La teoría del desarrollo discrónico
El concepto de discronía propuesto por Graciela Soriano de García-Pelayo: desajustes y desfases temporales en el acontecer histórico

En otro artículo tratamos el fenómeno del personalismo político1 según las perspectivas y aproximaciones de carácter teórico y metodológico que ofrece la profesora Graciela Soriano de García-Pelayo. Sin embargo, un punto crucial que solo llegamos a abordar brevemente en las notas al pie es la noción de “discronía” y “desarrollo discrónico”, que constituye otro de los factores importantes dentro del pensamiento histórico de Soriano y en su tratamiento de los fenómenos políticos en el acontecer hispanoamericano.
Advertimos que, en el presente texto, procederemos a ofrecer una síntesis de las investigaciones y reflexiones de la profesora Soriano acerca de lo que ha propuesto como “la teoría del desarrollo discrónico”. Como siempre, recomendamos acudir directamente a los textos de dicha autora para una mayor profundización en los conceptos y planteamientos aquí esbozados.
Ahora bien, ¿qué significa “discronía”? El origen del término se encuentra en el concepto de “sociedades discrónicas”, que Soriano toma del politólogo francés Léo Hamon2. Si atendemos a la etimología del vocablo, “discronía” está compuesto por el prefijo dis-, proveniente del latín, que indica contrariedad, separación, divergencia u oposición (como en dispersión, discontinuidad, disparidad o disconformidad); por el lexema crono, derivado del griego khronos, que remite al tiempo medible y lineal; y por el sufijo -ía, utilizado para formar sustantivos abstractos que denotan condición, cualidad o estado. En conjunto, el término discronía alude a un desfase o desajuste temporal.3
En cuanto a la noción de desarrollo discrónico, Soriano la describe del siguiente modo:
Entendemos por “desarrollo discrónico”, aquél en el cual el grado de desfase o de desnivel entre los distintos ordenes de la realidad (político, social, económico, técnico, jurídico.) o entre los componentes de cada uno de ellos, es lo suficientemente elevado y notable como para provocar un desacompasamiento general del desarrollo histórico. Este se hace, así, desigual, debido a las tensiones y las contradicciones lógicas que se derivan de todo desfase o desnivel, lo cual incide, ciertamente, en la dispersión o en la alteración eventual de la tendencia que se pretende imprimir al desarrollo histórico en cuestión.4
Por lo tanto, estas “discronías” representan desajustes o desfases temporales que conforman una experiencia histórica o una realidad determinada. Bajo esta perspectiva, los elementos que componen dicha realidad, así como sus distintos órdenes, no se desarrollan de forma armónica ni sincrónica, aspecto que permite comprender con mayor claridad el cambio, el conflicto, la ruptura y el propio desarrollo histórico de las sociedades.
Inicialmente, la propuesta fue elaborada con la intención de explicar el desarrollo histórico de las sociedades hispanoamericanas y las particularidades que conformaban su estructura. Para ello, Soriano retoma tanto el concepto de “sociedades discrónicas” de Léo Hamon, mencionado anteriormente, como la idea del “desarrollo desigual y combinado” formulada por León Trotsky y el concepto de “sociedades prismáticas” empleado por Fred W. Riggs. No obstante, posteriormente llevaría su formulación más allá del ámbito de la historia política hispanoamericana, extrapolándola al desarrollo histórico de las sociedades occidentales en general. Tener en cuenta esto le permite a Soriano realiza la siguiente reflexión sobre la discronía:
…como consecuencia del carácter de los cambios que se operan en el transcurrir, podemos inferir que la historia constituye, desde esta perspectiva, un movimiento constante de adecuación e inadecuación, o sea, bien de cancelación, armonización y surgimiento, bien de tensión, contradicción y crisis de discronías.5
En cuanto a cómo se manifiesta la discronía en la experiencia histórica, podemos remitirnos a la coexistencia y superposición de distintos elementos dentro de una sociedad o de un contexto histórico determinado. Así, la discronía puede entenderse como uno de los factores que explican el cambio histórico en cualquier sociedad o coyuntura; sin embargo, también existen casos, como el hispanoamericano, en donde el propio acontecer histórico y el desarrollo de dichas sociedades se encuentran profundamente determinados por su carácter discrónico.
Soriano explica esta condición en la sociedad venezolana durante la época colonial al señalar que “coexistían en ella los rasgos esclavistas, castoides, estamentales y clasistas en la configuración de su original estructural”.6 Del mismo modo, menciona “la curiosa convivencia en la Hispanoamérica del siglo XIX del caudillismo con el constitucionalismo liberal”,7 correspondiendo ambos a lógicas y ritmos distintos. De allí surge la división entre la realidad formal, es decir, cómo debía funcionar el orden político según sus principios normativos, y la realidad efectiva, marcada por las dinámicas y relaciones que operaban concretamente en la práctica.
Laureano Vallenilla Lanz dio cuenta de esta tensión al establecer la distinción entre “constituciones de papel” y “constituciones orgánicas”.8 Según su planteamiento, los sistemas de gobierno son productos que emanan directamente de la organización social de cada pueblo, configurada por factores como la raza, el medio y la historia; esa sería precisamente la constitución orgánica. Las constituciones de papel, por el contrario, resultarían ficciones mecánicas condenadas al fracaso e cuanto pretenden divorciarse e ignorar la realidad política y social.9
Cabe aclarar que la visión de Vallenilla Lanz se inserta en el pensamiento positivista-evolucionista de finales del siglo XIX y principios del XX10. No obstante, Soriano formula una observación particularmente interesante en sintonía con esta problemática, que podría acercarnos a la relación entre el desarrollo discrónico y los personalismos políticos hispanoamericanos decimonónicos, e incluso, a las condiciones excepcionales bajo las cuales emergen gobernantes personalistas cuando el poder personal ocupa el vacío de unas instituciones inoperantes o directamente abolidas:
…el solo texto constitucional y las intenciones legislativas no podían, obviamente, asegurar por sí solos el cambio total de aquellas circunstancias, ni la existencia de unos poderes efectivamente derivados del orden político-institucional formal. Por el contrario, la propia realidad discrónica generaba sus propios centros de poder al margen de toda constitución y del emergente orden jurídico-institucional. Así las cosas, los poderes constitucionales formales sólo podían existir y funcionar efectivamente si aquellos poderes fácticos que la sociedad discrónica generaba con independencia del texto constitucional, se insertaban en el sistema que éste pretendía establecer, llenándolo de una vida que, de otra manera, difícilmente podía tener lugar. En una situación así, la vigencia del orden formal estaba subordinada al voluntarismo institucionalizador del gobernante, siempre inclinado a llenar las carencias institucionales —incluso formalmente autorizado para ello por el «derecho de excepción», con su poder personal.11
Los investigadores marxistas de la región, al momento de aplicar el método del materialismo histórico, se encontraron con el problema de que, en el caso hispanoamericano, las particularidades y complejidades de sus estructuras y de su propio proceso histórico dificultaban aplicar los conceptos de dicha metodología de manera limpia, sin tener que estirarlos o deformarlos de su matriz conceptual o, en el peor de los casos, forzar a que la realidad encajara dentro de la teoría.1213 Miguel Acosta Saignes, por ejemplo, llegó a categorizar como “semifeudal” la formación socioeconómica de los llanos venezolanos.14 Sobre estas mismas dificultades en cuanto a la aprehensión de un proceso histórico atravesado por discronías, Soriano presenta la siguiente problemática:
En consecuencia, el propio carácter del proceso ha sido lo suficientemente complejo y confuso como para ocultar al historiador ingenuo o aún provisto del utillaje historiográfico y metodológico europeo, lo mismo da, su propio logos: no resulta raro oír decir pedante o ingenuamente que nuestras historias hispano-americanas no pueden ser explicadas, sino solamente «contadas». Por otra parte, a esa ocultación provocada por el propio proceso viene a añadirse —reforzando lo que decíamos antes— la que procede de la aplicación acrítica y no menos desprevenida de tipologías, esquemas y patrones metodológicos extraños y ajenos a estas realidades, lo que, si bien puede pretender ser manifestación de «actualidad historiográfica», más bien lo es de una «dependencia historiográfica» que viene a reforzar las discronías en el campo de la historia: como frecuentemente la realidad no resulta del todo coherente con el patrón no imaginado para ella, porque lo rebasa, le va corto o se adapta forzosamente, se produce como resultado un conocimiento adulterado, engañoso, desvirtuado o, en el mejor de los casos, parcial o unilateral del proceso histórico.15
Quizá uno de los primeros intelectuales en advertir este carácter discrónico de la experiencia hispanoamericana fue José Carlos Mariátegui, quien realiza la siguiente observación:
En el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la Conquista subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa, sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental, da la impresión de una economía retardada.16
Partiendo de problemáticas similares a las descritas por Mariátegui, décadas después Aníbal Quijano desarrollaría con mayor profundidad estas cuestiones mediante el concepto de “heterogeneidad histórico-estructural del poder”, empleado para describir cómo distintos modos de dominación se articulan dentro del sistema-mundo capitalista y de la modernidad colonial:
Se trata siempre de una articulación estructural entre elementos históricamente heterogéneos, es decir, que provienen de historias específicas y de espacios-tiempos distintos y distantes entre sí, que de ese modo tienen formas y caracteres no sólo diferentes, sino discontinuos, incoherentes y aun conflictivos entre sí, en cada momento y en el largo tiempo. De ello son una demostración histórica eficiente, mejor quizás que ninguna otra experiencia, precisamente la constitución y el desenvolvimiento histórico de América y del capitalismo mundial, colonial y moderno.17
En ese sentido, resulta inevitable pensar la relación entre ambas perspectivas al observar la coexistencia de elementos pertenecientes a temporalidades distintas, la superposición de estructuras y las desarticulaciones internas que imposibilitan explicar el proceso histórico de la región mediante modelos homogéneos de modernización y desarrollo. Dicho autor explica lo siguiente:
Así, en el capitalismo mundial el trabajo existe actualmente, como hace quinientos años, en todas y cada una de sus formas históricamente conocidas (salario, esclavitud, servidumbre, pequeña producción mercantil, reciprocidad), pero todas ellas al servicio del capital y articulándose en torno de su forma salarial. Pero, del mismo modo, en cualquiera de los otros ámbitos –la autoridad, el sexo, la subjetividad– están presentes todas las formas históricamente conocidas, bajo la primacía general de sus formas llamadas modernas: el “Estado-nación”, “la familia burguesa”, la “racionalidad moderna”.18
En cuanto a las causas productoras de discronía, Soriano explica que esta puede deberse “a la simple tensión no cancelada entre ‘lo nuevo’ y ‘lo viejo’, al encuentro o choque de culturas, es decir, a la transculturación, o a la incidencia de factores externos”. En el primer caso, las discronías suelen resolverse mediante procesos de adecuación paulatina y relativamente pacífica o, en todo caso, de forma violenta a través de revoluciones y quiebres dentro de la sociedad.19 En el segundo caso, por medio de procesos de integración o asimilación cultural, ya sea mediante la imposición de una cultura sobre otra o a través de la adopción de patrones y prácticas culturales externas. Finalmente, en el tercer caso, Soriano remite al desarrollo desigual y combinado planteado por Trotsky; en relación con este último, menciona la dependencia existente entre las potencias de capitalismo avanzado y las sociedades que permanecen en etapas más atrasadas dentro del desarrollo del sistema capitalista mundial. En este punto, Soriano hace énfasis principalmente en la introducción de normas, ideas, ideologías, instituciones, procedimientos, formas políticas e industrias provenientes del exterior. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, esta categoría también puede extenderse a la intervención de un agente o sujeto externo que altere significativamente las dinámicas y reglas previamente establecidas dentro de una sociedad o estructura determinada. Precisamente, la irrupción de dicho actor introduce nuevas tensiones y vuelve más imprevisible el devenir histórico, aspecto que la propia Soriano identifica como uno de los rasgos característicos del desarrollo discrónico.
Desde nuestra perspectiva, el conflicto entre estos elementos no siempre se resuelve dentro de la corta duración o en una coyuntura específica; por el contrario, puede prolongarse históricamente y manifestarse de manera persistente en las distintas tensiones, contradicciones y dinámicas que atraviesan el desarrollo histórico y social de una sociedad determinada.
Asimismo, estas causas no necesariamente operan de forma aislada o independiente entre sí. En un mismo proceso histórico pueden converger simultáneamente, aunque con distintos grados, ritmos, consecuencias y posibilidades de resolución. Su identificación dependerá del análisis concreto de cada caso y de cómo dichas causas se articulan como condiciones estructurales e, inclusive, en situaciones inéditas, como efectos derivados de la irrupción de un medio, fenómeno o actor específico cuya aparición altera de manera significativa la dinámica en la que interactúan y convergen los distintos órdenes de la realidad dentro de una sociedad, llegando incluso a representar un quiebre o ruptura en su desarrollo histórico.
Por lo que, teniendo en cuenta lo anteriormente dicho, la teoría del desarrollo discrónico ofrece un conjunto de posibilidades para la explicación de procesos históricos, haciendo del concepto de discronía una herramienta heurística particularmente útil para la comprensión y aplicación de nuevos criterios de análisis, especialmente al momento de interpretar las transformaciones, rupturas y el surgimiento de nuevas dinámicas que atraviesan a las sociedades en su devenir. Con frecuencia, estos procesos suelen ser entendidos únicamente como la transición o el desplazamiento de un modelo o sistema hacia otro, dejando parcialmente de lado la explicación de cómo ocurre propiamente el cambio histórico y de qué manera se manifiestan las tensiones, contradicciones y conflictos entre los distintos elementos que conforman una realidad histórica determinada. En ese sentido, la noción de discronía permite problematizar aquellas interpretaciones tradicionales que conciben el desarrollo de las sociedades como un proceso necesariamente lineal, homogéneo y armónico, en ocasiones reducido a la dicotomía “atraso–progreso” tan arraigada al pensamiento de la modernidad.
El articulo del que nos referimos es Apuntes sobre la categoría de personalismo político, publicado en el boletín de Idearium Caribe el 30 de diciembre del 2025. Igualmente, posteriormente republicado en Cisma Dossier el 1 de marzo del 2026.
De Léo Hamon ubicamos el siguiente fragmento: “la generalización de la influencia externa y las sociedades discrónicas que contribuye a instaurar, amenazarían con dejar en desuso —o, más bien, en un estado de inadaptación a las sociedades modernas— a un estructuralismo limitado, estático y que no se preocupara por comprender también las estructuras de dicha influencia externa, así como las de la acogida que se le dispensa. Por lo tanto, hemos intentado analizar estos fenómenos, toda vez que la sensibilidad y la exposición a las influencias externas varían según la estructura propia de cada sociedad. Existe, para algunas de ellas, una movilidad suplementaria debida, en particular, a su mayor exposición a la causalidad externa, así como a la influencia de una acción de transformación privilegiada, mediante un conjunto de circunstancias”. Acteurs et données de l'histoire, vol. 2 (París: Presses Universitaires de France, 1971), p. 133.
Diferente a la palabra “diacronía”, que significa “a través del tiempo”. Mientras que discronía señala un desajuste o desnivel a nivel temporal, diacronía refiere a la evolución o cambio a lo largo del tiempo, siendo este último un término empleado normalmente como categoría de análisis en el área de la lingüística. En todo caso, es cierto que discronía resulta un termino extraño dentro del vocabulario, pero tampoco debe confundirse o asumir que se trata de un error ortográfico.
Graciela Soriano de García-Pelayo, Venezuela 1810-1830: Aspectos desatendidos de dos décadas (Caracas: Cuadernos Lagoven, 1988), p. 10.
Graciela Soriano de García-Pelayo, Hispanoamérica: Historia, desarrollo discrónico e historia política (Caracas: Fundación Manuel García-Pelayo, 2004), pp. 60-61.
Soriano de García-Pelayo, Venezuela 1810-1830, p. 52.
Graciela Soriano de García-Pelayo, El personalismo político hispanoamericano del siglo XIX: Criterios y proposiciones metodológicas para su estudio (Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1993), p. 119.
Vallenilla Lanz esbozaría esta idea con mayor profundidad en su artículo de respuesta al escritor uruguayo Mario Falcao Espalter, titulado “Las Constituciones de papel y las Constituciones orgánicas”, texto que formaría parte del folleto “El sentido americano de la democracia”, publicado en 1926. Para consultar este escrito, véase la tercera edición de Cesarismo democrático, publicada por Tipografía Garrido en 1952, así como otras ediciones posteriores a la muerte de su autor, como la de la Biblioteca Ayacucho (1991).
Reproducimos el siguiente fragmento de Vallenilla Lanz: “Los ideólogos de toda la América, preconizando la panacea de las constituciones escritas, han contrariado la obra de la naturaleza; y considerando como un crimen de lesa Democracia todo cuanto no se ciñe a los dogmas abstractos de los jacobinos teorizantes del derecho político, nos han alejado por mucho tiempo de la posibilidad de acordar los preceptos escritos con las realidades gubernativas, estableciendo esa constante y fatal contradicción entre la ley y el hecho, entre la teoría que se enseña en nuestras universidades y las realidades de la vida pública, entre la forma importada del extranjero y las modalidades prácticas de nuestro derecho político consuetudinario: en una palabra, entre la constitución escrita y la constitución efectiva”. Cesarismo democrático: Estudio sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela, 3ra ed. (Caracas: Tipografía Garrido, 1952), p. 151.
Soriano recalca la importancia del criterio del historiador en cuestiones de análisis y crítica historiográfica. Menciona que el historiador de hoy interesado en el estudio del personalismo político puede: “apreciar la calidad de los análisis sociológicos de los historiadores positivistas, sin dejarse llevar por sus tendencias; sabe utilizar los análisis socioeconómicos de los historiadores marxistas, conociendo sus limitaciones y desviaciones en relación con otro género de apreciaciones”. El personalismo político hispanoamericano, pp. 177-178.
Soriano de García-Pelayo, Hispanoamérica, p. 48.
Muy importante tener en consideración la perspectiva que ofrece Germán Carrera Damas sobre este aspecto de la historiografía marxista venezolana: “De manera ineludible, el historiador marxista venezolano ha de encarar la difícil tarea de aplicarse al estudio directo de la historia, despojado del temor a crear categorías interpretativas adecuadas a las peculiaridades del medio histórico venezolano. El forzar las categorías definidas por la historiografía tradicional, o el suplantarlas drástica e inconsultamente por las definidas doctrinariamente, conlleva la deformación interpretativa de la realidad. La lenta y cuidadosa acumulación de elementos susceptibles de fundar una interpretación ajustada de la realidad histórica, impone no solamente prolongadas búsquedas y evaluaciones críticas de creciente exigencia, sino también el supremo esfuerzo y la valentía intelectual de proponer nuevas formulaciones categoriales cuando las disponibles se revelan inadecuadas”. Véase Germán Carrera Damas, Historiografía marxista venezolana y otros temas (Caracas: Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, 1967), p. 153.
Soriano menciona que: “la imitación acrítica e ingenua de esquemas, modelos o procedimientos para la investigación de otros contextos, ante cuyos «adelantamientos» han sucumbido siempre fascinados tantos espíritus avanzados, ha podido conducir a desviaciones o engaños sobre los cuales es conveniente llamar la atención. Sobre todo porque admitirlos podría llevar, o bien a dotar de falsas bases a la investigación que los padece, o bien a desprestigiar al «método» en sí mismo, al abrir la posibilidad de que se le confunda con lo que propiamente no es”. El personalismo político hispanoamericano, p. 101.
Miguel Acosta Saignes, Bolívar: Acción y utopía del hombre de las dificultades (Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1983), p. 138.
Soriano de García-Pelayo, Hispanoamérica, p. 34.
José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Barcelona: Editorial Crítica, 1976), p. 23.
Aníbal Quijano, “Colonialidad del poder y clasificación social”, en Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder (Buenos Aires: CLACSO, 2014), p. 291.
Quijano, “Colonialidad del poder y clasificación social”, p. 292.
Marx y Engels mencionan algo interesante en cuanto a la transición y coexistencia conflictiva de las dinámicas del Antiguo Régimen con el surgimiento del capitalismo en Europa: “Hemos visto, pues: los medios de producción y de comunicación sobre cuya base se formó la burguesía fueron creados en la sociedad feudal. Alcanzado cierto nivel de desarrollo de estos medios de producción y de comunicación, las relaciones conforme a las cuales producía e intercambiaba la sociedad feudal, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, las relaciones de propiedad feudales, dejaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Estas relaciones de propiedad frenaban la producción, en lugar de favorecerla. Se convirtieron en otras tantas trabas. Hubo que romperlas, y las rompieron”. Manifiesto Comunista, trad. Pedro Ribas, 2da ed. (Madrid: Alianza Editorial, 2011), pp. 56-57.



Gran artículo, un tema muy interesante.