un dispositivo de control que disfraza la obediencia de entusiasmo2.
He observado con pesimismo a la generación actual, sumergida en un sinfín de enfermedades mentales y atrapada en condiciones laborales que, lejos de fortalecer su carácter para el enfrentamiento natural de los desafíos de la vida, parecen más bien precipitarla hacia la fatiga. Muchos, aun gozando de una relativa estabilidad material, padecen más que aquellos que viven en condiciones más precarias. El signo que los distingue —aunque a veces recae en ambos extremos— es el del cansancio.
A juzgar por el tema, decidí volver la mirada hacia la obra más célebre del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, con el propósito de destejer algunos hilos que aún no he logrado articular en pieza alguna y de exponer, con mayor claridad, las deplorables condiciones que configuran nuestro estado social y psicológico contemporáneo. Acompañándome en esta labor, presentaré ideas sobre otros autores y obras que me parecen sumamente sugestivas para engrandecer el marco de referencia de mis reflexiones aquí reposadas.
I
El trabajo es esencial para la vida, eso está claro. Nuestras actividades laborales sostienen la existencia misma. Así lo establece la Sagrada Escritura: tras la expulsión de Adán del paraíso, Dios le ordena que ganará el pan con el sudor de su frente (Génesis 3:19). Si nos atenemos al desarrollo cosmogónico del cristianismo, esta sentencia se ha convertido en una constante de la historia humana: debemos trabajar.
Es cierto, sin embargo, que algunos han gozado de privilegios heredados y no han tenido la necesidad de sacrificarse como otros, cuyos esfuerzos han hecho de su experiencia un camino de desarrollo, fortaleza y virtud. No obstante, la inmensa mayoría de los hombres ha sido sometida, en esencia, a los horarios extenuantes de las jornadas laborales.
También es verdad que existen personas con limitaciones para desempeñar labores más exigentes o mejor remuneradas; hay quienes poseen mayor inteligencia, fuerza o intuición frente a otros que carecen de tales virtudes. El inmigrante, por ejemplo, puede prosperar, sí, pero siempre encontrará obstáculos. A menudo, quienes aconsejan desde su cómoda posición ignoran los mecanismos y contextos de ese hombre. Un inmigrante que desea estudiar puede hacerlo, pero deberá sacrificar mucho; según sus circunstancias y gastos, quizá logre avanzar o quizá no.
Mi punto esencial es este: todos deben trabajar, salvo unos pocos afortunados. Pero no debemos caer en el rencor ni en la envidia, sino orientar nuestras energías hacia horizontes más altos, evitando la angustia que consume al alma cuando olvida el sentido trascendente del esfuerzo.
Vivimos en una época de aceleracionismo cultural y social3, marcada por un brusco cambio de paradigmas. Aquella sociedad que antes nos disciplinaba mediante el castigo, el mandato o la prohibición ha sido sustituida, casi sin que lo advirtiéramos —salvo por los estudiosos de los procesos sociales—, por una sociedad enteramente distinta: la sociedad del rendimiento. En ella ya no reina la negatividad de la ley, sino la positividad del impulso. Es la era del Yes, we can!, del poder hacer, del Können4 exaltado como mandato invisible.
Nuestra actual sociedad de rendimiento está caracterizada por un exceso de positividad que se manifiesta constantemente en una compulsión frenética por la producción y la actividad incesantes5. A diferencia del sujeto de la sociedad de la obediencia, el sujeto de rendimiento es un emprendedor de sí mismo que se explota voluntariamente, sin ningún tipo de coerción externa, convirtiéndose simultáneamente en verdugo y víctima de su energía humana.
El inconsciente social en esta fase tardomoderna aspira a maximizar la producción, sustituyendo el esquema negativo del deber por el positivo del poder, ya que la positividad es mucho más eficiente para un crecimiento ulterior. Esta misma hiperactividad y esta histeria del trabajo no son signos de libertad ni nada parecido; de hecho, generan nuevas obligaciones y transforman la actividad en una hiperpasividad, donde el individuo es incapaz de oponer resistencia a cualquier impulso.
La desnarrativización general del mundo refuerza la sensación de fu gacidad: hace la vida desnuda. El trabajo es en sí mismo una actividad desnuda. El trabajo des nudo es precisamente la actividad que corresponde a la vida desnuda. El mero trabajo y la nuda vida se condicionan de manera mutua.6
El trabajo, pues, ha sido reducido a una actividad desnuda, despojada de significado elevador, que corresponde a una vida desnuda y efímera, forzada a ser mantenida sana a toda costa ante la falta de creencias duraderas. El énfasis excesivo en el trabajo y el rendimiento lo lleva a ser considerado por algunos críticos como una droga que crea una dependencia similar a la heroína, donde las víctimas construyen su vida en torno a él y enferman cuando les falta. El trabajo es visto incluso como una enfermedad del espíritu7, un vicio que distrae de lo superior y sumerge al individuo en la banalidad de lo cotidiano, lo mundano, lo rutinario que extenúa.
La moderna pérdida de creencias, que afecta no solo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero. Nunca ha sido tan efímera como ahora. Pero no solo esta es efímera, sino también lo es el mundo en cuanto tal. Nada es constante y duradero. Ante esta falta de Ser surgen el nerviosismo y la intranquilidad.8
¿Una enfermedad del espíritu? —se preguntarán algunos. Otros, más pasionales, no dudarán en calificarme de marxista, socialista, comunista, bolchevique, vago, flojo… y pare usted de contar. Existe una cultura del rendimiento que les impide desgarrar la cortina que oculta las verdaderas configuraciones del mundo. Pero hagamos, rápidamente, una distinción fundamental: entre el trabajo que deshumaniza y la acción que revitaliza.
Mientras el trabajo persigue un fin, la acción se realiza independientemente de su resultado. El trabajo, con frecuencia, nos limita en nuestros verdaderos propósitos. Nadie que atienda durante quince años en el mostrador de una panadería puede afirmar, con plena certeza, que ha contribuido al mundo más allá de la entrega —más o menos correcta— de una bolsa de pan a un cliente. El trabajo, en muchos casos, nos condena a posiciones lamentables.
Hay quienes romantizan este exceso de esfuerzo sobrehumano bajo el mantra criollo de echar para adelante, o, dicho con más vehemencia venezolana, meterle pichón. Pero la realidad no es tan simple como pretenden los nuevos inquisidores de la autoayuda financiera. Las acciones que otorgan sentido y propósito, las que elevan el espíritu humano y benefician al prójimo, no pertenecen al ámbito del trabajo, sino al de la acción creativa y constructiva.
Un novelista, por ejemplo, no es un simple trabajador, porque su labor enriquece el caudal de la cultura universal. Pero hablo del verdadero novelista, aquel que posee una sensibilidad estética y un respeto por la palabra, no de los fabricantes de banalidades digitales en plataformas efímeras. El trabajador, en cambio, también contribuye, pero a menudo lo hace a costa de su humanidad.
Esta distinción, lo admito, puede parecer confusa. Sin embargo, convengamos en que el trabajo y la acción difieren tanto en sus medios como en sus fines9. Yo, por mi parte, no escribo por satisfacción personal, sino porque se ha vuelto urgente exponer escenarios, advertencias y soluciones. Escribo, en suma, como un acto de resistencia ante la maquinaria que transforma la vida en mera productividad.
II
El imperativo de la iniciativa personal, el afán por producir y por matarse por la chamba, como suele decirse, constituye el entorno —hoy atomizado— en el que transcurre y se derrite, por así decirlo, la juventud del siglo XXI. En esta era de la autoexplotación, la existencia se mide por la productividad y el valor se confunde con el rendimiento. Subyace aquí una compleja red ideológica que va desde la metafísica banal de la llamada ley de atracción hasta las nuevas corrientes psicológicas y prácticas espirituales, muchas de ellas caricaturescas, como el mindfulness, una suerte de budismo diluido, convertido en gimnasia emocional y despojado de su profundidad ancestral para adaptarse a los ritmos y ansiedades del mercado moderno.
En mis ya acabados e incompletos días de estudiante de psicología, parecía que toda idea que se apartara del marco de Skinner o de Seligman10 —dos de los apóstoles más influyentes en las corrientes psicológicas dominantes— era vista como herética y, para mi sorpresa, reducida a una simple caricatura. Los postulados de Rollo May, Carl Jung o Ludwig Binswanger11 —autores que me guiaron muchas veces— eran considerados actos de profanación, ya fuera por sus aparentes contradicciones o, en el caso junguiano, por su presunta mística inútil.
¡Menuda sorpresa me llevé al avanzar en mis estudios y toparme con los postulados extendidos de Seligman! Este, que alcanzó fama preponderante en la década de 1990, fue el principal impulsor de los estudios sobre la felicidad y las emociones positivas. Aunque en un principio no se hallaba alineado con las farsas de quienes ladraban en jauría sobre cómo volverse ricos o más felices —pues afirmaba hacer ciencia junto a sus colegas—, sus ideas terminaron por degenerar en un conjunto de discursos superficiales que hoy alimentan la industria del bienestar y el espejismo del éxito permanente.
Pero los psicólogos positivos se han dado prisa en tomar prestadas las prácticas de sus primos los entrenadores y profesionales de la motivación. Publican libros destinados al público general cuyo título lleva las palabras «tú» o «ti» (que es el sello de la autoayuda), como los de Seligman: What You Can Change… And What You Can’t [Lo que tú puedes cambiar… y lo que no] o Using the New Positive Psychology to Realize Your Potential for Lasting Fulfillment [La nueva psicología positiva: cómo puedes usarla para desarrollar todo tu potencial y llegar a realizarte].12
Con cierta justicia, habría que reconocer que Seligman sostuvo que nuestros tiempos debían ser más optimistas respecto al estado actual del mundo. Situémonos en el contexto del nuevo milenio: ya lejos de la amenaza nuclear y con una prosperidad material que, en muchos lugares, parecía anunciar una era de bienestar sin precedentes. Sí, materialmente es admirable el progreso moderno: nuestros rascacielos, los empleos con privilegios, las novedades incesantes, las aventuras que ofrece la tecnología.
Pero, con la misma justicia, Víktor Frankl13 —trasladado al trágico presente— se espantaría al ver cuán necesarias se han vuelto sus advertencias. Frankl, célebre fundador de la logoterapia, o terapia del sentido, ha sido lamentablemente reducido a un autor de autoayuda en tiempos recientes. Craso error. Frankl fue, ante todo, un existencialista que trasladó la filosofía al terreno clínico, un psiquiatra que comprendió que el hombre moderno no sufre tanto por lo que le falta como por no saber para qué vive. Anticipó la angustia creciente, la crisis de sentido, la desorientación de una juventud colmada de bienes pero vacía de propósito.
Debemos ser claros en que, en verdad, la abundancia material nada tiene que ver con la riqueza del sentido. Una vida plástica, saturada de posesiones, perece ante el brillo austero de una vida que ha encontrado un porqué frente a los cómo, siguiendo la máxima nietzscheana.
Nuestras juventudes se hallan erráticas en este sentido. Si tomáramos a un joven cualquiera en la calle y lo sometiéramos a un breve interrogatorio, probablemente respondería que no lo sabe, tal vez quiere obtener un título, tal vez un automóvil, tal vez ser tiktoker, o tal vez… nada. La vida se les escapa entre las redes sociales o en actividades que devoran su tiempo sin dejar huella.
Las nociones fundamentales —trabajar por la prosperidad espiritual, vivir bajo la doctrina de la Iglesia Católica, cultivar el amor a través del matrimonio o emprender la heroica salvación de la patria—, todas esas virtudes cristianas y nobles se han vuelto, para muchos, un desperdicio idealista y romántico. La rapidez se impone sobre la reflexión, el deseo de ganancia eclipsa a la virtud y la viveza sustituye al sacrificio. El joven contemporáneo, despojado de sus raíces morales, solo busca rellenar la existencia chata con los artificios de la posmodernidad, intentando abrirse paso entre banalidades que no lo salvan, sino que lo disuelven lentamente en el vacío de sus propios deseos.
Esta teología positiva que impera y su evangelio de la prosperidad, mandan a rechazar, reprimir y suprimir cualquier expresión de la negatividad, como el dolor, la duda y la angustia, cuyas apariciones, muchas veces, constituyen actos de humanidad dinámica. Los principios cristianos del Evangelio han sido suplantados por los mandamientos de los oradores, coachs y gurús de la autoayuda que predican una fe moderna basada en la riqueza material y en el constante consumo de las cosas.
La nueva teología positiva ya no se dedica a hacer juicios de valor tajantes ni a contar historias desgarradoras de sufrimiento y redención: lo que ahora se ofrece en las mega iglesias (y en muchos templos normales) es la promesa de dinero, éxito y salud en esta vida, ahora mismo o dentro de muy poco. Puedes comprarte ese coche nuevo, o esa casa, o ese collar, porque Dios quiere “que prosperes”.14
III
Volviendo a Han, y enlazando estas perspectivas, retornamos a las bases filosóficas que su análisis ha sabido reformular con precisión. Observemos, entonces, que esta llamada psicología positiva —o, más propiamente, esta cultura de la felicidad— somete al hombre a una ilusión de libertad, haciéndole creer que se ha emancipado de todo condicionamiento. La presión por el alto rendimiento, semejante al galope de un caballo desbocado en el hipódromo, y la convicción de que el esfuerzo extenuante, el trabajo duro hasta el agotamiento extremo, constituyen una expresión de la voluntad libre, son los signos distintivos del origen depresivo del sujeto tardomoderno15.
Síntoma claro de esta presión es la transformación radical de la estructura de la atención, consecuencia directa del exceso de estímulos e información que nos rodea dando la sensación de una asfixia digital. La capacidad de atención profunda y contemplativa —aquella que hace posibles los grandes logros culturales, el pensamiento filosófico y la verdadera creación— ha sido reemplazada, según han, por la hiperatención, o multitasking16. Esta última, más que un avance, representa una regresión hacia una forma de atención propia de los animales salvajes, necesaria en ellos para la supervivencia, pero empobrecedora para el espíritu humano: un constante cambio de foco, acelerado y superficial, que impide la concentración y disuelve la profundidad en mera reacción.
En este clima se advierte, especialmente entre los jóvenes, una tendencia hacia la impotencia reflexiva17: son conscientes de que algo anda mal en el mundo, pero se sienten incapaces de transformarlo, resignados a un destino que ya no comprenden y no dan muchas vueltas al asunto. Esa resignación —especie de mezcla entre apatía y cansancio moral— se vincula estrechamente con las patologías sociales generalizadas de nuestro tiempo posmoderno. A ello se suma, pues, la obsesión moderna por la longevidad y el vigor físico, que lejos de expresar una vitalidad auténtica, delata una profunda insatisfacción: la de una humanidad privada de experimentar el poder y la plenitud que surgen del cumplimiento de metas reales y del sentido trascendente de la acción.
El sistema actual también fuerza a la gente, especialmente a los adolescentes, a estudiar materias técnicas que a menudo detestan, alejándose de los patrones naturales de comportamiento, ya que el sistema tiene que modificar el comportamiento humano para encajar con sus necesidades; en una habilidosa trama para entrelazar deseos, necesidades y hábitos.
A los sistemas económicos competitivos no les agrada que las personas vivan de manera agrícola y autosuficiente porque ello representaría una peligrosa independencia real del mercado.
Mario Briceño-Iragorry, Amenodoro Rangel Lamus y Alberto Adriani presentaban la tesis de la independencia agrícola del ciudadano venezolano18.
Un hombre que cultiva su propio alimento, que hace él mismo su vivienda y posee su tierra autónoma no necesita comprar ni vender constantemente, y por tanto no produce ni consume dentro del circuito capitalista. Es la autosuficiencia rural la que restringe el flujo de capital, reduce la dependencia del crédito, del salario y del consumo industrial, y debilita la base sobre la cual se sostiene toda la economía moderna: esa necesidad permanente de producir y consumir —la sociedad del cansancio de Byung-Chul Han—. Por eso mismo, el sistema competitivo tiende a empujar a las masas sociales hacia la ciudad moderna, donde son más fácilmente controlables como trabajadores y consumidores, todos al servicio de ese circuito de explotación y deshumanización.
Para llevar a cabo estas acciones perniciosas sobre el hombre, como hemos mencionado, se requiere de un aire ideológico que lo sustente. Si la tiranía mediática de la positividad es real, conviene preguntarse: ¿en qué se fundamenta? En primer lugar, se trata de un estado transformador y dinámico, aunque esencialmente fantasioso, neurótico y patológico. Una estructura que hace sentir al individuo como único responsable de su propia miseria, anulando toda consideración de los contextos sociales, económicos y espirituales que podrían explicar su desarrollo.
Otra función que se ha arrogado el pensamiento positivo es la de defender los aspectos más crueles de la economía de mercado. Dado que el optimismo es la clave para el éxito material, y dado que se puede alcanzar ese enfoque vital optimista si uno practica el pensamiento positivo, no hay excusa para el fracaso.19
Ya lo hemos aclarado: no se trata aquí de defender la vagancia, sino de buscar explicaciones. En la actualidad, muchos hombres y mujeres trabajadores, poseedores de valores firmes y capacidad creadora, no encuentran sustento ni vías de mejoramiento. El trabajo asalariado, con su rigidez horaria y su lógica mecánica, termina por entorpecer sus facultades, los degrada y los arroja al fango de la inutilidad.
Atornillar al hombre a este clima es relativamente sencillo con las técnicas de la positividad. La insistencia en el pensamiento positivo —esa disciplina del optimismo obligatorio— se sostiene sobre una terrorífica inseguridad20. Dicha ideología fuerza al individuo al autoengaño, imponiéndole el deber de reprimir o bloquear cualquier pensamiento negativo. En el mundo competitivo contemporáneo, si alguien fracasa o pierde su empleo, la culpa recae invariablemente sobre él: no se esforzó lo suficiente, no creyó con la fe necesaria en su propio éxito. De este modo, se refuerza la insistencia machacona en la responsabilidad individual, anulando toda mirada hacia las estructuras que condicionan la existencia. El sujeto depresivo, incapaz de poder más, se convierte entonces en su propio verdugo: se reprocha, se violenta, se autoagrede, hundiéndose en un silencio que no cura, sino que perpetúa el dolor.
El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada. La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre bajo el exceso de positividad. Refleja aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma.21
Esta positividad obligatoria conduce inevitablemente a la negación de la realidad y a la evasión de los dramas humanos. El sistema del pensamiento positivo aconseja purgar el entorno de la gente negativa y evitar las malas noticias, bajo el pretexto de que no puedes hacer nada ante las catástrofes; proliferan, pues, la cultura de las buenas vibras, de las vibraciones positivas y todo tipo de herejías culturales. En consecuencia, la conciencia se aísla del sufrimiento colectivo y se encierra en un rinconcito de rancio felicismo.
Un ejemplo cotidiano lo hallamos en el trabajador agotado que, tras expresar su desánimo o frustración, recibe como respuesta el lugar común de la autoayuda: piensa en positivo, todo depende de ti. Tal consejo, lejos de consolarlo, lo culpabiliza por sentirse mal, negando las condiciones estructurales —el exceso de trabajo, la precariedad o el miedo a perder el empleo— que determinan su angustia. Ahora, claro, para los capitalistas sin capital, como lo son los fanáticos, el socialismo implica todo aquello que esté en contra del sometimiento; es la demostración fidedigna del triunfo de la ideología del alto rendimiento autoexplotación.
Los psicólogos positivos, en su afán por reducir la complejidad humana a un estado mental controlable, han llegado incluso a sostener que las circunstancias —factores externos como el desempleo, la pobreza o la enfermedad— desempeñan un papel secundario en la felicidad. Con ello, desestiman la importancia de la política social y el compromiso colectivo, despojando a la existencia de su dimensión ética y comunitaria, es decir, limpiar las variantes configuradoras de los escenarios habituales22.
El precio de esta positividad forzada es la pérdida del realismo vigilante, condición indispensable para la supervivencia y la toma lúcida de decisiones. La exacerbación de la vida activa y la desaparición de la capacidad contemplativa son, en gran medida, responsables de la histeria y el nerviosismo que caracterizan a la sociedad moderna.
En contraposición a este cansancio del agotamiento —fruto de la potencia positiva que todo lo devora—, Byung-Chul Han propone la noción de un cansancio curativo23. Este surge del amable desarme del yo, de un ceder interior que permite detenerse y demorarse, abriendo un espacio de indiferencia y cordialidad con el mundo y con los otros. Es un cansancio que, al suavizar los límites del sujeto, restaura la capacidad de contemplar y de atender en profundidad, superando la hiperactividad que solo reproduce lo ya existente24.
¿Qué hacer, pues, con el trabajo? A nivel personal todo dependerá de la fortuna que usted disponga. Un buen consejo, si usted puede vivir de renta, no lo dude, abofetee a su jefe, despídase de su oficina y no que no lo vuelva a ver. Si, por el contrario, usted tiene que forzosamente trabajar para vivir, lo tiene más grave.25
Dedicarnos no al trabajo que hace brotar ojeras —no sólo en nuestros ojos, sino ojeras del alma, bolsas pesadas en el espíritu—; ese trabajo que nos amargan, que nos arranca la vitalidad, la energía, la virilidad de las primaveras para sumirnos en un invierno rígido. Y luego, en la vejez magullada, sufrir el deshielo amargo de una vida dedicada a pagar deudas y préstamos, sometida además al veneno de los odiosos comentarios de los más afortunados o de los ciegos que ladran: «¡no hiciste lo suficiente!».
Pero antes de sucumbir a la rabia, a la ira o a la envidia, convéncete: nuestro carácter no debe ser dócil, sino combativo. Resistir. Y si el sistema pretende consumirnos por completo, responderemos con la vida misma: actio de kamikaze —explotar el sistema con nuestra existencia—, convertir la entrega en revuelta —me hace recordar a Julius Evola y su Revuelta contra el mundo moderno26— y la rutina en resistencia vital.
Habría que rehacer esa sociedad del concilio, una sociedad en la que las pasiones hallen cauces constructivos y los dones y talentos diversos de los hombres pinten el mosaico de la vida común. Un mundo en el que el otium, lejos del bochinche mediático y del vacío del espectáculo, represente la realización de actividades con sentido, la calma creadora del espíritu. Busco la actio cum sensu, no el trabajo indiferente y mecánico.
Todo habrá de hacerse en conjunto, una cum populo, con el esfuerzo de todos. Solo así podremos alcanzar las condiciones necesarias para desembocar en acciones que generen bienes para este mundo transitorio de nuestra generación. No se trata de abolir el trabajo, sino de revitalizar la acción, de hacer aquello que amamos mientras aportamos a la sociedad la energía de una vida orientada hacia el bien.
¡Detengámonos a mirar si la modernidad nos ha traído progreso o retroceso! Material, sí; pero espiritual y moral, no. Hagamos, pues, una república rica en virtud y espiritualidad, progresiva en los bienes necesarios, pero sobria en los excesos de la posmodernidad deshumanizadora. De la sociedad del cansancio, anhelo ascender hacia una sociedad de la calma creativa, donde el alma repose y la acción vuelva a ser digna del hombre.
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Barcelona, 2012, p. 23.
Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere: La trampa del pensamiento positivo, Madrid, 2018, p. 6: «La explicación, a mi juicio, está en que “ser positivo” no es tanto un estado anímico o mental como un elemento ideológico: así es como los estadounidenses interpretan el mundo, y así es como creen que se ha de funcionar en él. A esta ideología se le llama “pensamiento positivo”».
Carlos Daniel Ventura y José Alfredo Paniagua, “Manifiesto,” en Adªn, 2024, Lima, p. 6: «El aceleracionismo cultural se refiere al estado de velocidad frenética que el humano experimenta en un mundo que le exige cada vez más eficacia y producción; es un universo de dinamismo desgastante, en donde no hay cabida para el aburrimiento, la reflexión y la búsqueda genuina de sentido. Te engaña, pues, te insulta en la cara y te dice que debes ser rápido con tus metas o aceptar el repudio de la gente por fracasar». https://revistadan.wordpress.com/2024/12/30/primer-numero/.
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, p. 26: La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el «no-poder» (Nicht-D rfen). Incluso al deber (Sollen) le es inherente una negatividad: la de la obligación. La sociedad de rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad. Justo la creciente desregularización acaba con ella. La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder (konnen) sin límites. Su plural afirmativo y colectivo «Yes, we can» expresa precisamente su carácter de positividad. Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.
Ibid.
Ibid., p. 46.
E. Milá, Contra el trabajo, el obrerismo y el capital, Barcelona, 1984, p.
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, p. 46.
E. Milá, Contra el trabajo, el obrerismo y el capital, p. 22: «Históricamente el capitalismo nace en Europa hacia finales de la Edad Media, coincidiendo con los primeros descubrimientos de lejanas tierras. Hasta entonces no había existido el trabajo por mucho que empeñen esa banda de analfabetas historicistas que pueblan esos mundos de Dios: lo que había existido era la ACCIÓN DEL HOMBRE SOBRE LOS ELEMENTOS. La acción del artesano en las ciudades, la acción del guerrero en los campos de batalla y en la paz, custodiando a campesinos y ciudadanos, guardando los caminos y las fronteras del Imperio Romano-Germánico, la acción del campesino sobre la tierra que era la tierra de su “amo” los señores feudales, a quienes estaba unido por una mutua relación de honor y fidelidad y quienes el vasallo servía sólo en la medida en que era servido a través de la protección que le daba el señor contra otros señores, contra los bandidos, contra el poder central (ya no centralizado) o contra quien le interrumpiera la pascua. Esa era la Edad Media, con su gloriosa y rústica simplicidad, con su funcionalismo, con su grandeza inherente a todo lo que es sencillo, auténtico y puro. La ACCIÓN se distingue del TRABAJO en que mientras el trabajo se realiza en vistas a la consecución de un fin, la Acción se realiza independientemente del objetivo. Hoy se construyen bloques de viviendas populares por ver si es preciso ampliar las colmenas en las que se pudren los desarraigados y por eso existen unas inmobiliarias que obtienen suculentos beneficios a la hora de repartir dividendos».
B. F. Skinner (1904-1990) fue un psicólogo estadounidense, principal exponente del conductismo radical, que sostuvo que el comportamiento humano podía ser moldeado mediante estímulos y recompensas externas. Martin Seligman (n. 1942), también psicólogo estadounidense, es considerado el fundador de la psicología positiva, corriente que busca estudiar científicamente la felicidad y las emociones optimistas. Ambos representan, en distinta medida, la evolución del pensamiento psicológico norteamericano del siglo XX: del control del comportamiento al cultivo de la positividad.F
Rollo May (1909-1994) fue un psicólogo estadounidense y uno de los fundadores de la psicología existencial, centrada en la libertad, la angustia y la autenticidad del ser humano. Carl Gustav Jung (1875-1961), psiquiatra y pensador suizo, desarrolló la psicología analítica, introduciendo conceptos como el inconsciente colectivo y los arquetipos. Ludwig Binswanger (1881-1966), psiquiatra suizo y discípulo de Husserl y Heidegger, fue pionero de la Daseinsanalyse, o análisis existencial, que une fenomenología y psicoterapia
Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere, p. 139.
Viktor Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austríaco, fundó la logoterapia, una corriente centrada en la búsqueda de sentido como núcleo de la vida humana.
Ibid., p. 117.
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, p. 29: «Ehrenberg considera la de presión como la expresión patológica del fracaso del hombre tardomoderno de devenir él mismo».
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, pp. 33-34: «El multitasking no es una habilidad para la cual está capacitado nicamente el ser humano tardomoderno de la sociedad del trabajo y la información. Se trata más bien de una regresión. En efecto, el multitasking esté ampliamente extendido entre los animales salvajes. Es una técnica de atención imprescindible para la su pervivencia en la selva».
Mark Fischer, Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?, Buenos Aires, 2018, pp. 49-50: «La impotencia reflexiva conlleva una visión de las cosas tácita, muy común entre los jóvenes británicos y a la vez correlacionada con las patologías más difundidas. Muchos de los alumnos con los que me tocó trabajar en el terciario presentaban problemas de salud mental o de aprendizaje. La depresión entre ellos es endémica».
Véase las obras: Mario Briceño-Iragorry, Alegría de la tierra: Pequeña apología de nuestra agricultura antigua, Caracas, 1983; Amenodoro Rangel Lamus, Temas agrícolas y agrarios, Táchira, 1960; Amenodoro Rangel Lamus, Los problemas y otros temas, Táchira, 1975; Alberto Adriani, Textos escogidos, Caracas, 1998.
Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere, p. 11.
Ibid., p. 9: «Puede apreciarse una ansiedad de fondo en el núcleo mismo del pensamiento positivo. Si fuera cierto que las cosas van realmente a mejor y que la tendencia del universo es siempre hacia la felicidad y la abundancia, ¿por qué habríamos de molestarnos en pensar de forma positiva? Hacerlo es reconocer que no nos creemos del todo que las cosas vayan a mejorar por sí solas. La práctica del pensamiento positivo se dirige a reforzar tal creencia frente a las muchas pruebas que la contradicen. Por su parte, quienes se autodesignan instructores de esta disciplina —los coaches [entrenadores], predicadores y gurús diversos— definen su ejercicio con términos como «autohipnosis», «control mental» o «control de pensamiento». En otras palabras: se trata de algo para lo que es necesario autoengañarse, así como esforzarse sin pausa en reprimir o bloquear lo indeseado y los pensamientos «negativos». Quienes de verdad tienen confianza en sí mismos, o quienes de alguna forma han llegado a sentirse conformes con el mundo en el que viven y con su destino, no necesitan emplearse al máximo en censurar y controlar lo que piensan».
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, p. 31.
Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere, p. 161: «La psicología positiva, como la corriente de pensamiento popular que lleva asociada, se fija sobre todo en los cambios que puede obrar una persona sobre su interior, ajustando su mentalidad. El propio Seligman rechaza explícitamente el cambio social. Según ha escrito, hablando del papel que juegan las «circunstancias» en la felicidad humana: “La buena noticia es que las circunstancias a veces cambian la felicidad para mejor. La mala es que cambiar esas circunstancias generalmente no sirve para nada y sale caro”».
Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, p. 10: «Kafka emprende una reinterpretación interesante del mito en su críptico relato Prometeo: “Los dioses se cansaron; se cansaron las guilas; la herida se cerró de cansancio”. Kafka se imagina aquí un cansancio curativo, un cansancio que no abre heridas, sino que las cierra. La herida se cerró de cansancio. Asimismo, el presente ensayo desemboca en la reflexión de un cansancio curativo. Tal cansancio no resulta de un rearme desenfrenado, sino de un amable desarme del Yo».
Ibid., pp. 77-78: «El cansancio del agotamiento es un cansancio de la potencia positiva. Incapacita para hacer algo. El cansancio que inspira es un cansancio de la potencia negativa, esto es, del «no-...» (nichtzu). También el Sabbath, que originariamente significa finalizar con, es un día del “no...”, un día libre de todo para que (um-zu); dicho con Heidegger, de todo cuidado. Se trata de un entretiempo. Dios, después de la creación, declaró el séptimo día sagrado. Sagrado no es, por tanto, el día del para que, sino el del “no...”, un día en el que se hace posible el uso de lo inutilizable. Es el día del cansancio. El entretiempo es un tiempo sin trabajo, un tiempo de juego, que se diferencia asimismo del tiempo de Heidegger, que esencialmente es un tiempo de cuidado y trabajo. Handke describe este entretiempo como un tiempo de paz. El cansancio desarma. En la larga y pausada mirada del cansado, la de terminación deja paso a un sosiego».
E. Milá, Contra el trabajo, el obrerismo y el capital, p. 29.
Julius Evola (1898-1974) fue un filósofo, ensayista y esoterista italiano, conocido por su crítica radical a la modernidad y su defensa de una visión espiritual y jerárquica del mundo. Su obra “Revuelta contra el mundo moderno” (Rivolta contro il mondo moderno, 1934) constituye su texto más influyente: en ella contrapone la civilización tradicional, basada en el orden sagrado y la trascendencia, al caos materialista y nivelador de la modernidad, interpretada como una decadencia del espíritu.



Excelente artículo.
¡Muy buena pieza!, me quedo con la reflexión final de liberar al mundo de la carga hedonista del trabajo, a la que se ve condenada en la acción repetitiva del consumismo, y de dirigir nuestros esfuerzos a construir esa sociedad de la calma creativa, que representa no solo el desarrollo material sino también el moral y espiritual.