Hace algunas décadas, un hijo ilustre de Venezuela afirmó que «la tecnocracia volverá por sus fueros en el futuro. Ha perdido una batalla, pero no la guerra».
Sin embargo, su visión sobre el futuro de Venezuela terminó yéndose ante el ascenso de un «falso Cristo, trajeado de rojo», mientras otro país de la región, diminuto y aparentemente insalvable de la anarquía, mostró al mundo los resultados de la voluntad de poder, la capacidad técnica y la fuerza de un grupo de personas organizadas con un fin superior: el éxito del orden.
La tecnocracia hispanoamericana parece haber encontrado su encarnación más pragmática y exitosa en el gobierno de Nayib Bukele, el Augusto de Centroamérica.
El Salvador se ha transformado positivamente en un destino anhelado para miles de turistas de todas partes del mundo, cuando antes sólo era sinónimo de crimen, pillaje, masacre.
El modelo bukeliano ha priorizado inteligentemente la administración efectiva de las cosas por encima de las infértiles demagogias de la política tradicional, apartando esa deliberación y separación de poderes, muy a pesar de las voces de la oposición que, más angustia que apoyo, sólo causan desbarajustes innecesarios.
Y dentro de este epicentro de la transformación de la arquitectura estatal salvadoreña, se halla un gabinete tropical oculto, voces y miradas que actúan con sigilo, aunque en los últimos dos años su presencia es ya conocida.
Sara Hanna, venezolana, nacida en Valencia, graduada de la Universidad de Carabobo, siendo odontóloga de profesión, es la líder de esta élite venezolana que rodea el entorno más cercano del Presidente Bukele.
Aparecida de las luchas políticas contra Hugo Chávez desde los 19 años de edad, obtuvo un ascenso destacado como asistente de Leopoldo López, alacrán de la política venezolana, y luego en 2018, debido a su relación cercana con el hermano de Nayib Bukele, Karim, se adaptó a su nuevo rol como estratega de campaña del futuro rockstar de la política hispanoamericana.
Diseñó su perfil como candidato y contribuyó a la creación de esa imagen cesarista que acompaña al gran líder salvadoreño, escribió sus discursos, actualizó su forma de comunicación aprovechando las dinámicas de las redes sociales, obteniendo rápido respaldado de las generaciones más jóvenes, afirmándose como un gobernante cool que inspira confianza.
Estuvo presente desde el instante de su gran triunfo y continúa así.
La sustancia primordial de esta tecnocracia reposa sobre la transferencia de la toma de decisiones a este círculo de expertos venezolanos cuya legitimidad no proviene de los cargos públicos, no obedecen a esa formalidad, actúan desde una lealtad directa al clan familiar de Bukele, operando así con sus planes estratégicos, acumulando confianza y sostenimiento para cualquier iniciativa en beneficio de la nación.
Y Hanna, como hemos visto, es la mujer encargada de este equipo de asesoramiento y práctica. Desde la óptica de la jerarquía de mando, se hallan por encima de otros ministros designados, lo que ha causado algunas molestias a estos, al sentirse reemplazados por las instrucciones de orden superior de los venezolanos.
¿Y de dónde vienen estos venezolanos que se han mantenido como piezas inamovibles de los movimientos de Bukele?
En su mayoría, de aquella llamada Generación de 2007, desgastada por las intrigas partidistas, provenientes de las luchas antichavistas que no surtieron efecto, algunos desde el partido Voluntad Popular, vinculados a sus líderes y, tal vez, hartos de la inoperancia dentro de sus filas, hallaron un destino mejor para sus propias visiones de país.
No obstante, la supervivencia frente al chavismo sí obtuvo resultados al aplicar sus vivencias en el afianzamiento del poder de Bukele, una capacidad organizativa manifiesta que ha permitido la mantención en el trono del nuevo «César Democrático».
Ahora, el éxito de la gestión es indiscutible, al menos desde los indicadores técnicos. Todos conocemos el área que lo ha consagrado a nivel mundial, que es la seguridad.
En este terreno el asesoramiento de Santiago Rosas —otro de los venezolanos del equipo, con maestría en Políticas Públicas por la Universidad de Oxford— y Ernesto Herrera, mentes arquitectas del Plan Control Territorial, lograron reducir la increíble tasa de homicidios a niveles insospechados de 1,9 por cada 100.000 habitantes en el 2024.
La famosísima megacárcel CECOT, acontecimiento que hizo irritar a las organizaciones de Derechos Humanos (DDHH) de todo el mundo, menos a los habitantes del maltratado y ahora rejuvenecido país, materializó la doctrina del orden militarizado, la doctrina bukeliana del hierro y acero.
Y es esta pacificación sobre el crimen de las bandas lo que ha permitido al país desenvolverse en otras áreas fundamentales de su economía, pues, sin orden no hay garantías.
Así, el turismo internacional, movido por el milagro realizado, aumentó en un 168% y permitiendo un aumento del 4% del PIB en 2025, incluso superando las previsiones de organismos multilaterales.
La actuación durante la crisis sanitaria a raíz del COVID-19 presentó al gobierno salvadoreño la tenacidad y habilidad del equipo venezolano, convenciendo aún más al propio Presidente Bukele sobre la acertada decisión de continuar confiando en sus destrezas.
Se realizó una mesa de crisis donde se definieron las fases de confinamiento y el plan de vacunación, a menudo declarando estos procesos como reservados, alejados de la palestra oficial.
Lester Toledo, otro venezolano clave del equipo, diseñó el Programa de Emergencia Sanitaria (PES) para la distribución masiva de alimentos, una táctica de logística territorial que algunos analistas compararon, tal vez de manera burlona, con los programas CLAP venezolanos para generar redes de apoyo político, aunque los de Toledo sí fueron útiles a la colectividad, en comparación con las míseras condiciones del programa chavista, entregando alimentos en mal estado y en cantidades insuficientes.
Asimismo, el impulso a la adopción del Bitcoin y el desarrollo de la Chivo Wallet reflejan una clara apuesta por la innovación tecnológica como motor de soberanía económica, una de las sustancias elementales de una tecnocracia en desarrollo en el siglo XXI.
Para completar el mosaico de esta élite venezolana que sostiene los engranajes de la tecnocracia bukeliana —más allá del liderazgo central de Sarah Hanna o del peso estratégico en etapas claves de Toledo y Rosas—, es preciso señalar el resto de los nombres que habitan este gabinete detrás del trono.
En el terreno de la propaganda y la logística operan Lender Toledo —hermano de Lester—, Esteban Vicuña y Luis Somaza; la articulación con los frentes de Salud y la atención de emergencias descansa en Miguel Arvelo y María Alejandra García; mientras que la gestión económica, educativa y anticorrupción queda distribuida entre Tomás Hernández, Roddy Rodríguez Fuentes y Juan Carlos Gutiérrez.
A esta estructura se suman Ernesto Herrera Núñez en la optimización policial, Leonardo Arteaga en el enlace político con Voluntad Popular y Miguel Sabal Matheus, la bisagra empresarial encargada de la captación de cuadros en Caracas.
Un tinglado técnico y militante que, operando tras bambalinas, termina por blindar la efectividad del modelo salvadoreño.
Si el poeta peruano José Santos Chocano pudiera ver los resultados del modelo Bukele no dudaría en calificarlo como una dictadura organizadora, aquella que emprende el camino de la soberanía y no se deja seducir por los engaños del sufragio y la democracia liberal, pálida y agotada.
Un gobierno de inteligencias al servicio del progreso que ha desenredado a un territorio en donde las decapitaciones constituían el deporte olímpico en sus calles.
¿Derecha, izquierda, centro? Categorías que resultan insuficientes para analizar la naturaleza de Bukele y su proceder, parece como si su directriz fuese de raigambre bolivariana, recordemos aquel mandato de «un gobierno firme, poderoso y justo es el grito de la patria».
Por eso no es sorprendente su alianza estratégica con Pekín y las relaciones formales que mantiene con la administración Trump, en una línea que no altera juegos ideológicos, diatribas que realmente poco interesan al Presidente, puesto que su interés supremo es la grandeza de El Salvador.
Al ser el hombre fuerte surgido del remolino de las dificultades, Bukele ordenó al caos reinante de las pandillas, y en esa nueva realidad, Hanna y los suyos presentaron el rostro benévolo de la eficacia sobre la transparencia, el hecho sobre el principio.
Y cuando el gobierno ha desmentido sobre contratos formales y los periodistas, inescrupulosos, han puesto en duda el financiamiento de sus asesoramientos, han buscado una carga meramente difamatoria para intentar manchar el traje blanco del gobierno.
No hay duda, pues, que este carisma innato del mandatario salvadoreño y la operación de los asesores venezolanos han tenido un desenvolvimiento más que excelente y que sus resultados saltan a la vista de todos.
De «la capital mundial del crimen» han evolucionado con justicia de hierro al «milagro de América».
Este éxito tecnocrático se fundamenta en la premisa de que los problemas sociales son, en última instancia, problemas técnicos que requieren de un mando lúcido, vertical, para ser resueltos, validando la gestión no a través de la liturgia democrática comúnmente experimentada, sino mediante los resultados tangibles y medibles que han llevado la aprobación presidencial al 91.9%, causando estupor en los alérgicos a los ejecutivos fuertes.
Centenares de apasionados de la división de poder y las democracias del número se mantienen en sus discusiones sobre la naturaleza de su legalidad —¿qué pensaría Álvaro d’Ors?— pero, como decía Maquiavelo, «en las acciones de todos los hombres, y particularmente de los príncipes, contra los que no hay juicio al que apelar, se atiende a los resultados».



Excelente artículo.