Rodríguez frente a Rodríguez
La revaloración ilustrada de los artesanos en España y Venezuela (1775-1794)

El siglo XVIII, apodado comúnmente el de las luces, bien podría llamarse el del fuego. No hay que ser particularmente alumbrado para notar que la luz del siglo no es más que producto de una fúrica pira que consumió, con celeridad variable, el imago mundi que había fundamentado al Occidente durante siglos. Harto conocido es el caso de Francia y su revolución, que derrumbó al Estado tradicional. Pero aún en los países donde más resistió el edifico del Antiguo Régimen, el fuego indudablemente consumió varias de las columnas que lo soportaban: instituciones, formas sociales, ideas. Lo que veremos es uno de estos casos.
Este ensayo se encargará, primero, de dar un repaso por las vidas y los contextos socio-ideológicos del asturiano Pedro Rodríguez Campomanes (1723-1802) y el caraqueño Simón Rodríguez (1769-1854), dos ilustrados con ideas semejantes en un Reino de España e Indias moldeado por el reformismo borbónico. Ya finalmente, revisaremos sendas obras de estos autores —Discurso sobre la educación popular de los artesanos, y su fomento (1775) y Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento (1794)— para entender su fondo común en cuanto a la revaloración ilustrada de las artes y oficios y, en fin, de los artesanos.
Vidas paralelas
Pedro Rodríguez Campomanes1, de familia hidalga empobrecida, nació en Asturias en 1723. Huérfano de padre y educado por un tío sacerdote, estudió filosofía en un convento a los once años. El hijodalgo siempre demostró, al parecer, aptitud para las ciencias y las humanidades2. Ya como abogado se trasladó a Madrid a ejercer de pasante en algunos bufetes importantes, abriendo el suyo propio con apenas veintidós años. Más relevante que su carrera jurídica, Campomanes desarrolló desde la mocedad ocupaciones relativas a la investigación histórica, económica, jurídica y social. En este sentido, lo más notable de Campomanes será su adopción de las ideas ilustradas.
Las líneas ideológicas primarias del asturiano fueron la búsqueda de la felicidad general y la apología al poder absoluto de los reyes. Creía que los monarcas debían oponerse a fueros e intereses particulares para velar por el cumplimiento de las leyes nacionales, reformadas gradualmente para aspirar al bienestar público. En su ideario jugaba un rol prominente la educación popular, tocante a las artes y oficios, necesaria para el buen orden y desarrollo económico de la nación.
Campomanes, ya muy reconocido, entró a servicio directo de la Monarquía al ser nombrado, en 1755, asesor general del juzgado de la Renta de Correos y Postas, cargo que ocupó con bastante provecho. Premiando su buen trabajo, Carlos III le hizo, en 1760, ministro de Hacienda. En 1762 entró a ejercer una importante función: fiscal civil del Real Consejo de Castilla. Desde allí…
...impulsó numerosas reformas políticas, a lo largo del reinado de Carlos III, y sobre materias muy dispares, que pueden ser sintetizadas como sigue: 1) El establecimiento del correo moderno como un servicio público, ordenado y sistematizado (...) 2) La reforma de la organización y funcionamiento de la administración de justicia en el reino (...) 5) La constante defensa de la jurisdicción real ordinaria frente a las prolíficas y expansivas jurisdicciones privilegiadas o especiales, características del Antiguo Régimen. 6) La defensa de las regalías de la Corona frente a la Iglesia (...) 8) El inicio del proceso de la ley agraria, la reforma de los gremios, los proyectos de erradicación de la mendicidad y de implantación de una beneficencia organizada (...) la organización y reforma de los planes de estudios de las Universidades del reino (...) y la atención prestada a los marginados sociales (gitanos, chuetas, mendigos, vagos y ociosos, presidiarios, mujeres), a fin de convertirlos en súbditos útiles y productivos para la Monarquía...3
En 1780 fue hecho Conde de Campomanes por el rey. Se encargó, desde 1783, del gobierno interino del Consejo de Castilla, obteniendo la titularidad en 1789. Cambió al oficio de consejero de Estado en 1791. El anciano Campomanes ocupó aquel puesto sin demasiada actividad hasta que, dejando tras de sí una trayectoria de labor reputada y remunerada, murió en la ciudad de Madrid en 1802. Para este tiempo andaba ya por Europa el otro Rodríguez que aquí vamos a revisar.
Vida un tanto distinta tuvo este, por cierto. Se trata del indiano Simón Rodríguez4, nacido en 1769 en Caracas, Provincia de Venezuela. Expósito, tomó el apellido de su madre afectiva. Aunque quizá asistió a la escuela de primeras letras, hubo de completar su educación de forma autodidacta. Es posible que en la adolescencia hubiera tenido contacto con los trabajos más peligrosos de los ilustrados no-españoles que, aunque ocultos, llegaban a Venezuela: «la Caracas de aquellos días no era una ciudad amodorrada cultural y políticamente sino despabilada»5.
En 1791 el mozo se hizo maestro de la Escuela de Primeras Letras, donde intentó implementar ideas pedagógicas ilustradas. Su renuncia, de 1795, fue al parecer propiciada por la falta de respuesta que tuvo su proyecto de reforma para la escuela. Rodríguez, que ostentaba buena reputación en la ciudad, fue por este tiempo preceptor del joven Simón Bolívar. No se sabe en qué año se fue de Venezuela, pero nunca regresó a ella: en Jamaica aprendió inglés, en Baltimore trabajó como cajista de imprenta y en 1801 llegó a París como Samuel Robinson.
En Europa, donde vivió por más de veinte años, se dedicó a ilustrarse. En 1804 se reencontró con Bolívar, emprendiendo con él un célebre viaje a Italia. Hasta 1823 va a andar de país en país, pasando finalmente a la recién fundada República de Colombia con el objeto de llevar a cabo un proyecto de educación popular. En Bogotá instaló una escuela que fracasó por problemas logísticos. El plan educativo que desde 1825 intentó como director general de Enseñanza Pública de Bolivia también fracasó por encontronazos con el presidente Antonio José de Sucre.
El resto de la vida se lo dedicará a empleos ocasionales y mal remunerados, sin llegar a instalar nunca sus ambiciosos planes educativos para las infantas repúblicas americanas. En las obras que escribió en sus últimas décadas, el caraqueño va a plasmar el ideario que había ido forjando: uno republicano recalcitrante, inspirado sobre todo por ilustrados franceses. Creía en el establecimiento de una escuela social que enseñara a todos por igual los principios de la vida ciudadana republicana. Simón Rodríguez, de ideas siempre frustradas por las circunstancias, murió «no como correspondería morir a los grandes bienhechores de la humanidad sino triste y abandonado»6, en el pueblo de Amotape, Perú, en 1854.
España ilustrada, Venezuela borbónica
De buenas a primeras, podría parecer que nuestros protagonistas no tienen gran cosa en común. Y por más que hemos insistido en que ambos eran ilustrados, a simple vista sus ideas parecen, de hecho, muy distantes: uno fiel monárquico, el otro convencido republicano. En principio, sin embargo, ambos compartieron ideas casi iguales con respecto a la educación popular. Veamos, entonces, los marcos vitales de cada Rodríguez para entender cuáles fueron sus semejanzas: pongamos el ojo sobre España y Venezuela durante las Reformas Borbónicas.
Para Morales Moya, el «pensamiento ilustrado se inicia con la aparición, a finales del siglo XVII, en los países protestantes, de una concepción laica de la vida (...) que se extenderá en la siguiente centuria (...) al resto de Europa»7. Esparcidas con celeridad inusitada desde 1715, las llamas ilustradas se dirigirán en principio «no a la subversión de la sociedad, sino a su mejoramiento»8, tomando como uno de sus combustibles al reformismo social, político y económico. En esta dimensión se enmarcan ideas como la crítica a las instituciones obsoletas: «Queda, pues, justificado el reformismo, a partir de una preocupación utilitaria que hace que leyes e instituciones se juzguen desde su eficacia para producir la felicidad del pueblo»9. Es este el fundamento del Despotismo ilustrado:
Los intelectuales ilustrados teorizaron el protagonismo de la Monarquía como motor de la modernización, la prioridad del fomento económico, la utilización de la crítica como herramienta para el perfeccionamiento de la organización social, la aplicación del conocimiento científico al bienestar general, la finalidad educativa de la creación literaria y artística, el progreso y la felicidad como metas últimas del pensamiento y la práctica reformista10
Tomando como base al absolutismo monárquico, imperante ya en Europa, la tesis despótica ilustrada va a proponer a un monarca que se encargase de introducir los cambios necesarios para la felicidad general, sin que esto implicase atentar contra los fundamentos tradicionales de la Monarquía y buscando hacerlos, más bien, más sólidos11: «El Estado y las clases privilegiadas beneficiarias del sistema supieron así presentar su propio proyecto social como un mecanismo integrador, que garantizaba la felicidad de toda la población, aunque la distribución de las ganancias alcanzase a cada cual sólo según su condición»12.
Fue esta la concepción política que adoptó, bajo la dinastía Borbón y buscando superar el atraso político y económico de un s. XVII en crisis13, la España del s. XVIII. Las Reformas Borbónicas, aplicadas «en todo el Imperio español, buscaban reorganizar tanto la Península como su relación con los territorios de ultramar. Para la Corona, las transformaciones se plantearon bajo una concepción de actualización de la economía y el Estado»14. Así, el centro de las reformas fue «el dominio de la monarquía y el Estado sobre los intereses particulares y corporativistas en todos los aspectos de la sociedad, la agricultura, la industria, el comercio, el arte y el conocimiento»15.
El reformismo ilustrado borbónico va a contar, como es lógico, con unos ideólogos que ejercerán niveles de influencia variable según sus posiciones en el aparato estatal. Y es que, a diferencia de lugares como Francia, los ilustrados españoles serán, en su mayoría, funcionarios. Este es el contexto en que Campomanes desarrolla y plasma su ideario sociopolítico, uno en que «confluyen tradición e innovación y en el que las reformas propuestas nunca ponen en cuestión la existencia de un orden social estamental sino que pretenden convertir a los “súbditos” en “ciudadanos” por medio de una adecuada pedagogía»16.
Como dijimos y diremos, uno de los intereses fundamentales de Campomanes y otros ilustrados fue la educación en sus distintas vertientes. Antes de continuar debemos mencionar que, aunque ciertamente se hicieron avances en la materia —sobre todo en lo teórico y legal—, los planes de reforma educativa fueron de los que más sufrieron dificultades en el contexto del reformismo borbónico:
Era, en esencia, una pretensión de reforma utópica pero a la vez muy pragmática, de acuerdo a unas metas de utilidad económica por un lado, y de paz social, por otro; que se vio obstaculizada por la propia inercia del Estado absolutista y sobre todo por la falta de medios económicos que permitieran la puesta en marcha de los diversos planes y proyectos pedagógicos con financiación pública, lo que obligaba a ilustrados como Campomanes (...) a limitarse a ordenar y legislar, para así estimular a los particulares a intervenir con sus caudales y su dedicación personal en las Sociedades Económicas y en todas aquellas instituciones nuevas (...) o antiguas (...) que habían de constituir el motor que desarrollara la reforma educativa, base del progreso económico deseado17.
En estas circunstancias nace, en 1778, la Escuela de Primeras Letras de Caracas, pública y sostenida por el Estado, en que lo niños iban a aprender lectoescritura, aritmética y doctrina cristiana18: «Durante la tercera parte del siglo XVIII Caracas fue escenario de manifestaciones dirigidas a modernizar, según el espíritu del siglo de las luces, el régimen educativo de la provincia»19. Esta reforma «toca (...) a la Universidad para dar cabida al nuevo movimiento de ideas (...) a la Enseñanza Secundaria para atender el aprendizaje de las artes y los oficios; y a la Escuela Elemental, porque todos la necesitan»20.
Llegamos, entonces, a la Venezuela en que Simón Rodríguez vive sus primeras décadas. Sepamos que el reformismo borbónico miró también —no en pequeña medida sino como foco centralísimo— hacia los Reinos de Indias, con enfoque particular en la Tierra Firme y su económicamente emergente Gobernación de Venezuela desde tan temprano como 1720. Los Borbones traerán consigo «un cambio en la importancia asignada a las colonias, importancia que se va a corresponder, en el caso de la Colonia [sic] de Venezuela, con la producción crecida y creciente de bienes exportables de amplia demanda y elevada cotización»21.
Y en Indias también hubo Ilustración, una «[ibero]americana [que] fue en buena medida una versión provincial de la Ilustración metropolitana, con similitudes evidentes en el programa de modernización, en las instituciones y en las realizaciones»22. Las primeras ideas ilustradas que se conocerán en América serán, en ese sentido, las del despotismo ilustrado: envés del liberalismo y el independentismo, en principio, en muchos ilustrados americanos «sobresale el optimismo que inspiraba la gestión borbónica y la confianza en que los problemas de las colonias podrían resolverse adecuadamente consultando a la vez los intereses metropolitanos»23.
Y esta es la posición, según algunos, de Simón Rodríguez en la época en que sirve como maestro en Caracas24. Aunque dilucidar con certeza el tiempo en que sufre su gran viraje ideológico hacia el liberalismo es un trabajo delicado, lo cierto es que el ideario que plasma para esta época no refleja más que conceptos sobre educación y sociedad propios de ilustrados españoles como Cabarrús, Jovellanos y, sobre todo, casi que uno a uno, Campomanes25: «es precisamente la influencia de la Ilustración española la que [Rodríguez] ha recibido (...) durante la etapa que corresponde a su juventud en la Caracas colonial a finales del siglo XVIII»26. Son las orientaciones de aquellos las que harán a notar a Rodríguez las deficiencias de la borbónica escuelita de Caracas. No nos queda más por hacer, entonces, que revisar el tema central de este trabajo.
Rodríguez frente a Rodríguez
Las obras que aquí enfrentaremos son, reduciéndolas a sus caracteres más fundamentales, muy parecidas. La primera, Discurso sobre la educación popular de los artesanos, y su fomento (1775), despliega el plan de reforma ideado por Pedro Rodríguez, entonces fiscal del Real Consejo de Castilla, para la organización de los oficios artesanales, particularmente en lo referido a su dimensión pedagógica. La segunda, Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento (1794), despliega el plan de reforma ideado por Simón Rodríguez, entonces maestro de la Escuela de Primeras Letras de Caracas, para la organización de aquel plantel, en lo referido tanto a lo pedagógico como a lo logístico:
El Discurso sobre la educación popular de los artesanos de Campomanes, particularmente, guarda similitudes muy estrechas con el trabajo de Rodríguez. Según nuestro punto de vista de la comparación de ambos trabajos es posible pensar que Las Reflexiones hayan sido fuertemente influenciadas por el Discurso. Nuestra comparación se basa en el análisis de tres puntos en los que los autores piensan, según nuestro punto de vista, casi de manera idéntica. Estos son, los argumentos sobre los que se apoyan para sostener la necesidad de la educación de las clases populares, la educación diferenciada y los contenidos de esta educación: doctrina católica, moral y rudimentos de la lectura, escritura y operaciones matemáticas de cálculo27.
En realidad, entre los varios puntos relacionados tocados en ambas obras, el central de ambas es la utilidad social y económica resultante para el Reino de instaurar una educación en forma que alcance al grueso de la población urbana, habilitándola para desempeñarse provechosamente en las funciones sociales que les corresponden a cada uno, respectivamente, como ciudadanos: esta es la educación popular. Ella, divergente luego según los requerimientos de cada ocupación, debe sustentarse en una educación primaria básica, común a todos. Campomanes y Rodríguez usan este armazón para sustentar las reformas que proponen, que de efectuarse resultarían de inconmensurable beneficio para la nación y el Estado.
La diferencia de tónica la hallamos en que, mientras Rodríguez se enfoca esencialmente en la educación primaria, Campomanes en la de la educación pertinente a los oficios y artes. Según el asturiano, «los oficios no necesitan de reglas, y les basta la pura imitación, disposición natural y fuerzas (...) todo arte es oficio; pero no al contrario. Por artes sólo entiendo a las que necesitan de reglas y aprendizaje»28. Realmente, cuando Campomanes habla de artes se refiere básicamente a la artesanía, a aquellos oficios que tradicionalmente habían sido llamados viles o mecánicos (como si se hicieran a ciegas).
El autor cree, por el contrario, que los artesanos que ejercen estos oficios mecánicos merecen «estimación (...) con justo titulo [por ser] unos ciudadanos industriosos, que son tan provechosos y necesarios en el Reyno»29. Aunque es de la opinión que a menudo «sus tareas son penosas»30, no cree que esto sea un factor de vergüenza sino, más bien, honorífico por el servicio que con sus esfuerzos hacen al desarrollo de la industria nacional:
Es también de grande importancia otra máxima general, conviene a saber: de desterrarlas vulgares ideas, que han mantenido en menos aprecio del que les corresponde, a los oficios y a los que los profesan. La mengua e infamia debe recaer únicamente en los ociosos, y mendigos, o en aquellos artesanos, que por desaplicados y viciosos, no se hacen dignos de la consideración general31.
Campomanes cree que la educación que hasta ahora han recibido los artesanos «suele ser defectuosa, y descuidada (...) persuadiéndose no pocos, de que un menestral no necesita educación popular»32. Esta situación no es más que negativa: «el abandono de muchos, y los resabios (...) en las gentes de oficio: los quales (...) influyen notablemente en la decadencia de las rnismas artes, y en la tosquedad que conservan algunas»33. En remedio de todo aquello el asturiano escribe su Discurso: educando correctamente a los artesanos se corrigen sus costumbres y se perfeccionan sus productos. Alusiones similares hace Rodríguez.
El caraqueño34 cree que los artesanos y labradores deben saber leer, escribir y contar para poder aprovechar los avances que se publican con respecto a las artes y agricultura. Así, además de pasar a ejercer los oficios con técnica, mejorarán sus costumbres para ser mejor vistos por la sociedad: «artesanos y labradores es una clase de hombres que debe ser tan atendida como lo son sus ocupaciones. El interés que tiene en ello el Estado es bien conocido (...) estos han de servirla [a la Patria] con sus oficios no menos importantes»35. Todo esto es exactamente lo que dice Campomanes.
...el parecido entre el texto de Rodríguez y el de Campomanes es notable. Los dos autores coinciden, casi literalmente en los temas que hemos confrontados (...) Los dos autores pueden ser colocados dentro del grupo de pensadores, que apoyados en los principios de la economía política intentaron extirpar los viejos prejuicios que hicieron, a su parecer, del vulgo una masa ruda e inculta. Autores, que bajo la tutela real establecieron una correspondencia entre población, trabajo y riqueza al servicio de un nuevo proyecto cultural36.
Un detalle adicional: como la gente que ejerce aquellas artes en Venezuela no suelen ser sino los pardos y los negros, Rodríguez cree que estos deben recibir la instrucción primaria a la par que aquellos (aunque separadamente). Algunos han considerado, incluso, que este fue un factor determinante para que la Real Audiencia rechazara su proyecto de reforma: «proponer que los negros y los pardos fueran a la escuela, atacaba directamente no sólo los intereses económicos de los sectores hegemónicos de la sociedad, sino también a la concepción de orden tradicional vigente desde los primeros días de la ocupación española en América»37.
A todo lo dicho nos referimos cuando hablamos de una revaloración ilustrada de los artesanos. Aparece, aunque cueste creerlo en principio, en contraposición tajantísima a la idea que de los oficios se tuvo tradicionalmente —per saecula saeculorum— en la España del Antiguo Régimen. Por mucho tiempo ejercer algunas artes, particularmente las dichas viles o mecánicas, trajo no alivio, gracias a su remuneración económica, sino dificultades a las vidas de sus practicantes, «como desprestigio social (...) unido a la imposibilidad de ejercer cargos públicos o contraer matrimonio con personas socialmente dignas»38:
Las razones de este desprestigio eran varias y todas arraigadas en lo más profundo de la historia española. Por un lado, algunos de esos oficios habían sido tradicionalmente realizados por personas ya de por sí poco consideradas socialmente: judíos y moriscos. Por otro lado, pesaba en la conciencia colectiva la idea de que el trabajo manual era sinónimo de deshonra, o, si se prefiere, que la pureza de sangre, la hidalguía, eran incompatibles con el ejercicio de actividades que no fueran las armas o las letras39.
Una de las grandes victorias para los ideas ilustradas fue, pues, la de desterrar esta concepción convencional, al menos de los predios del Estado, en favor del bienestar general. En fin: los combates teóricos librados por gente como Rodríguez asturiano y —aunque algo tardíamente— Rodríguez caraqueño en favor de la valía de los artesanos tuvieron su fruto más emblemático en la forma de una célebre Real Cédula, promulgada por Carlos III en 1783, que decretaba que trabajar oficios no era un factor de deshonra pública, que sus practicante no debían ser excluidos de servir al aparato municipal y que los hidalgos no se verían rebajados por dedicarse a ocupaciones productivas:
...que no sólo el Oficio de Curtidor, sino también los demás Artes y Oficios de Herrero, Sastre, Zapatero, Carpintero, y otros á este modo, son honestos y honrados; que el uso de ellos no envilece la familia ni la persona del que los ejerce...40
Consideraciones finales
Fundamentalmente, entre tantas otras similitudes, aquellos compartieron una revaloración ilustrada del artesano: en sus respectivos escritos desmontaron el concepto de los oficios como mecánicos o viles, presentándolos como actividades esenciales para la prosperidad del Reino. Ambos creyeron que la educación popular era la herramienta para transformar a los artesanos en ciudadanos útiles y honrados, contribuyendo a la felicidad general tan perseguida por los ilustrados.
Esta convergencia ideológica se da en el marco de las Reformas Borbónicas, proyecto mediante el cual las llamas ilustradas de autores como Campomanes vencieron al Atlántico para asentarse también en las Indias Occidentales, moldeando el pensamiento de ilustrados americanos como Rodríguez. Aunque aquí lo dejamos apenas entreabierto, todos sabemos que aquellas llamas asentadas en la América arderán, poco después, en el s. XIX, con otro color. En lo referente al presente ensayo, sin embargo, no queda duda de que, en algún momento, en el núcleo de ambos pensamientos latió una misma llama.
A menos de que indiquemos lo contrario, los datos biográficos corresponden a: José María Vallejo García-Hevia, «Pedro Rodríguez Campomanes y Pérez de Sorriba», en Real Academia de la Historia/Historia Hispánica, consultado el 27 de diciembre de 2025, https://historia-hispanica.rah.es/biografias/39685-pedro-rodriguez-campomanes-y-perez-de-sorriba.
Antonio E. de Pedro Robles, «Pedro Rodríguez de Campomanes y el discurso sobre la educación popular», Cuadernos De Estudios Del Siglo XVIII, no. 17 (2007): pp. 275-298; p. 222.
José María Vallejo García-Hevia, Op.cit.
Los datos biográficos corresponden a: Rafael Fernández Heres, Simón Rodríguez (1769-1854) (Biblioteca Biográfica Venezolana, vol. 11) (Caracas: El Nacional, 2010).
Ibid., p. 21.
Ibid., p. 120.
Antonio Morales Moya, «La ideología de la Ilustración española», Revista de Estudios Políticos, no. 59 (enero-marzo 1988), pp. 65-105; p.72.
Ibid., p. 73.
Ibid., p. 74.
Carlos Martínez Shaw, «El Despotismo Ilustrado en España (entre la continuidad y el cambio)» en El Siglo de las Luces: III Centenario del Nacimiento de José de Hermosilla (1715-1776), coordinado por Felipe Lorenzana de la Puente y Francisco J. Mateos Ascacíbar (Llerena: Sociedad Extremeña de Historia, 2015), pp. 11-39; p. 30.
Ibid., p. 15.
Idem.
Ibid., 14.
Fabiola Estrada Herrera, «Marco y propósitos generales de las Reformas Borbónicas», Revista Grafía, no. 0 (2003), pp. 129-140; p. 132.
Ibid., p. 133.
Monserrat Gonzáles López, «Campomanes, educación y reforma social» en Campomanes (doscientos años después), coordinado por Dolores Mateos Dorado (Oviedo: Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, 2003), pp. 719-736; p. 723
Ibid., p. 736.
Rafael Fernández Heres, op.cit., p. 21.
Ibid., p. 29
Idem.
Ramón Aizpurua, «El siglo XVIII en la "Venezuela colonial": la sociedad colonial y su crisis», Boletín Americanista, no. 31 (1981), pp. 3-13; p. 5.
Carlos Martínez Shaw, op.cit., p. 37.
José Carlos Chiaramonte (compilador), Pensamiento de la Ilustración (Economía y sociedad iberoamericanas en el siglo XVIII) (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979), p. XXII del prólogo.
Maximiliano Durán, «El primer escrito de Simón Rodríguez en el marco de las reformas borbónicas: límites y alcances», Historia de la educación - anuario 13, no. 1 (2012), pp. 1-21; p. 8.
Idem.
Juan José Rosales Sánchez, «Ilustración y república en Simón Rodríguez», Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas 21, no. 3 (2018), pp. 465-478; p. 475.
Maximiliano Durán, op.cit., p. 6.
Pedro Rodríguez Campomanes, Discurso sobre la educación popular de los artesanos, y su fomento (Madrid: Imprenta de D. Antonio de Sancha, 1775), pp. 98-99.
Ibid., p. 15.
Ibid., p. 22.
Ibid., pp. 16-17.
Ibid., «Objeto de este discurso» (Sección sin paginación).
Idem.
Simón Rodríguez, “Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento” en Pensamiento de la Ilustración (Economía y sociedad iberoamericanas en el siglo XVIII), compilado por José Carlos Chiaramonte (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979), pp. 374-392; pp. 375-376.
Idem.
Maximiliano Durán, op.cit., p. 8.
Ibíd., p. 17.
María Jesús García Garrosa, «La Real Cédula de 1783 y el teatro de la ilustración», Bulletin Hispanique 95, no. 2 (1993), pp. 673-692; p. 674.
Idem.
Ibid., p. 675.



Gran artículo.
Muchas gracias por compartir.