
Lo mismo que decir que no puede haber república sin republicanos, sin hombres activos en el ejercicio político; sin ciudadanos dedicados de lleno al ejercicio de la acción cívica. El fin de toda nación es el perfeccionamiento de todas sus partes integrantes. Entiéndase que no puede haber nación sin lazos comunitarios, sin lazos familiares y sin el cumplimiento de un deber patriótico, histórico, porque claro está el hecho de que el hombre que forma parte de una nación tiene deberes con ella, como los tiene con Dios.
Decía Maurras, genial y orgánico pensador de una Francia que ya no existe, que la sana política se subordina al interés de la comunidad real política más extendida. ¿Y cuál es esa comunidad real? En nuestro caso, la nación. La supervivencia de la nación no está ya en manos del gobierno, ni siquiera del propio Estado, que ya no vemos ni identificamos, porque no existe, sino de sus partes integrantes: los ciudadanos, los venezolanos, los republicanos. Ser republicano, en este aspecto, no es abogar por la formación de tal o cual república, sino defender el interés de la cosa pública, de lo que es común a todos; de nuestra comunidad.
Partamos de la idea del eterno pensador, y maestro, Dalmacio Negro Pavón: «La República es en Occidente la figura por antonomasia del orden político, de lo Político como res publica, la cosa pública como concreción del bien común». Para poder tan solo expresar el rótulo república, es necesaria la formación cívica, el engrandecimiento espiritual de cada venezolano, porque para que Venezuela exista, tiene que haber venezolanos; para que pueda invocarse la idea de una república, tiene que haber republicanos. No se trata de navegar en círculos, como queriendo ser redundantes, sino de clarificar la idea que defendemos: que Venezuela nunca será, ni trascenderá, si no hay venezolanos, y que el ser venezolanos no es cosa de ius soli, de ius sanguinis, sino de verdadera implicación en los destinos de la patria, de ennoblecimiento de la persona y, por ende, de la patria.
El ejercicio de la virtud republicana, si vamos desde Aristóteles hasta el Aquinate, es la consecuencia natural de la virtud patriótica; y ambas virtudes implican la participación constante en la vida pública y social de una comunidad, siendo un ejemplo concreto la participación en las funciones judiciales y de gobierno. Hilando esas ideas, también llega a sugerir el profesor Gambra Gutiérrez, de la escuela de pensamiento tradicionalista, que el verdadero objeto de la piedad patriótica es la perfección de la sociedad humana, y que la veneración, el culto, o incluso la participación política o social, son medios para el verdadero fin de la virtud patriótica; que es hacernos mejores cristianos, mejores hijos y mejores ciudadanos.
Simón Rodríguez, todavía atado al pensamiento tradicional hispánico, a los siglos de tradición teológica, entendió que las repúblicas hispanoamericanas no debían imitar, ni reproducir, excentricidades foráneas, típicas de la era revolucionaria e ilustrada, sino crear y renovar; de allí su popular «inventamos o erramos». La lucidez de aquel gran educador venezolano hoy nos serviría como referencia o inspiración, sobre todo si entendemos el contexto y el trayecto de errores que Venezuela ha vivido desde la ruptura política emprendida entre 1810 y 1811. No buscamos aquí problemas genéticos, el origen de todos los males, sino entender que hay males que paliar y que no pasan por la imitación, ni por la pasividad de la masa ante un gobierno de salvación, ante querubines que van a ofrecernos una fórmula de gobierno para sacarnos del fango.
Cierto es que un pueblo requiere de un gobierno enérgico, pero no pueden constituirse gobiernos enérgicos ni eficientes cuando, en el fondo, la ciudadanía está desentendida de los asuntos públicos, cuando el pueblo todavía vive en absoluta barbarie y las aristocracias son, más bien, oligarquías. El aristócrata es el mejor, no el que tiene más; el aristócrata puede ser pobre, pero ejemplar. La aristocracia social, que es la idea que defiende Vázquez de Mella partiendo de toda la tradición hidalga y caballeresca española, es la ejemplaridad en todos los aspectos cotidianos de la vida. De aquí la importancia de lo que ya ha dicho José Miguel Gambra Gutiérrez: «Naturaleza sociable, fin común, gobernantes y gobernados, constituyen los elementos imprescindibles de toda sociedad y, por antonomasia, de la sociedad política».
La relación entre individuo y gobierno es simbiótica, aunque las escuelas de pensamiento que giran en torno al despotismo político afirmen lo contrario, y se refleja especialmente en la calidad del gobierno, que tiene que ver con la calidad de sus gobernados; y viceversa. Laureano Vallenilla Lanz tenía razón, y por ello era un sociólogo en toda regla, al sostener que «todo pueblo tiene, no el gobierno que se merece, sino el sistema de gobierno que él mismo produce de acuerdo con su idiosincrasia y con su grado de cultura». Si el venezolano vive en la barbarie, sin ahondar ahora mismo en los motivos, ¿qué forma de gobierno podría esperar? ¿Qué futuro hay para Venezuela si el venezolano ha retrocedido siglos completos de civilización?
No todo el cuadro es desesperanzador, aunque nosotros mismos defendamos aquella máxima de Spengler de que el optimismo es cobardía. No es optimismo lo que queremos contagiar con estas palabras, sino mostrar que hay posibles reversiones a la enfermedad de la Venezuela del presente. Este país necesita escuelas de patriotismo en cada casa, áristos para afrontar el futuro con las mejores herramientas, ejemplo en cada uno de los venezolanos para otros venezolanos y el mundo. El venezolano tendría que mirar al pasado por amor a la patria, no por añoranzas, y a partir de ese pasado, vivir el presente y construir el futuro porque, como decía Chesterton, «tradición significa dar voto a la más oscurecida de todas las clases: nuestros antecesores. Es la democracia de los muertos». El maestro Andrés Bello, el más insigne hombre de letras del país, nos recordaba lo siguiente: «Nosotros tenemos la fortuna de hallar tan adelantada la obra de la perfección intelectual, que todo está hecho y preparado para nuestros goces y para nuestros progresos». Con formación intelectual, un alto sentido de la política, autoestima nacional y servicio —lo que viene a ser virtud patriótica—, podemos construir lo que nuestros ancestros nos han legado y hemos pisoteado por carecer de un sentido de pertenencia.

